Disertaciones

A menudo, las personas se ofuscan, persisten e insisten, afianzándose en su error.
De hecho, el tropezar dos veces con la misma piedra, generalmente, no es suficiente. La piedra muta, la mayor parte de las veces de forma imperceptible, y el ser humano con ella y con tantas otras cosas.
Situaciones que a simple vista diríase que son idénticas, no lo son. Quizá es por ello, que tanto fracasamos y tanto nos frustramos.
La realidad se nos presenta entonces, de forma engañosa, unas veces mimética, otras como una ilusión.
Y es entonces, cuando nos toca discernir, pero lo cierto es que instalados en nuestra comodidad y con esa pereza facilona, todo lo que conlleve un mínimo esfuerzo nos molesta.
De este modo, vamos de tropiezo en tropiezo, con suerte, sólo un ligero tambaleo nos rezaga. Y es en este punto, cuando uno se pregunta: ¿hacia dónde vamos, que parece que no queremos llegar?
Y el caminar se dilata y se relaja, se convierte en más flemático, más pesado, quizá también en apático.
Uno es más consciente cuando observa a los niños, tan llenos de vida, tan activos, ellos que van tan ligeros, casi se podría decir que es la vaga idea de una ilusión lo que les da alas. Y vuelan, libres e inconscientes, protegidos bajo el manto de la propia incertidumbre y exentos de toda atadura y de toda obligación adulta.
Ellos que tan poco saben y al tiempo, tanto anhelan conocer. Sí, los niños, intactos e inmaculados, para los que la naturalidad nunca es una pose demasiado difícil, volubles, cambiantes; sí, a vosotros, niños, fulgurantes de alegría y olé, porque mirándoos se llega a apreciar la vida.
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