Terrorismo etarra y mesas de diálogo

Conozco a un hombre que a la mañana dice ser capitalista, y cuando declina el sol, socialista consagrado. Reside el enigma del contrasentido en que realmente es sólo un avaricioso incorregible, y si ve que aquél ostenta fortuna, lo envidia hasta el punto de aprobar su labor de sanguijuela. Luego reflexiona, y por ver aquella cumbre tan alta e inalcanzable, se vuelve afín al altruismo, reniega de los ricos a los que aborrece, y comienza a ensayar fórmulas de repartimiento y contribución igualitarias. Un caso conmovedor, sin duda, pero que revela el origen del liberalismo económico. El totalitarismo marxista nace de la ruindad, y con los materiales que ésta ofrece, inventa mil formas de utopía, queriéndonos hacer creer que es solidaria y comprensiva, cuando a la verdad raya en el más hondo concurso de las paradojas políticas. Piensa uno que no distan tanto la una de la otra, aunque nos las presenten vestidas de seda, como bellos manuales históricos o eslabones del crecimiento humano. Avaricia al final, puede que no de todos los hombres, pero sí de unos cuantos inductores; que puede que trajeran algo bueno, como nos lo presentan, pero estaban propuestos para ocupar una plaza en el amplio compendio de idealismos fracasados.

Hoy por hoy, más aún que el socialismo económico, me mueve la rapacería con que los políticos comercian con la palabra, atrayendo tras de sí a los borregos provincianos y a los intelectuales, también borregos, para conducirlos por un sendero experimental que consideran el bienestar más indiscutible. Curiosamente en ese sendero no existe la equivocación, todo son ventajas, antes y después de ganar las elecciones; los malos son los otros, los hostiles, los que en ocasiones pecan de partidismo pero que a las veces escudan la verdad. Por lo visto, la verdad siempre está de parte del gobierno, sea cual sea, pero en las cosas trascendentes de la filosofía la verdad no anda en ninguna parte y en todas partes a la vez. Mientras que en el mundo natural existen muchas verdades, en la política sólo existe una. Cosas de la política ordinaria. Ignoro si de verdad se paran a leer los discursos que pronuncian, o si los preparan antes de escribirlos, o reina en ellos tal malicia que entre bastidores se atreven a pactar los asuntos colectivos. Dicen que no se negocia con los etarras, pero no dicen más; nos mandan callar, nos riñen como a niños que no deben mirar donde se está haciendo lo malo. Se pretende crear una imagen pública inexistente, incluso detestable, que no conserva cierto parecido con la lógica humana. El que tiene boca se equivoca, pero no quien tiene labia de político. El político siempre tiene razón cuando habla, cuando no habla realiza sus ardides para tinturar el cuadro de la mentira. Permanece en el aire de la ficción una imagen utópica del partido correspondiente que ni aún cabría en los cuentos de hadas. Es ridículo, grotesco, degradante. Sólo se contribuye a ratificar la única imagen que el ciudadano medio español se ha formado de los políticos: son unos corruptos y unos mentirosos. Tales adjetivos definen su esencia, y si alguno nos llena la cabeza de pájaros, le seguimos por un instante, y al rato reflexionamos y nos volvemos atrás. Es la opinión de la picaresca española, apolítica, susceptible y cargada de apatía.

Algunos quisieran que se les explicara lo que está pasando con ETA, y se limitan a decir que no pasa nada, o ambigüedades que no les preguntamos. Ándanse por las ramas porque durante los dos años de legislatura que lleva el PSOE continúan haciendo su programa electoral. Todavía están haciendo político para conservar el cetro. Pero ya no estamos en el mismo estado que cuando vamos a votar, no nos mueve la incertidumbre de saber quién ganará, ni qué intención ha de llevar nuestro voto. Sólo nos preocupa, simplemente, saber lo que pasa. Hay motivos de sobra para que nos invada la curiosidad, para que broten signos de alarma, pero nos dicen subliminalmente que las masas somos necias y no existe razón para ponerse nerviosos. O que siguen empeñados en permanecer en el poder. Se ve que no nos importan las maniobras para crear la paz en nuestro país; nos presentarán el bocado cuando esté formalmente masticado. Nos dirán que han logrado la paz, pero no por su pacto con el enemigo. Si esa solución tan simple de cortar por lo sano pone fin al conflicto, de nada han servido las muertes de tantas víctimas del terrorismo. Es en vano, eso podría haberse hecho hace muchos años, pero entonces no interesaba ni en esos términos ni en esa forma. Sólo hacía falta un político lo bastante dócil y carismático, alguien que no revelara excesivo gusto por la justicia y quisiera conquistar la paz a golpe de imprecisiones. Y el destino trajo a ese hombre, a ese político, sin que por ello debamos plantearnos un nuevo modelo del estado del bienestar: paz a cambio de concesiones, paz al fin, que es lo que interesa. En las altas esferas desconocen el significado baladí de esa palabra cuando se implanta como un ramplón código político. No habrá paz para aquellas víctimas mortales que dejaron la piel por defender la libertad, ni para sus afligidos familiares que viven con la memoria del allegado extinto.

Sí que hay, sin embargo, insultos, descréditos, maltratos de una mujer vociferante que defiende a su líder político con el blasón del patriotismo. No responde, pero ladra. Nos imponen una paz no deseada, amparada por la ley del silencio. Difícilmente alguien que conozca el panorama político español podrá creer que quien consideraba como estricta la ley que impedía el derecho de reunión de Batasuna, pueda luego jactarse de encabezar la lucha contra el terrorismo. Se abre una mesa de diálogo que nunca tenía que haberse abierto; tan abominables son las formas de los violentos como sus fines y el estímulo que os induce. Por lo visto eso no tiene la menor relevancia, pues se prestan oídos sordos a los borregos nerviosos y se escucha descaradamente al enorme lobo risueño. Y hay con quien no se puede ni se debe hablar en una democracia, pues no puede contentarse siempre a todos, y menos aún a las minorías que abogan en algún momento por la lucha armada. La violencia para obtener fines políticos no es un método respetable, oscurece a quien la emplea, lo destruye hasta tal punto que ni aún en el diálogo fluido esgrimirá palabras honradas. El veraz arrepentimiento consistiría en el abandono de unos fines que han inspirado semejante ola de atentados. El fin no justifica los medios, ni aún los de las revoluciones. Tan detestables son los verdugos jacobinos del 93, los que se inmolan en atentados suicidas en Israel, los que luchan por la independencia del País Vasco; es lo mismo, bajo dispares caretas; la misma avaricia del hombre incorregible, que no concibe utopías, sino aspiraciones depravadas y particulares bajo el tapujo verbal. Sin ninguna diferencia, simbolizan el terror. Sin ellos, ya no sería necesario hablar, ni establecer mesas de diálogo, ni subyugar a los inquietos bajo el escarnio político, ni crear ese cuadro de apariencias que constituye la supuesta voluntad del colectivo. Ya no habría paces baratas y electoralistas. Habría franqueza en la política, que es la más bella de las utopías.
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