Primer aniversario. Memorias de La Gacetilla Literaria

Hace cosa de un año abrí este blog, esta litografía pedagógica que repasa los ayes de la actualidad y sus sucedáneos. El drama del tsunami daba inicio a nuestra labor periodística, cuando esto no era más que un fardo de octavillas sin orden ni concierto. Con el tiempo, esas octavillas han ido diseminándose por las cornisas de internet, las chimeneas, los portales, las hendiduras, los rincones del mundo, y algunos cuantos viandantes, por extraño que parezca, se han parado a leernos y a charlar con nosotros. No creo pecar de inmodesto si declaro que nuestro proyecto se ha transformado en algo más que un periodicucho de fácil lectura; ha pasado a ser una voz ya latente –pero pese a ello audible– en los complicados entresijos de la sociedad analógica. Sabemos de buena tinta quiénes son nuestros asiduos, y confiamos de facto en su constancia a lo largo del próximo año. Como pueden ver, ya casi carezco de ese espíritu pesimista del que tanto hacía alarde.

Yo no sé qué clase de análisis espera el lector que yo le haga; podría pasarme horas evocando los primeros días, las primeras horas, cómo nació La Gacetilla Literaria, las primicias de su publicación, mis incesantes alteraciones del formato, la primera tirada de unos artículos que exhibían erratas por doquier. Al igual que cuando viene un niño al mundo, óyese de seguido la voz de júbilo de la comadrona, de igual suerte, al respirar por primera vez mi blog, pudo escucharse de mi propia boca el ¡ya soy redactor!, que ya proferiría Clarín, patrón de mi estilo y puede decirse que hasta la musa que juzga e ilumina mi labor literaria. Pocos escritores ha habido como él, por lo que no me avergüenzo de rendirle homenaje exhumando su memoria en estas añoranzas mías. Tampoco hay que olvidar que bauticé mi blog, con el título que fulgura en su cabecera, en recuerdo de uno de aquellos impresos literarios que se leían en los cafés madrileños. Aunque por algún tiempo anduve empeñado en llamarlo el Madrid Cómico, periódico satírico en que trabajaba Leopoldo Alas; luego reflexioné en que mi gaceta no había de ser del todo cómica, y mucho menos madrileña.

Desde mis Inicios de la decadencia, publicado el 1 de enero de 2005, habrá observado el lector una cierta evolución en el cuerpo de mis obras; sin duda recordará aquel talante ameno y a veces campechano que domeñaba mis escritos. Los temas tratados apenas ajaban la boyante actualidad, no existía en mí ni la más mínima voluntad de indagación y labor retrospectiva; me ceñía al cultivo de la lira, a la composición de una trágica comedia, situando al ser humano como el protervo antagonista de mi persona y causante de todos los males de un escenario deleznable y finito. Mis armas eran a un tiempo la grima y la desventura, la afectación del ególatra y la ataraxia del despreocupado. Con aquel insano propósito, cada día tomaba la pluma y emborronaba la más infausta crítica a la humanidad. Tal afición puede estimarse de un gusto depravado, más aún, pernicioso. Pero como ya ve usted, esa actitud tan catastrofista, alarmista y victimista, de que a ciencia cierta me acusaban –y me acusan–, ha dado un giro en una crítica quizás más mordaz, más pedante, más rigurosa y estimadora de buscas.

Un mes siniestro para mi pluma fue el yermo febrero; en él no publiqué un solo artículo, y si he de ser sincero, no recuerdo la razón. Para mí los meses pasan como las noches, y fácilmente pudo pasar aquél como el relámpago. Lo que sí me viene a la mente es que a la sazón empezaba yo a notar cierto malestar en las conciencias de mis compañeros estudiantes, como si el espíritu optimista y consolador de los inicios de curso se hubiera tornado en vil esperpento; la gente denotaba incurias y ni siquiera reparaba en ello. El mes de marzo fue algo más prolífico, y si me apuran, hasta más ilustrado; ya comenzaba a reparar en las discordancias de la política, en la fatuidad de los que manosean la cultura, en la superchería de la felicidad y el progreso. Aprendí a escribir no sólo por mi abigarrada aversión hacia todo lo humano, sino a basar mis testimonios y mofarme incluso de algunas necedades y majaderías que observaba desde mi enfoque parcial del mundo.

