Esos libros tristes que no lee nadie. Víctimas del marketing literario

Siga usted recto por ese pasillo de libros, hojéelos si son de su gusto, y cuando haya acabado de hacer sus pesquisas, lleve su ejemplar a la caja y páguelo. Ni los propios dependientes pueden concebir esa forma tan ridícula con que se comercia con la cultura. Cierto es que la obra, ya sea de género novelesco o ensayístico, merece valuarse por un precio digno, puesto que en este siglo bárbaro el dinero es el único lenguaje comprensible y universal. Y sin embargo, no deja de ser grotesca la facilidad con que circulan los libros en las salas de El Corte Inglés, como si se tratara de otra cosa. ¡Libro aquí, libro allá, hombres que llevan libros bajo el brazo, libros que se caen al suelo, empleados indoctos que manosean los libros, señoritas de azul marino que los ordenan en sus estanterías! ¡Cómo compran, cómo venden esos individuos gregarios, uniformados de idéntica etiqueta! Véanlos moverse de un lado a otro, contemplen el triste espectáculo del mercado editorial, ¡empleados que no saben lo que venden, consumidores que no saben lo que compran! Las tiradas de Brown, Tolkien y Joanne Rowling, pasan por sus manos como los tomates en su puesto del mercadillo gitano; se vacían las mesas, las estanterías, cada cual se lleva su ejemplar a su casa, como si de genial literatura se tratase. Luego hablan de incrementos en los índices de lectura juvenil, y presumen de aniversarios y de éxitos en ventas; a juzgar por la publicidad exagerada y los compradores impetuosos, se dijera que estamos en un renacimiento literario.

Yo entro en esa sala de los libros, rígido, abochornado, intempestivo; paseo la mirada desapasionadamente, por si sorprendo a algún conocido, comprando libros. Dulce costumbre, siempre parecen las mismas personas, comprando los mismos libros. En la cafetería también parece haber la misma gente. La sección de literatura hispánica está vacía, a veces la frecuenta algún pensionista solitario, pero poco más; hojeo un par de libros, empolvados, mohínos, como de otro siglo. Ni Cadalso, ni Clarín, ni Valle-Inclán, ni Baroja, ni Unamuno se han movido de su lugar; igual que la semana pasada; intactos, enfermos. Se sienten abandonados. Aguardan impacientes a que yo los compre, ¡Imposible! ¡Ya no queda nada en mis bolsillos, ni aún agujeros! Lástima, yo siempre tengo la tentación de comprar libros, y sólo las circunstancias pueden impedir mi adquisición. No queda sino irme a ver qué se trama por esos lares, a escuchar conversaciones, a sorprender bohemios, a oír esas torpes discusiones librescas de la gente común. Me paseo por la mesa de los best-sellers; no pueden pasar inadvertidos, saltan a la vista. Aunque decenas de individuos, todos locos por la novedad, forman un muro a su alrededor, como si tuvieran que defenderlos de un hipotético parangón crítico. Logro hacerme paso entre la gente, entre los locos, entre los que se hacen pasar por lectores; leo los títulos de eso que los mantiene tan entusiasmados. El código da Vinci, La ecuación Dante, El enigma Vivaldi, La incógnita Newton. Me sorprendí, escrutándolos con cierto respeto, como temeroso de verme preso de aquella especie de locura borreguil y hechicera. Eran, para colmo, de distintos autores. Lamentable, degradante. ¿Qué les pasa a esos individuos, a esos lectores? ¿Son incapaces de darse cuenta de las absurdas leyes del marketing? ¿Creen hallar literatura donde hay vicio y malos propósitos? Los miré entre sarcástico y meditabundo; me evadí de la peña de lectores, me acerqué a los solitarios, a los bohemios y pensadores callejeros.

Se siente uno como una alimaña cuando pasea por esas librerías festivales; se fija uno en la gente, y de cuando en cuando sorprendo a uno de esos seres albinos, intelectuales, eruditos, que cuando tienen un libro entre las manos le tiemblan las piernas, o le brillan los ojos, o le tiembla la voz mientras se lo lee a su compañero; encuentra uno a veces solitarios señores, que malviven de librería en librería, observando el mefítico olor del progreso; se les distingue por un hábito espiritual triste, una mirada larga de aire azoriniano, un emblema ideal que parece evocar la antigüedad. Esos hombres se paran en los cafés, solos, amargados, a leer un ejemplar del Ulises, de Joyce, o el Bomarzo, de Mujica Lainez; los ves escribiendo en su solitario rincón del café, ajenos a la vorágine reidora de la barra; los ves levantarse meditabundos, caminar, sin rumbo fijo, sin que nadie les espere, como movidos por su voluntad negligente; albergan pensamientos costosos, de los que no se atreven a escribir los libros ni se escuchan en las cafeterías. Mantienen tertulias interiores, en el formal paraíso de su alma; dialogan su conciencia, su voluntad y su razón con distintos pareceres, se enfadan, se enfurecen, llegan a las manos, y el desenlace de su teatro emocional se observa por las ventanas de sus ojos; sólo que nadie se asoma para observarlo. El bohemio se levanta de su rincón del café, con su ejemplar de Bomarzo o de Ulises, y sale a la avenida sombría y arrolladora.

