Una tarde en la biblioteca

Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran. André Gide

Voy a la biblioteca. Placer exquisito, en una fría tarde de otoño tardío. Paseo con suavidad por las distintas salas. Como ostentosos dormitorios de Palacio, recuerdan al lector andante el ostentoso lujo que permanece al alcance del pulgar. La suavidad climática del interior no hace más que alejarle a una del mundo exterior, de su realidad, para sumergirla en la travesía de vahídos ilustrados. Esta vez, las infinitas y variopintas vetas que dormitan en cada estante, más o menos verticales, se perpetúan en paraíso intransitable: el de la lectura eterna. Cada libro, como lingote de argento en tiempos colombinos, se asemeja a un mundo hecho únicamente de papel. De papel y tinta. De escritura, en fin. De saber. El tiempo no tiene nombre en la biblioteca. El reloj desaparece tras el portón del antiguo palacio en el que ahora se esconde una ciudad anacrónica. Un mundo de libros. El mundo de los supervivientes. Y como superviviente, sediento y malherido, transita el lector por los pasillos, cruza la vista –si es que logra ver algo más que libros— con otros tantos paisanos, se escapa su mente entre la constelación de números, iniciales y códigos que dan orden a cada libro, a cada estantería, a cada disciplina, a cada sala, a cada rincón de la biblioteca. Transito yo por esos pasillos palaciegos. Recorro años, pasajes, paraísos, memorias, guerras, personajes, ideas. Recorro vidas escondidas en sólo una mirada, en sólo un libro. En miles de libros que se sustentan en las ruinas del rehabilitado Palacio Conde-Duque de Benavente (Biblioteca Pública de San Nicolás). Hoy almacenados todos en un espacio que antaño se compró por miles de maravedíes, en el siglo XV. ¿Sería preciso valorar ahora el precio de una biblioteca? Sus estancias las utilizaron reyes hispanos, aristócratas, adinerados. Siempre formó parte de los pasajes vallisoletanos. Dio silueta a la bella ciudad. Pero, a mi modo de ver, nunca tuvo tanto valor como ahora, en cuanto a albergue de libros, lugar de sabiduría, en el que tan sólo unos pobres desamparados recorren sin saber, o querer saber bien, el porqué.

Encuentro bajo una estantería de nombre “Heráldica. Genealogía”, a un señor entrado en años. Revisaba con afán las baldas. Qué será lo que lleva a las canas a situarse en aquellos sitios donde nadie más se sitúa, nadie más que ellas: en el origen de los nombres, de los antepasados. Sigo transitando. Libros y libros. Respiro su cálido susurro que se fuga por los resquicios vacantes de los estantes. Observo otro hombre viejo en “Historia”. Y veo a un caballero, de tez muy oscura, casi azabache, junto a la sección de “Política”. Inmediatamente, vuela mi joven memoria hacia unas palabras, leídas en alguna parte. Luther King: Hemos aprendido a volar como los pájaros y a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos. Es curioso, tanto como reconfortante y halagador, hallar personas cuyo mundo se encontró lejos de aquí, de este Palacio, de este país, deambulando por las mismas salas en busca de maná impreso. El mismo que busco yo. Y más gratificante si cabe, el saber que la que escribe comparte intereses con esas lejanas personas, quienes habitan las mismas calles, las mismas estanterías, mas no la misma Historia, o, el mismo idioma nativo. Y que, como yo, también quieren conocer eso que mueve ahora los hilos de nuestro mundo, esa obscena hipérbole de lo humano llamado Política, que en la biblioteca se interpone con lo humano, haciendo coincidir a forasteros sobre la misma baldosa. Pero nadie es extraño en una biblioteca. No puede serlo. No existen colores, más que para resaltar unos libros sobre otros. Visito, como ritual preciso, la zona de “Economía”. Reviso sigilosamente la parte de Historia. Imitando aquella primera vez que hice esto, hace ya muchos años, guiada por una curiosidad extrema que luego me llevaría a repetirlo como corolario cotidiano.

