Palique progresista. Una conferencia sobre periodismo que nunca olvidaré

El conferenciante –de quien me reservo el nombre por aquello del derecho a la intimidad– era viejo, barrigudo, con un aire a antiguo pensionista, erudito y charlatán; en su fofa piel se estimaba el paso de los años, pero unos años demasiado cómodos, demasiado grises; entrevistas de etiqueta y tardes de oficina, tertulias de dominó, de tauromaquia y otras cosas. Mas a parte de evocar con su natural a hombres de esa calaña tan conocida, el tipo se decía a sí mismo periodista. Lo habían invitado a impartir un taller de prensa en un instituto público, pero lo único que hizo fueron arengas altisonantes y campanudos elogios de su periódico favorito. Escuchamos mientras pudimos su discurso débil, empalagoso, perdonando que se detuviera en banales pormenores, y que agudizara más o menos la clase en un simple circunloquio que tenía, al fin y al cabo, como trasfondo, el periodismo. Luego dio lugar a las preguntas, y los patitiesos alumnos tuvieron que avivar el espíritu y darse a la tarea tragicómica de interpelar al pobre diablo para que prosiguiese en sus disertaciones ciceronianas; algunos callaron, otros ostentaron fingido interés, pues no estaba el horno para bollos y la voz de nuestro largo asueto nos llamaba desde el horizonte.

No obstante, los parroquianos lo interrogamos, y vaya si lo interrogamos. Al final, después de muchas bagatelas, dimes y diretes, preguntas con onda y simples perversidades de mi cosecha, púsose de manifiesto la evidencia, una evidencia que raya lo común en este ámbito académico, para desgracia de muchos de nosotros, y es el hecho de que se trataba de un progre, un testarudo progre hasta los tuétanos. La primera prueba de fuego, que había de probar al faccioso, fue un comentario mío sobre el control dogmático que ejerce el gran hermano socialista sobre los periódicos de tendencia progresista. El charlista pasó la prueba con brillantez, ocultando a mis ojos su interés por tomar alguna postura que afectara a su talante bárbaro, a la esencia salvaje de su espíritu pancartista y revolucionario. Reparé, no obstante, en algo que puede más que las palabras, la inusitada reacción de sus venas al nombrarle el periódico El Mundo como ejemplo de pluralidad. Aquello no se lo esperaba, pese a que antes, tras las alabanzas hechas de El País, tratara de sopesar la balanza y no mostrarse inmoderadamente celoso. Su esencia lo delataba, le hacía vulnerable y de fácil manejo para unos pocos que conocíamos el tema, aunque los más no hubiesen reparado en aquella intersección de miradas, más de lo que reparaban en el avance del reloj.

No crea el lector que soy narcisista, acaso por haber entablado el tema por mis propias preguntas, habiendo sido yo en realidad el último que las emitió antes de que se cerrara la charla. Se plantearon temas de diverso calibre, relacionados con los medios televisivos, los reporteros novatos, los vaticinios para los futuros periodistas y sobre todo el halago demagógico a la profesión, del que no se enfatizaron los quebrantos, hambres, aventurillas, corrupciones y pleitos que ya me anunciaron en el cursillo de Radio Nacional. Pero, sobre todo, lo que en mayor manera atrajo mi atención fue una referencia despectiva de una alumna a la prensa rosa y los insulsos botarates que normalmente la desempeñan; aludió al periodismo decadente de los últimos años, revelando en su acento esa crítica peyorativa y satírica que tanto congeniaba con Larra. El periodista, por supuesto, se asombró, mostró su desdén hacia el presunto retroceso del periodismo y afirmó que con el paso de los años, las nuevas tendencias, las nuevas letras, las nuevas generaciones, hacen que cambie el ejercicio pero nunca que se menoscabe. Algo comentamos después en los pasillos, la alumna no quedó satisfecha.

Queda un hecho relevante aún que detallar, si es que no he de ensañarme con todos los sucedáneos de la escena, ahora que ando medio inspirado. Y ese hecho, quizás el más morboso e imprevisible de la conferencia, es mi intervención sobre la libertad de expresión y la campaña de acoso contra la COPE. Debo reconocer que al principio me temblaban las piernas, pero no quería dejar esta oportunidad para ver la reacción de un sujeto tan abstraído y cabizbajo, no por intelectualismo, sino por el obstinado capricho de su lectura periodística. La pregunta venía a modo de secuela, el hombre había alabado la libertad de expresión, había repelido la censura, había evocado los traicioneros tiempos del franquismo, con un suspiro de melancolía. Estaba visto que semejante defensor de la democracia y la libertad había de ser firme en sus resoluciones, y que me respondería con el propio genio que identifica al español castizo y liberal. Mas mi sorpresa, que ya me imaginaba, fue verle titubear con respecto a la materia; apenas oyó lo que dije sobre las formas antidemocráticas de ERC, no sé si es porque no elevé bastante la voz, o porque siempre el intríngulis se acaba perdiendo en el aire maligno de una conversación manipulada. Tampoco se prestó a indicarme en qué punto se hallaba el límite de la libertad de expresión, antes lo dejó a voluntad de cualquiera y como un saber común que ya todo el mundo debiera de saber; no era labor tan ardua declararme si el límite se halla en lo políticamente correcto, o en lo periodísticamente correcto, o si estos deben fusionarse en alguna circunstancia. Al cabo callé, de tanto oír hablar y hablar, además a un hombre que buscaba salir del paso sin encender los ánimos, que por supuesto no eran de beligerancia. Hubo un par de preguntas más, y se cerró la conferencia.

El aplauso fingido y ensordecedor clausuró la reunión. Sus ojos brillaban como si aquel encomio se lo brindara a una fuerza motriz allá en lo alto, quizás al sacro espíritu totalitario que envuelve la letra de su entrañable periódico. El viejo se fue con el pecho hinchado, y aparentemente satisfecho de su charla. Se abrieron las puertas, salimos todos de clase, pero la conversación no continuó en los pasillos. No más dos o tres comentamos que no nos acababa de persuadir, y que al cabo sólo eran sutilezas y ambigüedades lo que habíamos oído. Aún tardamos algo en dispersarnos; los del grupo de prensa bajamos a la conserjería, prendimos entre dos la urna de sugerencias y pasamos a la biblioteca, donde en poco tiempo examinamos las propuestas de los posibles títulos de la revista. Los más de ellos cursilerías, sin más comentarios. Pero aún para eso existe libertad de expresión. Tomamos un par de resoluciones, sin precisar nada claro, con intención de despachar pronto. Nos despedimos de algunos profesores, y cada cual fue saliendo del instituto, después de dos horas largas de aburrido discurso, lleno de sofismas y ambages, que por fortuna las fiestas navideñas desplazarán de nuestra mente en poco tiempo.
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