Historia de una vida

Nació, creció y se hizo hombre en cálidas tierras españolas, y aunque amaba con locura su país, le gustaba considerarse únicamente, un isleño afortunado de vivir en un paraíso sin parangón que para él, era su Mallorca natal.

A diario y desde que tenía uso de razón, se recordaba de dónde provenía, cuál era su lugar en el mundo y cómo debía afrontar cada día conforme a su moral y a sus principios ideológicos.

Sin embargo, últimamente permanecía en un estado letárgico, una especie de lapso reparador y recapacitador, un estado preparatorio para un algo que aún desconocía.

No era mayor, pero tampoco ningún lechuguino fatuo. Se encontraba en ese estadio intermedio tan apropiado para que a uno le tomen en serio; una etapa en que el pensamiento ajeno deja de juzgarse en términos temporales y es reconocido por las vivencias y apadrinado por la voz de la experiencia.

Él no era un ángel ni tampoco ningún arcángel San Gabriel. Era un Pablo, como bien podría haber sido un Juan, un José o un Pedro. De todos modos, le traían sin cuidado estas fruslerías, ya que por todos era conocido como Pau. Pau de San Pablo apóstol y Pau de paz. No estaba casado ni se lo planteaba; qué mujer iba a molestarse en intentar comprender una mente tan intrincada, se decía. Pero sabía bien cuáles eran sus virtudes y todos y cada uno de sus defectos.

Debería afeitarme más a menudo, se imponía constantemente, aunque rara vez se convertía en hábito. Quizá, si no fuese tan suspicaz e intuitivo, las personas no me decepcionarían tanto y con tanta rapidez. Si venciese esta autoexigencia connatural y fuese más tolerante y permisivo conmigo mismo, lo sería también con los demás, tendría más amigos y posiblemente, alcanzaría un grado mayor de felicidad.

No obstante, estos pensamientos le entristecían, pues le recordaban lo solo que se sentía. Aún así, siempre podía contar con Walter, su mascota, un cócker spaniel de pelo castaño rojizo, muy juguetón y afectuoso, que siempre le acompañaba.

Su infancia no fueron recuerdos de un patio de Sevilla, ni de un huerto claro donde madura el limonero y jamás, había permanecido mucho tiempo en castizas tierras castellanas.

Su infancia, adolescencia y juventud habían transcurrido en la isla, lejos del bullicio en invierno y en contacto con el turismo, la arena, el mar, el sol y el marisco, en el estío.

Sabía perfectamente que en febrero, los almendros florecían, matizando de blancos y rosados los vivos prados, y que con su fruto y la buena mano culinaria de su madre y sus tías, más tarde, disfrutaría de un delicioso gató con helado para merendar, las calurosas tardes veraniegas en que el sol no aparecía pero se sentía el bochorno de un cielo completamente tapado.

En ocasiones, cuando frecuentaba la urbe por cuestiones financieras y laborales, pensaba en lo histriónico que debía ser un cosmopolita para sobrevivir, destacar y al tiempo, pasar inadvertido en un mundo tan de farándula como el nuestro, donde cada día se escribe y se ejecuta como un acto de una obra teatral y los humanos, nos devoramos cual bestias salvajes, hambrientas de sangre y poder.

La soberbia, la avaricia, el desdén, la hipocresía y la envidia, definen a la perfección la esfera de un submundo innovador, vanguardista, práctico y funcional, que proporciona comodidad en nuestras casas y más ratos de ocio a nuestras familias, cada día más deshechas y menos pensantes.

Pero este hecho, también repercutía en su mal estado anímico, así que optaba por no atormentarse con problemas cuya solución no estaba solamente en su mano.

Y así transcurrió su tiempo: su infancia jugando, observando y escuchando a los adultos, experimentando, estudiando y aprendiendo qué era el amor y sus múltiples manifestaciones; su juventud, prácticamente igual, pero con más amor de un solo tipo, menos juego infantil y más sufrimiento, uso razón y discernimiento; su madurez ha comenzado hace poco y más o menos, nos hacemos cargo; su vejez está por llegar, pero quiere morir feliz, caliente y acompañado, sabiendo que no va a sufrir y que verá a sus seres queridos en otra vida, esfera, paraíso celestial, Vega, Andrómeda u Orión, pero de que hay algo más allá, está convencido.

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