Luego llegó Semana Santa, y con ella una brevísima excursión al pueblo de Castalla, del que nada más volver escribí mis Muros Inveterados. Mi sorpresa fue que la inspiración llegó conmigo, y en pocas horas, antes de deshacer mis bártulos, ya estaba yo con los ojos frente a la pantalla, escribiendo lo que tenía atado en mi memoria con alfileres; nombres de calles, imágenes moribundas, el ladrido profundo de aquellos perros prófugos. El que lo haya leído, sabrá de lo que le hablo; incluso tal vez, si es muy ducho en el arte, intuirá que mis palabras son frescas y apresuradas, recientes, aunque ahora el relato ya adolece por la ranciedad del archivo.

Por los meses de abril y mayo, que siempre me han pasado muy deprisa, sólo reseñé algunas parcas reflexiones, y ambicioné, en mi austero monólogo blogeriano, publicar poesía junto con prosa. Treparon aquellos versos amorosos de Mi tiempo perdido, como impar novedad entre mis obras, y quizás por ello mereció el primer comentario que se publicó en La Gacetilla. Poco después acabé aquella reseña mía sobre El misterio del solitario, de Jostein Gaarder, comentario crítico que me acarreó algún adulador pegajoso, aunque como suele suceder, tampoco había leído la novela. Con ello variaba propiamente el rumbo literario y hasta la idiosincrasia, incluso, de mi bitácora digital. El que hubiera tomado aquello, sin embargo, como augurio de un vuelco en la óptica del blog, se llevaría la peor de sus decepciones. Pronto volvería a retomar la línea de crítica política y social. La elección del papa Benedicto XVI, entonces el cardenal Ratzinger, había atraído profundamente mi atención: examiné con interés las noticias, leí los periódicos; es decir, leí las simplezas de los columnistas de El País, indignados con la augusta presencia de aquel inquisidor genial; leí luego las mamarrachadas que profirió Llamazares, los rebuznos de algunos obispos liberales, la congratulación formalista de nuestro jefe de estado. Hasta que al cabo de tanta lectura y tanta indignación, acabé yo escribiendo un indignado artículo en que no dejaba muy bien a los más de los políticos y obispos.

Acabado el curso, y acabado junio, escribí lo que a duras penas me permitía el tiempo. La aprobación de la ley de matrimonios homosexuales no se libró del tacto de mi pluma, y por supuesto, la ligereza con que el socialista medio español esgrimía el asunto. Sacrifiqué ingenuamente mi tiempo, al igual que Larra, en observar qué se discutía por esos mundos de Dios; acabé encendido en la más fragrante guerra ideológica y entonces descubrí los atributos que se les dan a los tipos de mi clase. Fue desorbitadamente instructivo. Obtuve materia para mi artículo, que es lo que al fin necesitaba, y zanjé la cuestión. En los próximos meses, dado que tenía tiempo y me había recreado tanto en el arte de la crítica, dediqué un artículo a Joanne Rowling y su Harry Potter -Cervantes no perdona-; otro a los indoctos parásitos de chat, -Los habitantes de Internet- que por entonces comenzaba yo a frecuentar; otro a un distinguido camorrista de foros –Intelectuales de sillón–, quien se quejaba del desahogo con que dialogábamos sobre negocios políticos sin levantarnos del asiento; y por si con esto mi avidez de escritura no había quedado harta y campante, tuve tiempo también de publicar dos cuentos, una reflexión sobre las musas y un pequeño paseo reflexivo por los monumentos de mi ciudad.

