Lamentos y quebrantos

Me pasa cada vez que abro una página de un periódico. Una especie de incorruptible enrevesamiento de la simpleza se extiende ante mis ojos, como queriendo sugerirme algo. Se me asemeja a la demonización del placer, del objetivo básico que todo ser humano debería pretender. Pero como bien dijo Epicuro, ningún placer es malo en sí mismo; lo que hay que hacer para obtener ciertos placeres causa mayor cantidad de quebrantos que de placeres. Tenemos, todos, una tendencia criminal a complicar aquello se nos da, aquello sencillamente simple, rigurosamente veraz. Según esto, somos capaces de construir todo un conjunto de estructuras arquitectónicas, creencias, ritos, deducciones, míseras falsificaciones pretenciosas, complacencias, asociaciones, derivaciones, tácticas becerriles, que se evaden por completo de lo original. Hasta tal punto que incluso derriban esa certeza subyacente, llegando a olvidarla por completo, o queriendo voltearla con la mayor de las complicidades. ¿Y qué ocurre cuando un castillo se construye en el aire? Que surge el espectáculo de la situación española. Aquí, siempre, dando la nota. Este es el crucifijo que portamos por haber caído, no sabiendo muy bien cómo, dentro de los lindes (ficticios) de este país hiperbolizado.

Quizá haya sido conducida hasta la observación de este urbanismo en el aire a través del propio comportamiento de mí misma. Me van a permitir un ejemplo, que todos entenderán. Siempre tuve la tendencia de escribir mucho en los exámenes, por aquello de demostrar que había estudiado excesivamente bien aquello que precisamente, por cosas del azar, o de la falta de ingenio que me caracteriza, no me preguntaban. Como queriendo rectificar la injusticia que había supuesto una pregunta no preferida. Lo cuál, a día de hoy, no me ha llevado más que a quebraderos de cabeza. Porque, para sernos sinceros, si algo desea un profesor al corregir cientos de exámenes en cuatro días, es leer poquito y bien. Lo mucho, pese a estar correcto, indigesta, pues no deja de ser un examen plagado de lagunas ortográficas, léxicas, y variaciones formales causadas por la constricción nerviosa a la que nos ofrecemos, entre otras cosas. Leer mucho es agradable cuando se trata de literatura, no de demostraciones de conocimientos, que en la mayor parte de los casos, los profesores superaron hace ya mucho tiempo pues su labor consiste en repetírnoslo. También, mientras damos rienda suelta a nuestros conocimientos, pasan los minutos y el coste de oportunidad aumenta, pues no hemos respondido aquello que se nos preguntaba realmente. Un profesor pregunta lo que pregunta. Debemos ser concisos. Los derroteros sólo permiten que se amplifique aquello que, aún habiendo estudiado y queriendo hacer muestra de ello, pueda ser refutado perfectamente, si bien, no se valora en la nota final. Tuve dos conflictos interiores. El primero, con la ayuda de mi profesor de Filosofía de bachillerato, quien, para hablarle de Descartes, Locke y Hume en un mismo examen, sólo nos permitía cuatro caras de papel y cuarenta afilados minutos –ahora lo entiendo, cada cara de la hoja iba asociada a una decena de minutos, aparentemente más que suficiente, pero lamentable a la hora de la verdad—. El segundo, mi profesor de Historia Económica de este cuatrimestre, quien sólo nos permite seis o siete renglones por cuestión, justo debajo de la misma, y perfectamente delimitadas. Y llegué a chinchar pérfidamente a algún compañero que perdió puntuación por no responder nada en una pregunta, precisamente por no haber estudiado. Luego descubrí que a mí me habían bajado la puntuación por haberme excedido y no haber sintetizado. Tampoco había estudiado.

Es un poder destructivo, el de la falta de espacio, y el del falso revulsivo anímico, ciertamente. Pero nos destruye, precisamente por aquello que nosotros construimos pícara y mitológicamente, en base a nuestra propia presunción de inteligencia. Bien es cierto, que se me puede decir, dónde no hay, al menos escribir algo se puede tener en cuenta. Pero no nos engañemos más, aprobar no consiste en redactar conocimientos, sino en responder, acertar y corregir. En este caso, el placer reside simplemente en el coeficiente positivo de la nota de la asignatura. Los quebrantos, en llegar hasta él por uno y otro derrotero. Aunque, siéndonos sinceros, también sería de agradecer plantearnos para qué demonios sirven los exámenes, al fin y al cabo, en la vida de una persona, sino como más piedras cimentadas en el castillo. Es cosa de otro momento, no de estas líneas que, proyectadas sobre la confluencia de una tesis, también se me desparraman por anécdota, ramificaciones, y desvaríos insignificantes, como queriendo las palabras rebelarse unamunianamente.

