A sangre fría II (Homenaje a Truman Capote)

Cuando le conocí, ya había matado, su madre había fallecido hacía tiempo y él vió el momento idóneo para empezar a actuar.

Escogía a sus víctimas cuidadosamente, casi con recelo de no haber errado en la elección al final.

Resolvió que yo me convirtiese en narrador de su historia, nunca imaginé por qué. Pero hizo de mí una superviviente. No sé si la única, de los terroríficos designios que había dispuesto solamente para mí. Favoreció el hecho de que sea periodista y que goce de experiencia en el campo criminológico, sino no puedo imaginar qué me hubiera ocurrido.

No obstante, con el paso de los años, sí llegué a comprender perfectamente su afición, aunque ni la comparto ni intento justificarla.

A mí me asaltó tres años atrás, hacía poco que me había mudado de casa y de localidad, y también había transcurrido poco desde mi licenciatura. Así que era bastante inexperta e inocente, pero llevaba ya dos años colaborando con un reconocido criminalista, de forma, que algo sí que sabía al fin y al cabo.

Me hallaba en un supermercado cercano a mi residencia anterior haciendo la compra semanal. Estaba tan absorta que ni noté que me escudriñaba sin disimulo alguno. De hecho, hacía meses que no me quitaba el ojo, pero yo no lo sabía entonces.

No obstante, transcurrido un tiempo después del secuestro inicial y de mi reclutamiento en aquel terrible lugar, frío y oscuro, averiguaría a través de los intercambios de palabras que manteníamos de vez en cuando, que ya había intentado raptarme en dos ocasiones anteriores, pero siempre sin éxito. Sería a la tercera, como suele decirse, que iría la vencida.

La tienda de comestibles que yo solía frecuentar con ése fin, he de puntualizar, que se encuentra en un lugar algo apartado, a pesar de ello, normalmente suele concurrirse mucho porque el servicio es bueno y rápido.

Estaba en el pasillo destinado a la higiene del hogar cuando él se aproximó. Estuvo un rato mirando algunos productos, luego, me abordó. Me preguntó cortésmente si podía indicarle la ubicación de las bebidas refrescantes. Me pareció bastante atractivo, además de educado, cosa bastante insólita hoy en día, así que le acompañé hasta allí.

Me entretuvo charlando y compramos algunas cosas juntos, hasta me ayudó a acabar la compra, y era una lista larga, de manera que me comporté amigablemente y sin desconfianza.

Fue entonces cuando Lucas, así se llama, debió asegurarse de que era inofensiva, ya que me indujo muy sutilmente a esperarle en un pasillo desértico y muy próximo a la puerta trasera del comercio, mientras él iba a buscar no recuerdo el qué. Y allí aguardé nada, porque a hurtadillas se situó a mi espalda y me atacó con un chisme de ésos que produce intensas descargas eléctricas que dejan al más fuerte k.o.

Para cuando me recobré, la ubicación ya no era la misma. Me encontraba en otro sitio, un zulo o algo por el estilo, donde había permanecido el largo intervalo de inconsciencia. Me dolía todo el cuerpo y sentía la cabeza embotada. Supe que me había sedado, pero ignoraba con qué. Repasé mentalmente: podía ser codeína, algún hipnótico, somnífero,… Casi cualquier opción. No lo sabía, aunque el síndrome de abstinencia posterior me confirmó que llevaba inoculándome morfina o algún sucedáneo durante varios días.

Jamás olvidaré aquel sudor frío casi gélido que me convulsionaba de la cabeza a los pies; la sed, el hambre, cómo sentía heder mi propia piel. Subsistí días y días sola, famélica, sedienta y completamente ida. Creí con firmeza que si no me mataba y permanecía allí y de aquel modo mucho más tiempo, me volvería una loca sin remedio. No deseaba morir, pero tampoco continuar en aquella eterna agonía. Sólo era feliz en mis sueños porque era libre. Invertía los estados, el sueño se convertía en mi vida, mi existencia actual era sólo una espeluznante pesadilla.

Como puede suponerse, intenté escapar. Me aferré a cualquier posibilidad que me liberara, que me permitiese salvarme, huir. Pero las probabilidades eran inciertas.
¿A qué porcentaje de éxito podía aspirar una piltrafa humana, una morfinómana en plena abstinencia y en carencia de todo, un ser completamente dopado que no es capaz ni de controlar las sacudidas que da su cuerpo enfermo y mucho menos, su actividad cerebral, la lucidez mental que le asegure el fin de ese exilio forzado?

Pasó un tiempo que me pareció perpetuo y al fin, por segunda vez, lo ví. Quizá reflexionó durante aquel estadio, porque después, cambió radicalmente de actitud. Me alimentó, me aseó y hasta habló amablemente conmigo. Me sentí aliviada al tiempo que profundamente dolida. Me había vejado y abandonado a mi suerte, en mi propia inmundicia y ahora … se mostraba afable y considerado. Aquel tío era … un verdadero cabrón. No sé si le odiaba más que le agradecía aquellas inesperadas atenciones para conmigo.

Comenzó entonces un nuevo período. Volví a ser yo. Él renovó un existir que ya daba por perdido. Me reubicó, me cuidó hasta que mejoré y pude valerme por mí misma; adecuó un confortable y cálido cubículo para que descansara y permaneciera en su ausencia. E incluso me concedió algunos útiles para aprovechar mejor el tiempo en que estaba a solas. Así, dispuse de algunos lápices y un bloc de notas, donde fui apuntando los acontecimientos más relevantes, el transcurso de días puntuales, descubrimientos acerca de su pasado, hipótesis psicológicas acerca de su desequilibrio, de su perfil como asesino en serie, etc. que me serían de gran provecho con-forme pasara el tiempo.