A julio siguió un agosto prolífico y caluroso; aquél es el agosto temprano y salvaje, lleno de enjundia y de iluminación suma, que tantas veces he recordado en mis horas de crisis, cuando de noche aferrado a mis teclas no pegaba ojo por dar un fin curioso a unos párrafos nacidos de la fugaz locura; aquél fue el agosto de los incendios, el de la sequía –espiritual y física–, el de mi viaje a Madrid. En él puede apreciarse el espíritu rancio del ocioso, que más escribe por impertinencia y placer que por rematar una obra que le anticipe la gloria. Tal puede verse en mi relato El barbero, una narración de lo más jocosa y más poco especulada que jamás hice; delante de mis ojos pasaban las imágenes una tras otra, sin apenas poder detenerme mucho en apreciaciones filosóficas o simples especulaciones morales; en él reina, sin duda, la despreocupación y la ironía, el placer de conjuntar unos saberes de muy poca valía por separado, pero que hilvanados manifiestan una gran dosis de guasa y cinismo intelectual. El tren es otro de esos cuentos inacabados que parece que no tienen final; surgió en mi mente por el recuerdo vago de una película de los hermanos Marx, Go West!. En ella Groucho trasportaba las maletas con tal gracia por la estación del tren que excitó toda mi admiración por la estética de su maestría bufa; el relato participa, sin embargo, de cierta melancolía azoriniana, notándose el traslado del espacio y tiempo a una estación cualquiera del Madrid finisecular.

Mártires de la medianía perpetúa la indignación que siente el autor por la liviandad intelectual del mundo moderno, y critica también los tópicos y convenios sociales en relación a los artistas inmortales y a la historia. Sin duda podrá advertir el lector, si es lo bastante avispado, que predomina ese desprecio ominoso hacia lainsipidez del hombre corriente y la ligereza de sus argumentos. Mi desprecio por la humanidad se ha transformado en una crítica a su incoherencia; quien se jacta de siglos largos de evolución biológica e ideológica está en el compromiso no sólo de conocerla y cultivarla con profundidad, sino tener máximo cuidado al urdir discursos y razonamientos, que normalmente suelen acabar en una degradante sarta de disparates científicos. Ahora que me he sentado a contemplar lo escrito, puedo declarar que este artículo condensa en toda regla el espíritu que guía a La Gacetilla Literaria, o al menos, mi labor periodística.

El mes de septiembre, con sus ajetreos y labores estudiantiles, marca el principio de una nueva etapa en las andanzas de mi blog. Marta Martínez fue admitida como redactora y articulista. La cadencia joven de su estilo crítico renovaría los archivos del periódico, avivaría el interés y aun el aprecio de mis lectores, fatigados por la monotonía y rigidez temática de mis artículos. La nueva recluta debutó con su Agonía estival, describiendo la vuelta a la ciudad de los cangrejos sobre chanclas. Aquella fue la apertura de una cadena de críticas psicológicas, políticas y sociológicas, que habrían de convertirla en una redactora de élite, indispensable. De banderas y muros resucitó la crítica política, aunque desde un criterio mucho más perspicaz y sugerente que mis anteriores vahídos indescifrables. Aunque fue con su De trampas obsesivas y suicidios numéricos con que manifestó la elevadísima cota de sus pensamientos, la sima de donde recoge sapiencias y razones, la rigidez con que nos hace perpetrar en las artimañas cósmicas del Tiempo, regalándonos un tesoro de imponderables reflexiones.

Podría escribir mil líneas recreándome en la obra crítica, poética y narrativa de Marta; incluso no descarto hacerlo algún día, lejos de la estrechez de esta cargante memoria. Al releer ahora, en los últimos fulgores del año, la suma de sus artículos, no puedo menos que admirarme; pero no tema el lector, que no malgastaré mi tiempo en adularla, pues escribo contra reloj ante la inminencia de las doce campanadas; sin duda ya dispondré de tiempo para hacerlo el año próximo. Son tantas las cosas que hemos escrito que se me caen de las manos; es inimaginable contemplar la obra de todo un año, posee la fuerza de la vejez, el candor de la paciencia y la cotidianidad, la rigidez de las piedras inmortales, peripuestas en sublime estatua. Aún desconozco a quién representa, si es que ha de representar a alguien, si es que tiene alguna forma predestinada y no lo hemos advertido; aunque al final todas las cosas tienen una forma predestinada, y lo que no es, al ser hecho, recibe a su vez una estirpe y una historia que jamás imaginó. La Gacetilla Literaria también tiene sus antecedentes, pero dejemos ese escrutinio para los antropólogos; prosigamos.

