El tiempo corre detrás de las musas

No sé hasta qué punto está dotada la realidad de ese devenir funesto, eso que los románticos llaman la Fatalidad. De alguna forma las cosas adoptan un nivel decadente, iluminado por el sol, en que parece que el tiempo es un pañuelo, las personas se repelen fatigadas y se repiten las costumbres degradantes que antaño nos habían costado tanto eliminar. Es triste, pero una realidad notable, un peso que al cabo debe soportar el hombre, al margen de tanta fábula hedonista y proverbios fugaces. Llega un momento en que el individuo, postrado por los rigores de la vida y sus proyectos frustrados, llega a casa resentido, se sienta, más bien, se derrumba, y esconde su mirada con los dedos. Prueba quizás a hacer alguna disertación lógica, pero es inútil; el buen juicio le ha abandonado. Incluso procura ensayar el monólogo, la melancolía del hombre solo, pero carece ya de ese placer sacro. El silencio es demasiado grande; las circunstancias parecen un manojo de hilos, el conato de una existencia más o menos decorosa, pero sin ninguna finalidad. Duerme, pero ya es inútil; pasan por su mente innumerables voces, sarcasmos, risas, griteríos, improperios, confidencias, tan reales que se dijera que están allí mismo y que subyugan su ánimo hasta el grado más ínfimo de la realidad. Ya no intenta ordenarlos, pues ha llegado el tiempo de la depresión, el esperpento, el auge de la locura.

Ya ve usted, lector, que han pasado las navidades, y en ella nos hemos dejado la piel del año viejo. Se han fundido de alguna suerte nuestros plomos, la certidumbre de nuestros propósitos, hemos dejado momentos de pasión escritos en un pedazo de memoria. Antes hablábamos del futuro, con dulzura, nos quejábamos como niños y nos divertíamos haciéndolo; ahora, que el tiempo ha volado, que hemos escalado murallas y parapetos, nos preguntamos por qué hay momentos que siempre parecen pasado y otros que se nos antojan futuro. Qué fácil es en el pasado, en las primicias del invierno, en el entredicho de las clases y los exámenes, salir a pasear bajo la lluvia, a lo bohemio, y traerse oculto bajo la chaqueta un libro que encontramos en una librería. Qué sencillo es en el pasado, pasar horas reverberando por la ilusión, meditando cada palabra y cada minuto de gloria; una conferencia, una noche escuchando la radio, una tarde en el cursillo de periodismo, ora charlando con los amigos, ora escribiendo en el ordenador, yendo de un lado a otro, un día allí y otro acá; sufriendo mil horrores, frío, lluvia, sábados que pasaba golpeando el suelo de aburrimiento, lámparas que se encendían de pronto en la noche, si brotaba en mí una idea, si me daban ganas de leer mis libracos interminables. La voz radiofónica lo acompañaba todo, el tiempo era mi aliado, la sucesión de las horas el drama que me seducía. Y aún hay quien cambiaría todo esto por una estoica tarde de verano, pasando calor en el furibundo puerto de Alicante. Naderías, sandeces. Demasiadas cosas que hacer, demasiado tiempo de placer; al romántico le es menester la acción, el estrés, la locura, la pasión, la tragedia, y para ello se hace indispensable un tiempo furioso, que cada dos por tres amenace lluvias, traiga granizadas o simplemente se oscurezca antes de hora. Un tiempo favorable a lo intempestivo.

Hace uno mil cosas y lee esos endiablados libros tan idóneos para la ocasión; se me cruzan los cables y me compro una novela para leer, dos, cuatro, docenas de tomos, mientras mi peculio se agota. No, ya no dispongo de mis arcas llenas, he de venderme a la moderación, pasar por las bibliotecas, conformarme con las ediciones baratas de los periódicos, o pasar más tiempo de la cuenta leyendo los prefacios en los grandes almacenes. Y a esto le llaman el principio de año, cuando tiene un carácter póstumo; llámese invierno si quiere, que no tiene el carácter del invierno, para mí sólo es su gradiente, los inicios de un verano sofocante, subrepticio, que pasaré monótonamente en mi condenado cuchitril. Invierno y verano, a eso se reduce la vida; lo demás son vacuas transiciones. Hablábamos en el invierno, digo, en el pasado, que haríamos viajes y cometeríamos locuras, cuando nos viésemos libres de las cadenas del estudio. Ahora lo tomamos a broma, cual prosaica ingenuidad de los principios, idealismo nuestro del pasado. Recordamos cuando estudiábamos a Platón, ese momento ya inmortal, su mundo de las ideas, su proyecto de educación; luego, esas reflexiones perduraban en los recreos, aun en las demás horas de clase, y por supuesto, a la salida. Las meditaciones filosóficas, psicológicas y políticas nos entretenían hasta la hora de la comida. Y divagábamos con placer, sin miedo a entablar discusiones. Aquello eran buenos tiempos, viejos tiempos.

¿Y ahora qué queda hacer, lector, sino acabar lo comenzado? Detesto las conclusiones, me gusta empezar los libros, pero no acabarlos, me gusta empezar de mil maneras un relato y no darle ningún fin. ¡Cuántas cartas blogerianas, artículos, relatos, he intentado escribir, y se han perdido entre la niebla de la entelequia! De hecho, este no es mi primer amago creativo, hace ya tiempo que vengo merodeando por el paraje de las musas, y me encuentro en que han dejado sus lugares, sus pedestales, han volado, como sombras, sobre los techos del bosque. Surgirán como austeros fantasmas, sin duda, pero no ahora, en el futuro, cuando llegue un nuevo pasado, entonces. En tal caso volverá la naturalidad, volverá a llover, volveré a estar triste, volveré a escribir, volveré a ser el mismo bohemio inverosímil, el mismo romántico reidor y novelesco, al que suceden infinidad de desgracias y venturas, mientras procura recogerlas en un libro. Pero eso es otra vida, que me viene a ratos.
Siguiente
« Anterior