De esta manera aprendí a comer con él, a charlar con él y a comportarme con naturalidad en su presencia. Afirmaría que en el fondo le perdoné.

Lucas, siempre se me hace extraño llamarle así, para mí era Él, un criminal, un despiadado trasgresor, un saco de basura humana más, al principio; después, se tornó otra cosa, un ser debatido entre dos polos morales de igual densidad y peso. ¿Pretendo decir con ello que era tan malo como bueno, que a partes iguales lo dominaba un diablo y un ángel? Creo que sí.
Puede que concluyan que divago o que, aún hoy, adolezco de un evidente síndrome de Estocolmo. Tal vez así sea, quizá, sólo sea comprensiva.

A veces, simplemente me siento profundamente agradecida. Tenía una intención, que llegué a creer irrevocable y sin embargo, me liberó. Cuando le insistí en la causa, sencillamente respondió: ‘no merecías morir’. No añadió ni una palabra más y jamás, volvimos a tocar el tema. Estuve de acuerdo, puesto que de algún modo, sentí que se lo debía. Al fin y al cabo, había salvado el pellejo, no fuese que tanta persistencia le hiciera cambiar de idea.

Más adelante, me sugirió que escribiese la historia de su vida, la historia de su mórbida actividad, de su maldad, de su locura, de todo él, en resumen.

Cómo había comenzado siendo un niño no especialmente propenso al mal, y las circunstancias, lo habían envilecido, haciendo de un niño huérfano de padre y solitario, un presente homicida despiadado.

Diserté largo y tendido acerca de los pros y los contras de su proposición. Pero la verdad era indiscutible. No había mucho dónde elegir. Estaba bajo su techo y él me sustentaba. Negarme, hubiese supuesto cavar mi propia tumba. Así, que acordé que lo haría. Siempre y cuando, garantizara mi propia seguridad y bienestar mientras permaneciera con él.

Pronto se tornó habitual su compañía para mí y a menudo, contábame de su vida y milagros. Fui poco a poco recopilando información acerca de su infancia y adolescencia, pero nada sabía todavía de su juventud.

Sospecho que nunca llegaré a conocer toda la verdad sobre su vida, cosa que se reflejará en mi trabajo actual y atentará contra la autenticidad de los acontecimientos. Porque una versión, no acostumbra a ser una realidad certera y objetiva, temo que la suya sea la menos fidedigna de todas.

Nació en el seno de una familia acomodada y relativamente feliz. Su padre y su madre habíanse conocido en la universidad y al acabar los estudios, contrajeron matrimonio, dichosos y enamorados. Pasó el tiempo, y el devenir cambió el rumbo de los acontecimientos. Su padre, comenzó a beber porque los negocios no iban todo lo bien que cabía esperar después de tanto esfuerzo y de tanto sacrificio. Su madre, en silencio, fue enfermando. Paulatinamente un tumor fue agrandándose en su vientre. Era maligno e irrefrenablemente progresivo en un cuerpo aún joven y desgraciadamente ignorante y temeroso en temas médicos. Su cáncer se hizo lento y doloroso. Una enfermedad terriblemente amarga que empañaría la felicidad de años que anunciábanse venideros y plácidos.

Su padre, cuando lo descubrió, era ya un hombre perennemente beodo, que aunque había conservado e incrementado el capital familiar increíblemente, había perdido el tino. Mientras, un niño, único vástago de toda una extensa saga familiar, crecía, de internado en internado, solo y cada vez más amargado e infeliz.

En período vacacional, pasaba los días en casa cuidando incansablemente de su madre, cada día más gemebunda y menguada, más tiránica, menos ella y más metástasis que carcome.

Cuando tuvo doce años, perdió además a su padre, quien se había provocado una cirrosis fulminante. Éste, para no constituir un lastre y más sufrimiento añadido a su esposa y a su hijo, se suicidó.

De manera que este niño careció prácticamente de todo, excepto de una óptima educación y una gran fortuna, que le administraría su madre hasta que conservó las facultades, porque, poco después, moriría.

El relato de una existencia miserable y trastocada, se escribiría en la historia, sin constar en ningún episodio, sólo en las mentes torturadas de unas pocas víctimas que continuarían vivas sin sentirse triunfantes del todo, ya que Lucas seguiría exterminando. Cuerpos destrozados y estériles ya de todo halo vital, constituirían la prueba irrefutable de ello, móviles que jamás se encontrarían.

Mientras, exiguas supervivientes callaban. El temor a revivir días cruentos silenciaba sus gritos denunciantes y aplacaba su sed de venganza. Todavía podían morir. De modo que, era mejor acallar esa voz martilleante en sus conciencias y vivir con el peso de la propia impotencia a rebe-larse.

No se conocían, aunque tenían el presentimiento de que no habían sido las primeras ni serían las últimas en caer a su merced. Hecho que les anunciaba su propia contingencia. Algunas expirarían, otras se salvarían y una tercera, les contaría a ustedes el meollo. ¿Por qué? Porque quien estaba al mando, así lo había dispuesto. Nosotras, unos meros títeres en sus manos juguetonas y crueles; pura diversión.

Habitualmente, por lo que me contó y lo que pude deducir, su conducta se guiaba por un patrón, que variaba mínimamente. Lo que significa, que de ser atrapado y juzgado, se le hubiese acusado además, de premeditación y alevosía, circunstancias ambas que agravan una pena. Por tanto, suponiendo que lo hubieran juzgado en toda su maldad y por todos sus crímenes, inclusive las víctimas liberadas pero igualmente torturadas y secuestradas, el veredicto no podría presentarse mejor: el resto de toda su inmunda vida en prisión.

En cambio, no sería esa suerte la que acaecería.
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