Frente al espejo

Es triste observar cómo se pierden los momentos en la memoria. Cómo se pierde también la memoria, entre tiempo y tiempo. Es triste ver la cara al tiempo. Y verlo oculto tras la espalda. Es triste. Pero, ¿acaso podemos hablar de tristeza sin incurrir en lágrima? Y, sin incurrir en error. Porque, ¿qué es la tristeza? Debemos entristecernos, llorar, ¿o qué demonios debemos hacer en el tiempo? Cuando el tiempo pasa, se fuga de nuestras manos, si es que alguna vez lo pudimos atrapar. Pasa el tiempo, y con él, la gente, los amigos, los rostros, las visiones, las palabras, las ciudades, los zapatos, las manos también pasan. Se marchitan, se disgregan las manos. Al final, como siempre, queda una, sola con su soledad, que es lo único que no huye. Y se entristece, pese a saber que no debe. Y llora, porque es la única compañía que todos detestamos y amamos en un mismo mirar que no es nuestro (porque el nuestro no lo vemos).

Se marchan las personas, sin acabar de conversar con ellas. Sin querer hacerlo, tampoco. Y pensamos, ya volverán. Y nunca vuelven. Quedan nuestros pensamientos. Llegan otras personas con las que conversar –si es que se puede volver a conversar de la misma forma ahora—. Y reímos. Siempre acabamos riéndonos en el instante más inoportuno, de aquél otro instante de estupidez. Como si fuera una cadena, como aquellas cadenas de papel que construíamos en párvulos. Hasta que el instante de bobería termina. A veces, de forma brusca, incluso entre insultos (sí, así somos los humanos). Otras, con la última carcajada. Pero termina. Y vuelven a llegar otros compañeros de la risa, nunca de la lágrima. La lágrima es lo que siempre se deja, en soledad, decía. Y nos volvemos a reír, pensando en que volveremos a reírnos en el futuro (¿qué futuro?). Luego, llega la siguiente risa, y la siguiente noche en soledad. A eso se reduce nuestra vida, en el fondo. Sin querer ser pretenciosa, a eso al menos se reduce la mía, que es la que me importa –o la que no me importa, el caso es el mismo—. Siempre estamos en soledad sin estarlo nunca. El mundo que nos rodea es una excusa huera para no querer ver lo solos que estamos. Para ocultarnos.

Y soñamos, también soñamos, de vez en cuando. Soñamos con no reír, no estando solos. O con reírnos solos. O soñamos con seguir soñando (¿cuándo? No sabemos, no queremos saberlo). Paseamos, por muchos sitios, y todo es gente sola. Miramos. Estudiamos, y de qué sirve. Callamos, para ahorrar molestia. Y vuelta a la soledad, una vez anochece. Cuando se disipan las personas del alrededor, vemos más agria la soledad. Frente a nosotros, con nosotros. Como vemos al tiempo. Pero nunca de igual manera, nunca con la misma mirada. Devenir. ¿Sería correcto que yo citara aquí al gran Heráclito? No. ¿Quién soy yo para citarlo? Únicamente anoto, me digo, queda bien, es atractivo recurrir a alguien. “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río, ya que ni el río ni nosotros seríamos los mismos”. Todo vuelve sobre sí mismo. Todo. Las charlas, las risas una vez tras otra. Regresa siempre la música, que parece portarlo todo a cuestas. Las lágrimas también vuelven. Y vuelven las miradas, aunque nunca idénticas, sí semejantes. Y volvemos a despertarnos en nuestra propia pesadilla, y nos asustamos otra noche. Querríamos estar junto a alguien. De nada serviría más que de consuelo. Vemos que siempre estamos solos. Y que eso, en el fondo, nos entristece irremediablemente. Las tristezas las recoge la memoria, a veces las olvida. Cuando olvidamos nos quejamos, pero hay vibraciones que es mejor extraviar. Mas por mucho que recordemos, nos quedamos donde estamos, solos, rodeados de mundos de sonrisas. Triste, me preguntaba, ¿qué es la tristeza? Nada. Otro entresijo más. El tiempo vuela, dicen. Y volamos con él, nos perdemos en él. En el tiempo. En nuestra soledad también nos perdemos. Solos, siempre solos. En fin. Eso es lo único que nos queda. La soledad. Frente al tiempo. Con suerte, los libros. Y el tiempo, que volverá a cabalgar sobre nuestros ojos, traerá más risas. Soñamos. Soñamos sonrisas, amigos, charlas. Quién sabe lo que nos descubrirá. ¿Y qué? Siempre estaremos, como Borges, solos, y no habrá nadie en el espejo.
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