25-F: vaho bajo la lluvia

La nieve se hacinaba a mediodía sobre los bellos parajes de la Sierra Central. La carretera estaba ligeramente despejada, transitable. En las cunetas, al igual que en los robustos árboles que dibujaban la silueta de las montañas, se amontonaban capas y capas de manto blanquecino. El sol lo resaltaba todo. Brillaba doblemente. La niebla terminó estropeando el tan idílico paisaje invernal que se alcanzaba con los ojos desde los sucesivos miradores. Era tan sólo el presagio de lo que nos esperaría de vuelta, una vez echada la noche –y con ella el hielo, y la ausencia de luz— al deshacer el camino que la carretera iba trazando medianamente. Pero eso no importaba. Nada. Apenas un tímido pesar en los entresijos de la conciencia: ¿quién nos mandaría haber cogido el coche en un día como éste? Aunque de no haberlo hecho ni siquiera seríamos testigos de uno de las más bellas estampas que yo recuerde en un febrero tardío. ¿Qué demonios haríamos allí metidos? ¡Sabe Dios si podríamos volver a casa! Las dudas se amontonaban sobre un pespunte de arrepentimiento, al igual que los vehículos –de los que sólo se percibían sus lucecitas de colores, como en la más fantasmagórica película— se iban solapando unos a otros en la entrada de la Ciudad. ¿Por qué allí, pues? Por ellos, claro. Por todos. Y por los que hubieran estado allí antes de que una bala maldita lo impidiese. Antes de que unos terroristas, ahora embravecidos a causa de la farsa política, desguazasen a unos ciudadanos, en su mayoría civiles, completamente inocentes. No era un día de nieve, ni siquiera de era momento de contemplaciones o presagios temerosos de inútiles degetés. Era tiempo de silencio.

A medida que pasaban los minutos, las banderas seguidas de variopintas cabecitas surgían de no se sabe bien dónde, llenando las callejuelas colindantes. La diversidad de gorros, abrigos, mochilas y estandartes, daba paso al lento fluir de voces que se iban percibiendo apenas unos minutos antes de las cinco de la tarde. Recorrí el camino inverso antes de que diese comienzo: desde la plaza Colón, ascendiendo por la calle Serrano. Unas mesitas con banderas y demás complementos se extendían por las esquinas. Las pegatinas eran gratuitas. Daba igual. La gente seguía confluyendo, cada cuál más desaliñado, viendo las nubes que iban atiborrando el cielo hasta cubrirlo por completo. Todas las edades. Sillas de capota, bastones, jeans, albinos, calvos, melenas al viento, transistores, japoneses, sombreros, gominas, querubines con globos, y gracejo andaluz, mucho. También alguna persona con txapela, a lo “esto también nos pertenece, porque no sólo es vasco el nacionalista patidifuso”. Dos helicópteros, un par de cámaras televisivas, y tres micrófonos: todos sabemos a quiénes sólo podían corresponder. Las conversaciones que se podían entrever al cruzarse con la gente, de lo más joviales, de lo más cercanas. A la altura de la calle Juan Bravo se desvió a la gente que pretendía acceder a la salida de la manifestación. Fue el momento de dar media vuelta y buscar un buen sitio para unirse más tarde al paso. Difícilmente olvidaré cómo había ya, a eso de las cinco y media, toda una calle tomada por banderas de España y diversas pancartas en las que resaltaba siempre un “ETA NO” conciso. Éramos muchos. Una curiosa: “no a la OPA de ETA”. Los abrigos habían enmudecido bajo la acumulación de pegatinas que algunos portaban en sus solapas. ¿Jóvenes? Muchos. Más de los que una se esperaba viendo lo cotidiano de nuestras vidas. Al igual que niños chapoteando. Incluso algunos se echaron a la calle con sus respectivas mascotas: conté tres perros. Había sonrisas, había gestos tristes, travesuras infantiles, idas y venidas enturbiadas por las pésimas indicaciones de los policías, y también comenzaban a escucharse algunos gritos para ir deshaciendo los minutos de espera. La gente cruzaba palabras con el menos pintado. Y seguían llegando más personas a la parte final, para ver pasar la pancarta principal y engancharse posteriormente.