El escritor y cineasta Fernando Vallejo, polémico donde los haya, tuvo la merced de facilitarme material para mi artículo. Por supuesto, escribía en El País. Su discurso sobre el IV Centenario de El Quijote, que titulaba El gran diálogo del Quijote, detentaba una clara afectación blasfema, no sólo elevando repugnantes encomios hacia su “compadre el Diablo”, sino profiriendo toda suerte de improperios contra Shakespeare, Dostoievski, Balzac, Flaubert, Julio Verne, Cronin, entre otros, sólo porque obedecen al sagrado patrón de la omnisciencia. Hasta tal punto le irrita la impersonalidad de la grandeza; tal es su petulancia que ni un momento deja de mencionarse a sí mismo. No obstante, perdonémosle el agravio, ya que estos disparates suelen azuzar la vena canallesca de cada cual y generar el efecto dominó de numerosas sátiras, quejas, anónimos y hasta dicterios, que suelen depararnos un exquisita materia crítico-periodística.

Automatismos trucados abre la temporada de octubre, el inicio de la universidad a la par con el episodio del eclipse solar. Aquél mes invernal nos deparaba asuntos de trascendencia como la educación, el estatuto catalán, el plan hidrológico, y un sin fin de cuestiones más, traídas a cuenta de anécdotas político-académicas. Probablemente este fue el período más nublado de nuestro trabajo, llegándose a censurar uno de mis artículos, Paradojas de la política, en uno de los rampantes portales literarios –huelga mencionar su nombre– que abundan en la red. Quizás pude herir la sensibilidad de alguien, o atentar contra los dogmas de la tolerancia relativa, o salirme tal vez de los parámetros de lo políticamente correcto. Sin embargo, este incidente no nos echó abajo, y prolongamos nuestra publicación crítica, si bien cuidando mejor el lenguaje, cosa que hoy por hoy viene siendo indispensable.

Una vez más El País ejerció de agente de las musas para iluminar a la pluma en su trayecto, esta vez bajo las directrices de Marta. Aquel suceso alarmante se tradujo en los Suntuosos Manjares, de cuya simiente brotaría una segunda parte, aunque vendría varios días más tarde. Por entonces mi paciencia acusaba un encendido malestar por las patochadas que se discutían en los foros políticos de la red. Estruendos y pasquines, rebuznos al más puro estilo español y liberalote. Aquello fue el preámbulo de Dar coces contra un muro, pero marcaría la aurora de una comprensible desafinidad hacia los retorcidos dictámenes de las masas ciegas y sectarias. Descubría cada día que la dialéctica y el hallazgo de la verdad eran un mero concepto volátil, que se utilizaba en ilegítima defensa para preservar la propia integridad intelectual. A la sazón mi coadministradora publicó un refinado minicuento, expresando así que La Gacetilla aún guardaba su variedad literaria y podía sorprender al lector en los momentos más inusitados.

El mes de diciembre trajo mucho frío, muchas lluvias; trajo la aprobación de la LOE, sobre la cual yo ya había escrito El arte de buscar problemas, sopesando la magnitud del desatino con respecto a la ineptitud de los politicastros. Pero fue La guillotina resuena un más completo tratado educativo, adornado con la guinda de aquella cita del inmortal Calderón: “Quien daña el saber, homicida es de sí mismo”. Con ello predecíamos un fin aciago que no dudo habrá de manifestarse en los años sucesivos, al igual que las errantes víctimas de la LOGSE padecimos ya en su día -y todavía padecemos- el influjo avasallador de la permisividad y el fomento del borreguismo, ante la aparición del alumno iconoclasta.

