Memorias

Ahora que me encuentro reflexiva y en plan regresivo, me he sorprendido evocando antiguos sucesos pasados y recuerdo sobre todo dos períodos conflictivos en mi vida interior; el primero aconteció cuando aún iba al colegio, concretamente en cuarto de la E.G.B. y del segundo, hace relativamente poco, sucedió cuando tenía alrededor de dieciocho o diecinueve años.

In illo témpore, a mis nueve o diez años de edad, padecí una acusada ruptura interior; ahora pienso que quizá fuese algún tipo de depresión infantil o frustración, que se traducía en un llanto incontenible.
Debía de sufrir, porque ni el que la profesora estuviese explicando conseguía contener mi pena.
Era entonces cuando me enviaba al baño para que me desahogara y enjugase tanta lágrima. Así me exoneraba de la opresiva presencia estudiantil e intentaba arrancarme una sonrisa con aquellos chistes que escenificaba tan bien. Pero generalmente, ni su buena intención me servía de ayuda.

Y a decir verdad, no recuerdo por qué tanta tragedia, de hecho, no tengo conocimiendo de que ningún allegado hubiese enfermado, ni de que hubiese disputas en casa. Sencillamente, no sabría decir cuál fue la causa de mi comportamiento. Quizá éste haya de constituir otros de los grandes interrogantes de mi vida, otra de esas esenciales preguntas que no encuentran una respuesta satisfactoria.

Transcurrió el tiempo y mi ánimo volvió a la normalidad, me recobré. Continué en ese estado ilusorio y perfecto de la niñez, en que la verdad es ignota y la candidez se hace eco. Pero entonces vino la ansiada mayoría de edad y con ella, otro oscuro socavón.

De nuevo, los días tornáronse grises, la luz de mi propia madurez no sólo me haría abrir los ojos, sino que los cegaría.
Y fue en aquel momento, en que por primera vez, comencé a plantearme las cosas. Tardía y angustiosamente vi lo que durante largo tiempo mi vaciedad había ignorado.
Sí, tenía conocimiento de algunas materias, pero era un conocimiento superficial e insuficiente.
¡Tantos años estudiando! ¿Y para qué me habían servido? Casi nada asimilado, todo archivado a trompicones en la memoria de una inconsciente.
De esta manera, llegaron los días de estudio incesante y las consabidas cuestiones existenciales.

En una ocasión, con cientos de libros esparcidos por el suelo del salón, interrogé a mi padre:
¡Dime hasta dónde he de conocer, cuántas y qué ciencias para sentirme normal!
Y él sólo respondió: éso depende de tí, cariño. Has de averiguarlo por tí misma, a mí, sólo me resta respaldarte en lo que decidas hacer, porque tú debes ser tu propio báculo.
Pero no encuentro el camino, le contesté acongojada.
Todo está en los libros. Dios te guía.
Y me abrazó, durante largo rato, dejándome aquellas palabras, reconfortantes y cálidas, aquellas sentencias formuladas desde el amor y la propia experiencia y que tanto me han servido en esta vida.
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