Comenzó a llover, de nuevo. Los paraguas truncaron la vista, intercambiando sitio con los numerosos pasquines que se portaban. Unos coches precedieron el paso de la primera pancarta, la de las víctimas, quienes portaban imágenes de sus familiares asesinados. A su paso, un denso aplauso, al que se sumo un coro de voces en apoyo. Y después, vacío, sin duda. Tras ellos, una vez finalizado el cordón de seguridad, comenzamos a sumarnos a la riada humana, como pudimos, desde las orillas de la calle. Debajo de los paraguas, se podían observar los gestos de la gente. Sin duda, con las bajas temperaturas, cada vez que se gritaba algo, una curiosa estela de vapor surgía de todas las bocas. Vaho, silencio, y recuerdo, bajo las goteras de paraguas infinitos. Daba un aspecto aún más gélido, de pensar el por qué de aquellas proclamas contra ETA: una negociación entre asesinos y gobernantes, entre pistoleros y míseros electos perdonados. Y se escucharon también lemas pidiendo la dimisión de los irresponsables de turno. Por la radio nos enteramos de las primeras estimaciones de asistencia. Esperadas. Lógicas, si de estadísticas electorales se trata. Ya se sabe, con las sucesivas reformas educativas, se ha olvidado hasta el contar bien de personas.

Mucho antes de que pudiéramos llegar a la plaza de Colón, los acordes de un piano irrumpieron en los cánticos que afloraban desde las esquinas. Entre tanto, las farolas parpadeaban, dejaron de iluminar en varias ocasiones. Era una melodía, la del piano, si cabe mucho más emotiva que el silencio de un minuto: daba vida al himno de la AVT. Ello dio paso a la presentación, por parte de una periodista conocida, de su presidente. Y más aplausos embrutecieron el silencio expectante. Leyó un manifiesto soberbio. Los nervios y la emoción se intuían debajo de su voz temblorosa. Los aspavientos de las personas que me rodeaban eran crédito de lo idóneo de aquellas palabras. Respuestas: negociación, en mi nombre no. Y el vaho se volvía a escapar de nuestras voces. Al tiempo que el aguacero –“Zapatero, aguacero” fue otro lema espontáneo— no perdonaba ni siquiera un instante de descanso para el brazo. Una vez finalizada su intervención, la gente aplaudió consecuente. De nuevo la melodía del piano indicó el final. Quizá fuera simplemente el “hasta la próxima”, a sabiendas de que ningún sentido le darían a la manifestación los insulsos mentecatos que todos conocemos. Sin saber nada de nuestros respectivos pies, aguados y a la vez congelados, nos comenzamos a mover hacia las calles transversales. Y cada uno, tranquilo y satisfecho, a lo suyo, otra vez. Como un coladero de personas, iban desapareciendo tras las manzanas de edificios, tras los pasos de cebra, tras los coches y autocares arremolinados sobre el cemento mojado.