Tras la culminación de los exámenes, que por cierto no me salieron del todo mal, llegaron aquellas fechas en que algunas ciudades se recubren por el blanco festival de la nieve, salpicada por las luces fulgurantes y los papanoeles. Los centros comerciales abrieron sus puertas, la gente se lanzó a comprar regalos, salvando cómo no algunos escollos, y como siempre ocurre, los ahorros del solícito trabajador pasaron a engrosar las arcas de los más grandes manipuladores de turno: El Corte inglés. Este drama incomprensible de la pausa maniática embota las mentes de la plebe, que si antes se negaba a pensar por el engorroso estrés, ahora lo hace por el placer de no tener ningún quehacer y a la vez tenerlos todos. El apresurado fastidio de tener que vivir en unas cortas semanas, regocijarse del tiempo onírico, a sabiendas del fin que se avecina, es no menos que un melodrama turbador, un teatro en que los incultos parroquianos dan crédito a la fantasía del espectáculo y actúan en consecuencia, revelándose en su esencia existencial como verdaderos histriones de la vida. Nada tan ilustrativo como las anécdotas que narra Marta en su breve Paradoja Navideña, presentándonos unos personajes sin duda grotescos y satirizados por su pluma genial. El quid de la obra estriba en la antítesis de la loca y los cuerdos, o de la cuerda y los locos; al cabo, llega a la obvia conclusión de que el mundo está loco.

Poco o nada he de rescatar de mi Palique progresista, relato autobiográfico que extrae mis impresiones acerca de una conferencia de fin de curso. Éste fue un escrito rezagado, tras varias jornadas de aridez anímica. La mella de las clases y la cercanía del próximo trimestre habían socavado mi alianza con la intimidad; docenas de libros se acumulaban en mi mesa, elevando así un curioso almanaque que amenazaba con derribarse y poner así fin al extremismo de mi pueril cansancio. Tras unas tardes de vagabundeo por las calles espartanas del centro, redimí en alguna forma el sentido de la estética, y plasmé en el papel aquella charla vocacional con el jubilado disertante. Luego contemplé mi trabajo, lo di a leer a unas cuantas personas, me sorprendí de que otras ya lo hubieran leído nada más colgarlo, y como término de este agradable reencuentro con el arte cronístico, descansé de mi obra y apagué mi ordenador.

A día de hoy, tras releer los artículos que han ido pasando por la imprenta de La Gacetilla, me asombra que mis dedos hayan logrado escribir tanto; quizás el hecho se explica con que de pronto, a mitad del camino, de tener diez dedos, se tornaron en veinte, y esos veinte fueron capaces de trazar lo que ahora contemplamos con tanto vértigo. Un año, un muestrario de ideas y pensamientos efímeros, pero que casi adivinan nuestra condición, nuestra raigambre, se hallan aquí recogidos, en la somera cifra del año 2005. Lamento ahora no haber podido nombrar todo lo escrito, ni haber escrito todo lo que este año podía dar de sí; sin duda quedaron bastantes cosas por detallar, otras por alabar y por supuesto muchas que denunciar. Pero no creo que sea por causa de mi huidiza memoria, sino que cuando memorias como éstas han de escribirse, vienen prestas las bienvenidas y regresan las que no reúnen el talle idóneo, conscientes de su innegable devolución.

Aún ahora puedo recordar todas esas peripecias, anécdotas, intrigas y acontecimientos que coagulaban tal devenir de reflexiones diversas; los he hecho pasar frente a tus ojos, lector, apenas brindándote un matiz de lo que en esencia significan; he resumido la historia de un año en concisas imágenes, pues al cabo la memoria es imagen, y también las letras, y todo lo que se abraza participa del cuerpo que abraza. Así, las imágenes, como moluscos dotados de un poder magnético, atraen en torno a sí acaecimientos, desventuras, batallas, amores, ultrajes, sarcasmos, locuras, discrepancias, pasiones, melancolías, desengaños, pruritos, aversiones, y un largo etcétera de objetos y realidades abstractas, cosidos por una Voluntad schopenhaueriana al equívoco y desenfadado concierto de luces, que es lo que en rigor forman este teatro cósmico.
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