A sangre fría I (Homenaje a Truman Capote)

Siempre, de uno u otro modo, tuvo la certeza de que su vida no sería en absoluto convencional. Ya de niño, le divertía el sufrimiento que provocaba a sus compañeros de escuela y a menudo, era cruel con su madre. ¿Por qué? No siempre se encuentra una respuesta, una causa o un motivo que justifique conductas moralmente inaceptables. En su caso, creo que la razón residía en la fuerza interior que ello le proporcionaba. No es que se excitase eróticamente, sino más bien, le encantaba sentirse como poseedor de un poder en cierto modo divino, el cual consideraba la fuente de su diferencia, de su singularidad personal.

Así que un día como cualquier otro, decidió que el siguiente paso debía ser el asesinato. Se había impuesto ir más allá de la habitual mordacidad, un nuevo requisito en su morboso juego y ese precepto exigía además padecimiento físico. Sí, se le ocurrió casualmente. Pensó en experimentar. Descubrir qué podía llegar a sentir una persona que no asesinaba fortuitamente a otra, sino que lo hacía resuelta y con conocimiento de causa.

Sus víctimas a sus ojos eran débiles, el temor a morir las hacía vulnerables, entonces, sucedía como si él absorbiese ese valor perdido y un coloso impío cobraba forma en su ser.

Su comportamiento criminal regíase inexorablemente por dos principios: si la persona elegida hacía gala de la suficiente entereza, perfilándose un ser suficientemente íntegro y original en el momento oportuno, le permitía existir; asimismo, nunca se dejaba impresionar por la belleza exterior de sus víctimas.

Era un asesino. Sumamente hábil y muy metódico. A ésto, sumábase una sobresaliente inteligencia, una apariencia más que aceptable, una educación y formación privilegiadas y un afán de superación y perfección casi enfermizos. Era políglota y contaba con una opinión propia acerca de casi todo. Había visitado prácticamente un tercio de todo continente, profundizando en las culturas, idiomas y creencias más afines con su carácter y su forma de ser. De modo que este hombre de mundo, podría decirse, que hubiera podido dedicarse a cualquier oficio que se hubiese propuesto. De hecho, así lo hizo, puesto que una vez muerta su madre, no existía impedimento para hacer lo que más le gustaba: ir a la caza, esto es, elegir a sus víctimas, observarlas detenidamente, estudiar sus hábitos y rutinas para, posteriormente, llegado el tiempo, secuestrarlas, torturarlas y, por regla general, aniquilarlas.

Sin embargo, él no solía decidir quién iba a fallecer a sus manos, sino que eran ellas. Ellas, al actuar como solían hacerlo, es decir, como les era propio, evidenciaban su carácter y él, al escrutarlas, tomaba la decisión de cuál de entre ellas era la más mezquina o la menos imprescindible, cuál era soberbia y vacua y quién sencillamente, no merecía sucumbir. Así las elegía.

No obstante, si, en el último instante, creía que no era justo matar a alguna, naturalmente no lo hacía, ya que las reglas del juego eran de su invención y tampoco valoraba necesario seguirlas a raja tabla.

¿Tenía conciencia? Mi opinión es que no. ¿Algunas veces parecía compungido o arrepentido por su modo de obrar canallesco? No, nunca.

Aún ahora no alcanzo a comprender por qué tan importante era para él esa sensación que experimentaba al subyugar a sus víctimas, al vejarlas, al matarlas. Por qué jugaba a ser Dios.

¿Alguna vez han deseado volar con tanta desesperación que al ver su propia incapacidad para hacerlo se han sentido minúsculos? Supongo que precisamente eludir sentimientos como éste, compensando su efecto con proezas de otro tipo, simbolizan su excusa.

Pero, comencemos por el principio…
Siguiente
« Anterior