Pues bien, la situación es generalizable enormemente, a gran escala, cuando dejamos de lado el tema personal. No hay más que ver un telediario (antaño, sesión informativa) con ánimo de analizar fríamente, y nunca de sucumbir ante el teléfono del neurólogo más cercano, o quizá del psiquiatra, la verdad. Cimentar una información sobre hipótesis es terrible. Más aún, mezclarla con opiniones. Mi amigo Samuel Juliá lo describe lúcida y genuinamente en su artículo “El demonio de la imparcialidad”. Es materialmente imposible que el ser humano esté omnipresente. Siguiendo esto, aquellos instrumentos según los cuáles el resto del mundo nos es suministrado, para nuestro primario regocijo de pretender abarcarlo todo, es perverso. Clarificador resulta recurrir aquí a la encomiable alegoría platónica de la caverna. Porque el individuo miente, siempre. Más aún si mentir tiene el objetivo de lucrarse (ya sea electoralmente, críticamente, moralmente, que, en la práctica, no dejan de fundamentarse en el lucro económico). Se contamina precisamente por ser humanos. Porque el instinto natural de la mentira se vierte sobre la información con ánimo de influir, de forma subjetiva, y en muchos casos involuntaria. El problema llega cuando, experimentado algo en primera persona, sabiéndolo evidente, nos encontramos con uno de estos instrumentos de masificación informativa. Y chocamos. El chasquido se erige frente a nuestro cuerpo. Crujimos. La realidad rechina con el epíteto. Y en el epíteto: la televisión, por encima de otros. Espasmo.

Pero nosotros, por humanos, también mentimos. Es duro reconocerlo; ¿beneficioso?, quién sabe. ¿Por qué, pues, mienten escritura y memoria? ¿Qué tienen en común ambas? Si cabe, cuando nos enfrentamos a la televisión, o a la radio –quizá sea menor el efecto con la radio, porque no nos dejamos llevar por la visión, sólo por la audición—, nuestras previas adquisiciones que han construido nuestra persona a lo largo del pasado (ideológicas, educativas, roles, parentescos, experiencias…), están influyendo también en la forma de combatir la noticia periodística. La que creemos subjetiva. Redactamos barbaridades en un examen, pensándolas útiles por estudiarlas bien, para encubrir nuestras propias lagunas académicas, nuestra pretensión de colarlo desapercibido y conseguir un aprobado. Construyen, construimos, un mundo paralelo de opiniones, un tejido de influencias, entretenimientos, sopores, comparaciones, en base a creencias, llegando a dilapidar (hipotecar) las próximas, las que construiremos después, posiblemente, multiplicadas. Contribuyendo a confluir en los demás algo desconocido, pero atractivo. Y así, dentro de toda la arquitectura estratosférica, no hay cemento, sino aire. Que puede deshincharse. En cualquier momento. Mas nunca lo hace. Porque tendemos a complicarlo todo aún más de lo que está, a elevar el globo con más espiraciones, el edificio con más cristaleras. Frágiles.

Estamos habituados. La maraña nos rodea. Nos amenaza travestido en suculento. Nos invade. Nosotros mismos lo alentamos, por ejemplo, contando un simple chiste sin utilizar las mismas palabras que el predecesor. Ya, incluso cargamos con la culpa, siendo conscientes; corremos pusilánimes, sin querer darle importancia, puesto que todo el mundo lo hace. ¿Para qué destacar? Pues no. Rotundamente, no. No podemos cesar en el empeño de hacer prevalecer la realidad que sepamos, por encima de las pantallas –los eminentes vidrios traslúcidos—, el filtro intrínseco, el biombo, los coladores de viruta, el trillo de sílex, la intrincable manipulación, aunque sea de la estatura de un alfiler, si con ello se puede acceder a la intención de preferir uno u otro para arrojarlo a la papelera. Luego lamentamos equivocarnos. A modo de curiosidad, con el contribuir inconscientemente a difundir un rumor de alguien a quien no conocemos; ridiculizando la horrible hemiplejía expresiva de un tartamudo, compadeciéndole, tratando de mostrarle ánimo cuando nos lo presentan en persona, y descubrimos que es completamente mudo, no habla, ni mal ni bien. Nos ruborizamos. Nos da lástima, es decir, nos damos lástima a nosotros mismos. Más lamentos.

Me atrevería a asegurar que el infantil juego del “teléfono escacharrado” es la mayor de las virtudes del parvulario, pudiendo adquirir la capacidad de observar cómo enfrentarse contra el mundo, y contra nosotros mismos. Es decir, cómo enfrentarse a la mentira que abunda, que reside, que se aloja en cualquier intersticio de lo real, turbándolo en ficción a cada instante. Ridículo pero necesario. Prueba de ello: un telediario, en la sobremesa. ¿Cómo combatir este marasmo de irrealidades, cuyo paradigma lo encontramos en la apertura de una hoja de un panfleto cualquiera, o en un mando a distancia? La respuesta no la tengo yo, que apenas nada sé. Quizá sea mejor darle vueltas. Empezar por las pequeñas cosas. Luchar contracorriente. Discernir. Pero sin olvidar que nosotros mismos conformamos, siempre, esa Gran Mentira que pervierte nuestro alrededor, nuestro mundo, nuestra propia realidad. El mundo exterior, desde el subterráneo. Solos. Desde la caverna. Y dejarse de complejos faraónicos. Que provocan lamentos y quebrantos.
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