Recordaré aquí dos breves anécdotas. Ambas tuvieron lugar en las proximidades de la plaza de Colón. Por la acera derecha de la calle Serrano surgió un grupo de jóvenes –aparentemente se podía una imaginar su propósito— que superpusieron su propio lema en exceso insultante con respecto al Presidente Zetapé, y en seguida surgió del resto de la muchedumbre que los rodeaba un grito unánime de silencio, de silbido despreciativo hacia el lema de los jóvenes. Porque nadie quería insultar al Presidente de ese modo, no con fáciles improperios, obviando así la posible manipulación que se haría de los manifestantes. La segunda ocurrió una vez dada por finalizada la concentración, casi en el mismo punto, junto a la plaza de Colón: los manifestantes comenzábamos a disgregarnos, a duras penas, entre la marabunta de paraguas, niños, pancartas, banderas y gabardinas, cuando unos señores encorbatados, acompañados por sus respectivas mujeres astracanadas, muy peripuestos todos ellos, saltaron a una balconada exhibiendo una única bandera catalana, y la agitaron con preponderancia. La gente se detuvo en la frenética corriente que les arrastraba para de nuevo silbar a los provocadores y gritarles unánimemente: “Cataluña es España”. No hubo insultos, porque la gente no quiso que los hubiera. No era ése el sentido de la manifestación. Nadie asaltó supermercados para, en ellos, hurtar jamones y enarbolarlos subidos a un banco de piedra. Sólo se veían banderas sobresaliendo por encima de paraguas; y de todas, una en especial: la de España –y no es que yo sea muy dada a alabar las banderas, pero ayer tenía un significado apreciable para todos—. Tan sólo silencio. Silencio y un piano. Habrá quienes piensen en manipulaciones, por pretensiones verdaderamente endiabladas. Pero yo reniego, apenas éramos ciudadanos anónimos, ni siquiera observé a un solo individuo que se dijese de partido. No logré ver a un solo político entre la muchedumbre, aunque los había más atrás. Hubo cuatro lemas rimbombantes que tiraban del vaho de nuestras bocas, bajo el frío infernal de un día poco dado a festivales. Hubo un “queremos saber la verdad”. Y hubo lágrimas, evidentemente.

Para no olvidar, las palabras que tradujo Francisco José Alcaraz de una concejala vasca durante la lectura del manifiesto: antes nos mataban, ahora no nos dejan vivir. Añade una: ahora nos van matando lentamente. A todos. En cada ciudad, en cada pueblo. En cada rincón. Los cadáveres se amontonan sobre las calles. O lo que queda de ellos. Sobre nuestras calles, hoy, ayer, y todo este tiempo. Llevan amontonándose más de treinta años. Algunos apenas hemos visto más que un aperitivo durante la última década. Pero es más que suficiente para saber lo que se esconde detrás de la culata que dispara: nada. Quien oculta su rostro con un pasamontañas es nadie. Y quien, sin pasamontañas, sin txapela ni culata, se dice dialogar con éste que apunta, sólo cabe decir que es aún menos que miseria. Mísero o ingenuo. De mentes bobaliconas no está hecho el día, no aquí, no ahora. Todos sabemos lo que ocurre. Y, después de ayer, de seguro vendrán más mercachifles de votos, más buhoneros de patrias y otros insulsos tragicómicos encargados de encauzar nuestras mentes a su geografía. Porque así es esto de la política, esto de ser humano que todos tenemos. Y de todo esto, ¿qué sacar? Apenas memoria, dignidad y justicia, se pedía. La nieve del camino de vuelta era nada a su lado. Valga sólo la certeza de haber llenado una calle en señal de apoyo a las víctimas reales, en señal de protesta a unos planes usureros repletos de bazofia moral. Como siempre –desde que tengo uso de razón— hemos hecho: contra ETA. Contra lo que algunos no aciertan a entender irreparable: el terrorismo. Tan irreparable como para no devolver nunca a quienes han sido asesinados, sin derecho a defenderse, sin guerras, sin más armas que las que les apuntaban. Ellos faltaban, nadie más. Sus familias, aunque quisieran, ahora no pueden perdonar, porque nunca se les ha pedido el más mínimo perdón. Si alguien después de ayer es capaz de dialogar no es merecida su credulidad. Lo harán, claro: qué otra cosa cuando uno tiene sillón y maletín amortizados con su labia marrullera y sus pícaras bondades ominosas. Pues eso: negociación, no con mi voz, al menos. No con mi vaho, ni con mi pulmonía. No jueguen con nosotros. Y desde luego, no con mi voto. ¡Faltaría más!
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