Hace bastante frío, el vendaval del sábado noche sacude a las partidas de jovenzuelos que siguen obedientes al carpediem. Van al Puerto, o al Barrio; a bailar, a comer, a beber, a regocijarse en el aire voluptuoso de la noche. Desdeñan al bohemio con los ojos, le hacen alguna que otra chanza y siguen su camino monótono. Él yerra como encantado por un céfiro evocador que hace serpentear su abrigo; su imagen es negra, nebulosa, se pierde en la distancia, parece detenerse en cada escaparate y al instante se evapora. Lleva un sombrero, y un paraguas, a la antigua usanza. Se dijera que es un hombre redivivo, un observador, el agente de la omnisciencia narrativa que se pasea por un escenario algo más que novelesco y un poco decadente. Parecía un personaje sin libro, sin ficción análoga, un crítico de época, esa imagen que representa los tiempos, los siglos, como si en ella se encerrase la visión de toda la sociedad.

Se detiene en una librería, esa donde yo compré mi Diccionario de Adioses, aquella tarde nublada en que me sorprendió una lluvia otoñal. No era mi librería, pero yo la hacía mía; era nuestra, la de los bohemios, la de los paseantes que arrastra la calle del Teatro desde sus enfáticas columnas hasta Federico Soto. Dentro del escaparate, una luz difusa dejaba un tablado de libros en severa penumbra; los títulos de los ejemplares componían una escena artística, como un bodegón velazqueño, pero encuadernado. Allí no había best-sellers, era una librería vieja, callejera, de dos pintorescos dependientes, con un aire literario cargado de melancolía. Entra. Yo me quedo observando los libros, observando su sombra espectral en el interior de la librería. Uno de los viejos, encaramado en una escalera, colocaba en lo más alto de una repisa unas obras completas de Bécquer; el otro, sentado tras un mostrador, hacía crucigramas. Yo observé la escena desde fuera de la tienda; parecía una película muda, pero fascinante. El viejo bajó lentamente la escalera, peldaño a peldaño, pues advirtió que había entrado un cliente; el bohemio, el solitario, murmuró unas palabras precisas, probablemente el título de alguna obra, y el viejo librero acudió enseguida a satisfacer sus exigencias. Se sumergió en la sombra, donde había más libros, y volvió al rato con un ejemplar antiguo entre las manos, una edición de coleccionista, quizás. Se lo dio; el hombre pagó. Ya tenía su libro. Salió de la librería, como alma errante, siguió vagando por la calle hasta que se perdió en la lejanía. Quizás entrara en otra librería, y comprara otro libro.

En mis garbeos callejeros pocas veces me ha faltado una ocasión en que aseverar mis costumbres; yo también soy de esos que compran libros por doquier, cuando les gusta, cuando no les gusta, por el puro placer de llevar un libro bajo el brazo. Igual que otros llevan perros de compañía, yo, nosotros, llevamos libros; si el libro nos sabe a poco, llevamos un paraguas, cerrado, siempre cerrado; los más viejos, aquellos que ya no temen a la burla terrenal, llevan sombrero. Otros, más radicales, llevan de todo: libros, paraguas, sombrero, y hasta perro. Poco se quiere expresar con este carácter vagabundo en época tan avanzada; nos alegra el contraste intemporal, la crítica obsesiva del ser humano, ejerciendo de víctimas a la vez que de verdugos ideales; nos deleitamos en que el pasado es mejor en cuanto a pasado, en cuanto a que no es presente. Es la transustanciación de la historia vieja en el hombre original, la insurrección contemporánea del hombre acorralado, cargado de días y horas, de discursos y costumbres, de políticas y vacuidades. Poco queda por hacer. La modernidad no se nos antoja cambio, ni progreso; el progreso es utopía, ideal de nuestras palabras, que no tiene ninguna realización científica. Hablamos siempre de él, pero por hablar de algo; nos aferramos a ese pasado antipático y ciego, a los años salvajes de la teatralidad, nos convertimos en fieras enjauladas, en un mundo cuyos escenarios cambian, pero cuya obra siempre es la misma, con un solo apoteosis; la miseria, la soledad, el hedonismo de lo fatal, lo funesto como forma de vida, el ideal y la palabra como aparejo en un mundo incrédulo y enfermo.
Siguiente
« Anterior