De repente, el silencio se rompe con el llanto de un bebé. No es un común taconeo. No es el carrito con libros dispuestos para ser colocados. No es el golpe que produce un ejemplar al precipitarse hacia el suelo desde la más alta balda. Es un sonido ajeno a este paraíso. Me despierta de mis ensoñaciones. Salgo a la escalera principal. En ella, una madre con un cochecito de bebé, rodeada de varias mujeres, comparten impresiones observando atentamente las muecas del crío, cuya plácida siesta acaba de ser interrumpida. No sé muy bien si se debe al aroma de sabiduría que se extiende a su alrededor, o más bien son las ilógicas y ridículas risitas de las señoras que le miran fijamente, intentando desentrañar frenéticamente algún ojo, ceja, nariz o moflete similar a la de sus progenitores –desconozco el verdadero sentido de estas reiteradas costumbres de encontrar parecido entre un amorfo humano recién nacido y sus orgullosos padres sino es como excusa de estúpida primacía genética—. Mientras tanto, varios de los presentes, interrumpen sus inmersiones librescas, y alzan la vista, con ceño quejoso, como muestra de protesta por la bulla que el grupo de infantiles mujeres provoca. En realidad, no entiendo bien qué demonios pintan esas señoras fardando de parecidos genealógicos en medio de tan académico lugar. No dudo que el atormentado crío supiese distinguir un libro de un sonajero, y empiezo a creer que ni siquiera sabrían distinguirlo las ruidosas féminas. Unos minutos después, cuando regreso a la estantería de la que me sacaron los llantos del nene, descubro que se trataba del reencuentro de la madre con el resto de bibliotecarias del lugar, y la puesta en sociedad del inocente hijito.
Regreso a la sala principal, tras ojear algunos títulos y autores en el ordenador, muestra irrefutable de la existencia de un mundo ajeno al del libro, el de la realidad exterior a los muros de lo que antaño sólo era tosco papel, y que hoy se erige en digitalizados ficheros. El turno de la doble estantería de “Filosofía” es inviolable. Son necesarios los diez minutos dedicados a observar tibiamente. Más aún si por un desliz reparamos en la pésima y deficiente formación académica que mostramos algunos –por referir de modo educado lo que debería haber especificado como nauseabunda, maloliente, huérfana, miserable, mendigante, y doctrinaria educación padecida—. Desaparece incluso el resto de biblioteca cuando comienzan a navegar mis ojos en los Sartre, Maquiavelo, Rousseau, por ejemplo; o Epicuro, Blanchot, Locke, Freud, Ortega, Hegel, Nietzsche, y por supuesto, Platón. Todos ellos, horrible y deliberadamente desordenados con las iniciales alfabéticas, y no por un preciso orden temático o cronológico. Abusan, así, de la paciencia del lector hasta límites insospechados, intentando trastocar la Historia de las Ideas en concepción gratuita de sedentarios, sin capacidad para perfilar fechas y nombres o ser capaces de diferenciar un filósofo de un marmóreo bufón televisivo; y, lo que es peor, degenerando aún más, los escasos conocimientos que a mi edad lamento tener sobre todos los grandes maestros clásicos. Sin embargo, y pese a todas las trabas expuestas en el desorden archivístico, la serenidad que exhuman los libros de pensamiento es irreprochable. Como lo es, aún más, la sala dedicada expresamente a narrativa. Como lo son los dos pares de estanterías que soportan las ediciones de poesía, y los tomos biográficos. Como los cajetines que sostienen algunos descuidados ejemplares de revistas diversas. Son escudos para la sagaz y prolífica ignorancia, que acecha dominante al otro lado de los muros.

Una vez seleccionados, con precisión y rigor, los cinco sacramentales libros de esta quincena, accedo a la mesa de “préstamos”. La funcionaria de turno, claro está, se encuentra ocupada riendo el babeo de la estrenada madre. Y la perpetua cola de potenciales prestamistas no hace sino aumentar. Una vez socializado el bebé, la servidora estatal regresa a su silla giratoria. Avanza la cola, disminuyen los papelitos blancos con la fecha de devolución impregnada, y la cara de alegría de la funcionaria se diluye en una mueca de apático cansancio al divisar las consecuencias del descuido de las labores profesionales (que no de su nómina repercutida): la cola de “préstamo y renovación” se ha quintuplicado, mientras que la de “devolución”, cuyo garante burócrata no se distrajo con el querubín, sólo ha hecho duplicarse. Y una vez sellados mis libros, pongo final a la tarde, quizás también a mi vida, hasta el próximo día, hasta la siguiente tarde de biblioteca. Regreso a casa con mis cinco libros bajo el brazo, cuyos títulos no importan ahora. Sólo conviene el recuerdo. Su anhelo. El de la biblioteca. Refugio del mundo. Cueva del saber. Cabaña de sonámbulos, errantes y malheridos mundanos. Hogar de extraviados pasajeros del tiempo, que alberga con pulcritud y orden, todo cuanto podemos soñar, recordar, pensar o conocer. Todo. Todo lo esencial. Igualmente escaso y escondido, y por ello, más atractivo aún. Todo lo obsoleto, esto es, olvidado y despreciado, doblemente valioso. Son los libros. Es la biblioteca. Franz Kafka: la literatura es siempre una expedición a la verdad. Con el placer de extraviarse en un mundo de libros durante una tarde invernal. El mundo onírico de papel y tinta, el único que podemos habitar sin fallecer. Sin ser almas desvalidas, reliquias de museo, cautivos de la altiva podredumbre que pasea en las calles de la superficie –ésta sí, verdaderamente foránea, más intrusa que el caballero angoleño que revisaba libros junto a mí—, donde son siervos de la sordina nihilista que ahuyenta, en el frío del invierno, cualquier átomo de conocimiento. Nada ocurre allí, a salvo, en la silente habitación de lectura. En el intersticio subterráneo que alumbra la biblioteca: el del Saber, el de la Libertad.
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