Por qué la imparcialidad es un gran fraude

Lo llaman el principio de imparcialidad, la pilatesca costumbre de lavarse las manos. El hombre no debe opinar, no debe hablar, no debe quejarse; debe estar de acuerdo con todos, porque todos tienen parte de razón y al cabo todas las partes forman el amasijo de la verdad. Una mentalidad encomiable que hoy por hoy subyuga al periodista a ceñirse a las abominables reglas de la lingüística evolutiva. Se pide que no tomen partido, que sean objetivos e imparciales, incluso en las heterogéneas opiniones que crean la contemplación y el diálogo. Deben ceñirse a un mínimo de cautela, que no irrite a nadie, porque es hecho muy conocido que las palabras hieren más que la lengua; aún más si digo el pensamiento propio que se esconde en lo profundo de un cerebro. Bien que puede pensar uno todo lo que quiera, pero lo que sale a la luz es al fin y al cabo lo que crea la realidad social, ejerciendo influencias en el entorno humano y arrastrando a miles de indecisos. Eso es lo peligroso. Poner las cartas sobre la mesa puede llevar a ciertas facciones a perder la partida. Nos es preciso creer que en el gran teatro del mundo hay muchos histriones engreídos, o tal vez unos pocos, interesados en que la obra tome el rumbo de la tragedia, aunque para ellos sea meramente un capricho de actor. Quién sabe a dónde nos conducirá esta ficción inacabada.

El control que ejercen las ideas correctas sobre los medios de comunicación ha generado tal ambiente de invectivas y apóstrofes que parece que la máquina del mundo haya perdido la cordura. Se ha descontrolado el pensamiento afianzándose en la palabra fácil, que no ofende a nadie, y que tampoco adjetiva lo que no queremos someter al juicio de la ley. Puede que haya una ligera buena intención en ese acuerdo tácito, pero está visto que no lleva a nada bueno. Los propios querellantes son muchas veces conscientes de que están jugando a las cartas, que lo que resguardan a capa y espada puede que sea una patochada, pero prefieren desviar la mirada hacia otro lado, para no perder la mano. Y quien no haga lo que ellos, será merecedor de infinitud de calificativos que lo descartarán de la vida intelectual. Es la cobarde actitud del avestruz llevada a la práctica, el código de la imparcialidad llevado al extremo. No se juzga a los tolerantes, ese es su lema, el proverbio bajo el cual sobreviven. Poco importa que se toleren las mentiras, mientras les convenga a unos pocos; porque en este recreo de la existencia, no existen verdades absolutas, y todo depende de la divinizada anarquía. No obstante, para acallar mentes reflexivas, haremos como que todo es verosímil y racional, como si en efecto existiera un papel. Aunque comenzamos a vivir en un mundo en blanco, sin leyes matrimoniales ni derechos humanos, nos conceden el derecho de idear todas esos convenios, para luego destrozarlos según nuestra voluble voluntad. He ahí nuestra temporal constitución, o mejor diríamos, inconstitución, pacto tácito y colectivo, sin papel, sin firma. Si sirve de gusto a nuestro ego, lo aceptamos. Y si en algún momento se quiere, se rompe; enseguida pueden aportarse mil argumentos para todo, ningún demiurgo juzga lo que hemos de hacer. Según esta corriente desalmada, hasta la hipocresía es demostrable; la razón lo ha expresado en multitud de ocasiones.

Pero todos al parecer, sin querer venir de ningún lado, quieren llegar a un punto fijo. El hombre común, y más el político, es muy consciente de la necesidad de progresar, o mejor diríamos, de cambiar. De modo que si no sabemos el original axioma del cual provenimos, el futuro se hace arbitrario y maleable al gusto de las masas. Incluso pueden imbuírsele utopías baratas para hacerle tilín. Eso es lo que corrompe la sociedad, el poder que pretende desempeñar el político sobre la historia; de modo que maneja infinitud de presentes, incluso el propio lenguaje, las costumbres, las cotidianidades, los vicios, asegurándonos que debemos abandonar unas ideas en el camino y extendernos a lo que está por delante, lo cual a la verdad es un abismo interminable. Sus propias corrupciones y tropiezos son los que hacen sufrir a las generaciones futuras, esos son los problemas inveterados cuyo origen desconocemos y que según avanzamos en el tiempo van ocultándose tras la nebulosa de la historia. La historia misma es maleable según avanzan los tiempos; archivados en sus respectivos casilleros, ya no hablamos de la suma de los días de un siglo, sino de un todo conjunto que deja infinidad de cuestiones por resolver. Es la odiosa costumbre de la síntesis, un instrumento que nos hace llegar a silogismos anhelados e hipócritas.

De nosotros depende si queremos seguir el infantil juego de la manipulación omisa de la anarquía; el caos verbal, moral, político, histórico, social, al fin todos son conscientes de él aunque de diversas formas. Los razonamientos empiezan a ser tan evidentes y la equivocación tan obvia que la realidad comienza a ser sospechosa, mucho más de que yo ahora mismo esté escribiendo vacuidades con la intención de acusar a alguien o desviar la curiosidad por asuntos más notables. No es ese mi propósito, sino revelar que existe el peligro de que caminando juntos, cerramos el camino a la verdad; porque es más fácil probando por diversos caminos que unos cuantos hallen la verdad, que siguiendo todos por el mismo no la encuentre ninguno. Tan convencidos estamos en nuestra vanidad, que creemos que ya está todo hecho, que las reglas ya están marcadas, y que éstas se merman a las palabras tolerancia y diálogo. El mundo, creo yo, ha demostrado ser a lo largo de la historia algo más complicado y oscuro que eso. Si al cabo resulta que todo es una nauseabunda mezcla de verdad e hipocresía, las cuales trata de unir el demonio de la imparcialidad.
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