Paradoja navideña

Salgo de clase. Es tarde. Anochece. Se me ocurre plantearme una hipótesis: ¿estaré loca? Es Navidad. Sigo caminando por la calle. Me adelanta una señora que porta un gorro noeliense, de color verde, con borla y cascabel, y tararea su propia versión de un extraño villancico. Sigo caminando. Me cruzo con una enorme caja con patas y envoltorio. Cuando me doy la vuelta, descubro por detrás a un hombre escondido cuyos brazos soportan la misma caja. Sigo caminando. Me tapo la boca porque el aire frío me hiela la respiración. Me pregunto cuánto tardaré en llegar hasta un radiador encendido. Sigo caminando. Una dicharachera viejecita cargada de bolsas festivas me aborda por el lado izquierdo y pega un pisotón a un niño que había estacionado en la acera. Sigo caminando. Los cláxones de los coches que se agolpan en la carretera me impiden escuchar los tan esperpénticos como anacrónicos cánticos que resuenan desde el interior de las tiendas. Las luces de las calles parpadean estridentemente. Me dejan momentáneamente invidente. Sigo caminando, por donde veo y entre los huecos que la multitud exacerbada permite. Oigo a una madre decirle a su supuesta hija que Papá Noel es un invento americano. Me río. Miro al cielo. Pasados unos segundos me percato de que la noche ha caído completamente. Escucho a un joven piropear a otro joven. Son dos chicos. Sigo caminando. Veo a unos amigos salir de un supermercado con varias bolsas de plásticos, cuyas esquinas me permiten diferenciar lo que son cajas de vino barato, botellas de brandy y solapas de bolsas de ganchitos. Les saludo. Sigo caminando, asustada. Unos críos se embadurnan de espuma química que simula ser nieve castellana –la cuál nunca cae, por supuesto, en esta ciudad—. Salpican a los demás transeúntes. Me manchan a mí también con el liquidito espeso. Entre gritos y broncas me escapo de aquella estampa. Con mi cazadora llena de espuma, sigo caminando. Un hombre con sombrero empuja a una señora cuya panza muestra un indudable embarazo. La mujer en buena esperanza le pide perdón al señor por rozarle el sombrero. Sigo caminando. Una dependienta me disecciona con una férrea mirada al atravesar el escaparate de su comercio. Tiemblo ligeramente. Al fin, alcanzo con la vista las ventanas de mi casa. Saco las llaves del bolso. Camino más deprisa aún. Tropiezo con un pequeño abeto adornado que hay en medio de la acera. Resbalo ligeramente al atravesar una alfombra roja que se extiende desde un comercio. Estaba mojada y sucia. Parecía en estado de putrefacción. Me falta poco para llegar. Un coche me aturde con un pitido al cruzar la calle por un paso de cebra. En su interior percibo tres jovencitos borrachos: uno de ellos, quien conduce, fumando algo. Llego a casa. Respiro aliviada. A salvo, retomo mi hipótesis. ¿Estaré cuerda? Escribo mi conclusión. El mundo está loco: hipocresía feroz. Me hago una promesa: no saldré de mi biblioteca hasta el próximo año. Navidad delirante.
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