La intolerancia de los posmodernos. Prohibido creer que existe una verdad

Queda para los genios del periodismo venenoso la labor de iluminar a esos pobres políticos de sillón, inútiles en los tiempos funestos, cobardes más que pacíficos, loadores de la rendición, gentes de tan desarraigado espíritu que ya no conservan ni principios, ni ejemplos, ni costumbres patrióticas, o cosa que se le parezca. Búrlanse del heroísmo arcaico, elevan improperios contra la Historia y en ocasiones la maquillan, siempre que dé pábulo a su estrategia incauta de encuadrar a todo el mundo en el dogma sublime de la tolerancia. Los mira uno atentamente, asombrado, porque para ellos el olor a sangre es un motivo de discurso, de pasquín conciliador, pero de ningún modo les parece una hecatombe ante la que sentirse inanes, tartamudos y consoladores. Eso no vende, sería rebajarse ante su propia vanidad. Aunque lo pretendan, tantas mentiras han brotado de sus bocas que ya no se distingue cuando hablan falsedades de cuando se lamentan infestados de una rotunda gravedad; el político es impersonal, equívoco y aterrador. Observando su mirada no puede conocerse de qué lado está.

Resulta patético, al margen de la comedia horrorosa del terrorismo islámico, que apenas haya nada seguro sobre lo cual asentar nuestros pies. Unas viñetas han despertado al gigante musulmán y fanático, y si esto hicieron por unas viñetas, ¡qué no harán por una guerra encarnizada contra el fanatismo y la exaltación del pensamiento único! Nos resulta difícil precisar cuántos son, si son todos o hay unos pocos hombres cabales que no hincan la rodilla ante la desmelenada guerra que nos ha declarado ese fantasma exterminador. Porque de lo que no hay duda -para algunos- es que se trata de un ente invisible que hemos creado en nuestras mentes y que se manifiesta como impulso natural de este siglo ante el imperialismo. Ignoro cómo hemos llegado a esa conclusión, pero tal vez se deba a que en el subsuelo de nuestras cabezas occidentales aún perviven resuellos de cobardía, como una solitaria que hemos incubado con los años de guerras; no sé si es justificable, pero sí comprensible. La voluntad de la UE fluctúa entre doblegarse o ejercer de mero árbitro. Con esos delirios de falsa imparcialidad, sus ideales y principios se convierten en una ley frívola y fácilmente maleable. El tiempo ha creado infinidad de cosas capaces de asolar la tierra, a punto estuvimos de ello, y parece que en la era de las armas de destrucción masiva ya no queda lugar para libertades ni conservadurismos. La violencia gobierna, la voluntad salvaje de un pueblo teocrático juega con una sociedad supuestamente avanzada. Hay quien afirma que la culpa es de la globalización, y que por ello hasta el humorista más minúsculo debe responder de lo que escribe ante la ley o ante la muerte. Es cierto, aunque no deja de ser una bobada; que el mundo esté mundializado tiene poco valor para justificar una atrocidad semejante. Son ganas de desviar la cuestión. Lo que cuenta es la desfachatez, el ingenio del islamismo ebrio de sangre. Al cabo resulta que, sin atacarnos, nos manejan entre bastidores, creando el mito del musulmán aplastado por el imperialista mientras juegan con la sensibilidad de la sociedad laica.

Valga la pena, no escribir viñetas ni pasquines contra el Profeta, sino destruir con el habla las ficciones que sitúan al cristianismo al nivel de la religión musulmana. El árbitro laicista apenas distingue entre la justicia y la servidumbre; antes que eso, es equitativo con ambas. Puede así formarse un individuo sensato y liberal, con la mente muy amplia -llena de grietas- que trata de conciliar a dos grandes rivales, fundando nuevas utopías, promoviendo reuniones ecuménicas, consumando así el arte de la ambigüedad. Ese es el hombre libre de prejuicios que nunca admitirá que hay religiones mejores que otras, y que todo se divide entre pacíficos y violentos. Sigue, en rigor, el dogma del igualitarismo, más peligroso aún que el económico: el ideológico. Con individuos de tal catadura, bien podrá crearse un mundo a gusto de todos, constando antes la cobardía psicológica que la propia verdad. Por el camino habrá que llevarse, sin embargo, a unos cuantos periodistas que hagan panegírico de la libertad de prensa, como entes mitológicos que merecen más piedad que consideración. También habrá que acallar la voz del ciudadano democrático, que sin servirse de métodos jacobinos, ostenta sus derechos inalienables en pública manifestación o reclamando en un medio comunicativo. Si es el respeto a la religión católica, o protestante, lo que se reivindica, pues poco valor tiene, pues en las naciones laicas se pasan por alto todas esas sutilezas, amparándose en la máxima nietzscheana de que Dios ha muerto. He ahí la generalización interesada.

La aversión del católico a incendiar embajadas o calcinar automóviles parece afectarle en sentido negativo. Quizás se da por supuesto que, al no derramar sangre, ha menguado en alguna manera la llama del espíritu cristiano. Tendremos que suponer que esa es la causa de que el gobierno no nos tenga en cuenta más que cuando se trata de maquillar su imagen pública. Y sin embargo, con cuánta facilidad se critica la viveza de los neocatólicos arcaicos, los inquisidores testarudos y los simples pensadores actuales que no han incurrido en mayor culpa que la de mantener sus principios en plena edad posmoderna. Todos entran en el mismo saco, antiguos y modernos, feligreses y curas, obispos y cardenales, creyentes corrientes y molientes, al fin caben en la misma comisura de maniáticos inmovilistas que impiden el avance de la especie humana. El cristiano medio español desearía ver cuál habría sido la actitud del gobierno socialista si la Iglesia Católica se hubiera servido de tan miserables métodos ante sus ataques subliminales. Pronto habrían regresado las clases de historia barata y sofística, las proclamas anticlericales, se abrían lanzado consignas contra el espíritu conservador de la Edad Media que procura reestablecer sus dominios. Paliques, sarcasmos, firmeza con los fanáticos.

Y no sucede así con la comunidad árabe, pues siempre que se generaliza, se hace el énfasis de que no todos los árabes son terroristas. Nada más cierto, pero también que no todos son progresistas y que muchos abogan por instaurar leyes para nada tolerantes. También a ellos podría aplicarse la generalización de conservadores, y desafiar con la misma firmeza sus postulados; católicos o no, a la postre la religión suele ser conservadora. La comunidad internacional tiende a dar un trato especial a aquellos que emplean la violencia, por ser muy polémicos y conflictivos, por su influjo político más que por esas absurdas utopías del ecumenismo. El cristianismo, por el contrario, apagado, vilipendiado, desterrado a los templos, se ve forzado por los políticos a desaparecer del panorama social y a practicar la religión en secreto. Poco tienen que decir los que no son una excusa política para derribar al imperialista, poco importan los principios del individuo mientras se despereza otro gigante con pies de barro.
Siguiente
« Anterior