No nos bañamos dos veces en el mismo río

Repare el lector en la singular metamorfosis que supone el paso de un año a otro; usted y yo, en el año pasado, es decir, hace escasas cuarenta horas, éramos tan sólo dos individuos que, por causa de los rigores del tiempo, charlábamos sumidos en el más hondo pesimismo y hacíamos nuestras predicciones para el año entrante. Podíamos monologar en el plácido duermevela sobre cuestiones que están veladas a los hombres, asuntos pragmáticos y de importancia divina, que suelen posarse en nuestra mente cuando menos lo esperamos, sellando así una pausa universal en la dinámica de nuestros quehaceres. Con la tranquilidad del ocaso, queríamos barajar las cartas sin ánimo de ser solemnes, murmurando en ocasiones nuestra repulsa hacia el futuro o nuestro desencanto por el huidizo presente. Era éste un encuentro ilustre, novelesco, entre dos almas sucumbientes; el funesto desenlace en que confluyen las sombras petulantes y libres; el coloquio postrero. Hablamos. Sin subsanar pormenores de oratoria, de nuestros sendos deseos, costumbres, frenesíes; recordamos juntos imágenes, escenas, contingencias, tertulias, anécdotas primorosas, nos perdimos en el aliento centrífugo de la invocación; juntos recitamos luego los versos más sonados, idóneos para ocasiones de altura; aludimos a Shakespeare, exaltamos a Lope, nos recreamos en Calderón, rescatando las rimas de su inmortal Segismundo, y por último, acabada ya toda elocuencia y cogollitos de saber, interrumpidos por la defunción del año, brindamos por que los postreros días nos fueran favorables y no muy costosos. Lamentamos no haber tenido tiempo de rememorar a todos los ingenios, y sin más albricias ni pomposas felicitaciones, nos retiramos al son de las campanadas. La postrer algazara de la nochevieja nos perdió de nuevo en el cosmos del tiempo, para renacer en la mañana del año virgen.

Ahora, trasmigrados del año viejo al año nuevo, despertamos con ajada sencillez, casi libres del pesimismo soñador de la noche pasada. Sin mucha serenidad, vamos al lavabo, nos aseamos, contemplamos en el espejo el rostro del sobreviviente, la figura torva y extraviada que ha traspasado la línea del tiempo. Los ojos enrojecidos, la mente atolondrada por el estrépito furibundo; la conciencia intenta acordarse de los estropicios de la borrachera. ¡Imposible! Apenas logra establecer una imagen, se desvanece como el espejismo de un náufrago en el desierto. Viajan nuestros pies a lo largo del pasillo, y se nos antoja que seguimos andando, aún cuando hemos llegado; encendemos el ordenador, con la esperanza de que aún siga allí nuestro amigo del pasado, nuestro lector mecenas, nuestro escritor valido. Allí está, insondable, una voz lacónica sofocada en los días pasados, otro alma que ha sobrevivido al año, otra trasmigración, otro paisano encarcelado en un tiempo extranjero. El júbilo es indescriptible, extraordinario. Los años muertos aún perviven, aún respiran desde su desencanto; no pronuncian meros juicios de lo que ha pasado, siguen hablando de lo que pasa, porque el pasado también converge con el presente, y el futuro, al igual que éste, domeña sus extravíos y desemboca en el mismo río, el mismo río entrañable.

Aún cegados por la visión de nuestros amigos analógicos, queremos trepar a un mundo aún más real, y encendemos la televisión. Allí está la Orquesta Filarmónica de Viena, prueba tajante de que el mundo y TVE todavía conservan las tradiciones; son hombres, no hay duda, unos músicos, un director, unos espectadores; valses de Strauss, el Réquiem de Mozart, la obertura de Las bodas de Fígaro, el Danubio Azul, música al fin; aún hay hombres y músicos, aún hay arte y armonía, igual que el año pasado. ¿Son entes reales? ¿Son seres humanos, en pleno año 2006? ¿Acaso son fiables esas imágenes menudas y grotescas, pasadas por el filtro de una cámara, queriéndose hacer pasar por hombres y mujeres? ¿Están tocando música, después de tanto jaleo con el cambio de año? Todos conocemos de buena tinta que la televisión, unas veces más que otras, nos engaña. Recurrimos, pues, a los periódicos, a la letra corriente y moliente, para ver si es cierto que continúan pasando cosas en el mundo. Pero no hay periódicos; una gran fatalidad. Sin más medios que la televisión o internet, recurrimos al invento absurdo de la radio. Un hombre, otra vez, que habla, o nos quiere hacer creer que habla, bajo su afónica voz de histrión. Hay que reconocer que nada ha cambiado, todo es igual, a excepción de unos modositos carteles en las entradas de las cafeterías, y algunas otras realidades idealistas que no pueden observarse con los ojos.

Entonces, como si todo lo hubiéramos olvidado, seguimos haciendo planes y proyectos ruines; yo hablo de mis artículos, usted de sus lecturas, yo intento leer a Garcilaso, y usted lo intenta con Ariosto; yo sigo acudiendo a esa parodia del mundo llamada instituto, y usted sigue ejerciendo su labor de oficinista espectral, negociando con clientes finolis y solazándose de sus placeres domésticos. Usted sufre, porque quiere fumar y no puede; yo me quedo sosegadamente en casa, sin fumar y sin querer fumar; sin embargo, ambos soportaremos de igual suerte la subida de los precios de la vivienda, la luz, el gas, el transporte, el agua y la bombona de butano; lo mismo tendremos que sobrellevar a los bobos solemnes y patriotas de hojalata que juzgan nuestro caos; la censura –legal o implícita- que nos niega decir y oír lo que queremos; el formidable drama de los endémicos proyectos educativos, que si no nos toca de lleno, al menos se traspasará a nuestros hijos; los odiosos improperios de José Montilla y sus aliados; el sectarismo de los periódicos; la impopularidad de los buenos libros; la sofística de los filosofastros; las declaraciones absurdas de la élite deportiva; las hablillas y embustes del corazón; el sopor de las telenovelas; y así un millar de cosas que nos seguirán a lo largo del año, si Dios no lo remedia. Aunque siempre nos quedará, amigo lector, el recurso de apagar la televisión, apagar la radio, apagar el ordenador, apagarnos el uno al otro, al tiempo que apagamos el reloj del tiempo y escapamos al fin de la vida analógica y física hacia un mundo más civilizado.
Siguiente
« Anterior

1 comentarios:

Click here for comentarios
Marta
admin
20:31 ×

Mágnifico artículo de actualidad, y, a la vez, de profunda reflexión, amigo Samuel.

No hace más que reafirmarme en la idea de que sólo el tiempo importa, no los ficticios calendarios y la preminencia que a ellos les confiramos.

Pero, ¿existe el tiempo en la biblioteca?

Congrats bro Marta you got PERTAMAX...! hehehehe...
Responder
avatar