All I have to give

Busco en mi joven colección de discos aquél que tantas noches coloqué sobre el platillo compacto recién estrenado: All I have to give. Conocerán la canción. Mas no recurriré ahora al nombre del grupo para salvaguardar al menos la templanza de estas líneas. Es evidente. El disco fue un regalo de cumpleaños. ¿Cuántos? Ni recuerdo. Ni me importa. Volvemos. Siempre volvemos a lo que una vez fuimos, y lo que una vez fuimos reside sólo en la música. En eso o en la escritura. Escritura, ¿de qué sino se puede escribir con apenas doce años? De mucho. De todo cuanto somos. Éramos. Nada. Escribía, o jugaba a escribir, con rimas, sobre una casa de diversos colores. Fue el primer boceto de poesía que una amiga y yo logramos dibujar. Todo era un juego. Hasta lo que ahora, en esta noche desarreglada de marzo, es ya casi una obsesión: música, poesía, recuerdos, colores, risas… Y, sin embargo, nadie se da cuenta de ello hasta el instante siguiente de haberlo realizado, esto es, hasta que lo rescata de su memoria. El tocadiscos ya no funciona. Está roto, deteriorado y desasistido, mientras descansa fielmente en el mismo sitio que antes. Pero ya no respira, ya no da vueltas: en su lenta agonía se tragó un disco de unos hermanos irlandeses de sobra conocidos. ¡Diantres! Siempre pasa lo mismo, para que un plato de un equipo deje de funcionar es preciso que esté girando, y eso sólo ocurre si, por ende, se estropean e inutilizan plato y disco conjuntamente. Nunca se destartala algo únicamente. Siempre se extiende a otro objeto, a otro aparato, y, en este caso, a otro recuerdo en forma de acordes.

¿Cuánto tiempo ha pasado ya, casi sin darnos cuenta? Años. Ni siquiera conseguí asistir a un solo concierto del grupo en cuestión. Y todo para que al final los olvidara. Como todos los de aquél tiempo. Sí, he de reconocerlo, pertenecí en modo alguno al fenómeno fan de los noventa. De forma discreta, pero, ¿quién iba a librarse de aquello? El All I have to give es tan sólo un residuo en mi memoria, que ahora recupero para alcanzar, si pudiera, los momentos perdidos como queriendo recuperarlos. ¡Qué tontería! Es sábado, debería estar bailando desmesuradamente el abominable éxito de moda, y sin embargo, retrotraigo mis sueños a los que una vez imaginé a causa de una canción descolgada en un disco marginal que conservo. Y conservaré. Son míos. Tanto el disco como los recuerdos. El hit discotequero decaerá pasado mañana sin que nadie sienta ningún aprecio por él, más que la fugaz pareja de chorlitos que se cruzó la mirada bajo el etéreo fulgor de luces de colores mientras sonaba. Y tras él, decaerá también mirada, pareja y, tal vez, imbecilidad rutilante. Junto a todo ello, el Reloj. Colores.

Me vienen a la cabeza muchas cosas: ¿qué fue de aquellas notas que almacenaba histéricamente en folios desarrapados? ¿Qué fue de mis sueños de entonces? ¿Los he cumplido? ¿Aún los conservo? ¿Los ha fumigado la ausencia de inocentes juegos con la luna? No lo sé. Al menos puedo decir que aquella amiga con la que jugaba a rimar entonces, estudia conmigo la misma carrera en la misma facultad, y ha recibido tres de mis saludos sin dignarse a responder. No lo volví a repetir. Allá cada cuál. Probablemente la única que reflexione sobre ello sea yo misma. Nos hacemos mayores, efectivamente. La pulcritud se deshace bajo la sempiterna misericordia de la majadería, de la maldad. Un buen día se escapó, y pasado el tiempo, me la encontré con una sonrisa. No me reconoce. O no quiere hacerlo. ¿Por qué la gente tiene este tipo de estúpidos complejos pueriles? Y decía así: without you I don´t think I can live… I wish I could give the world to you… But my love is all I have to give. Letras vacuas, ahora. Llenas de algo, quizá de fascinación melódica, entonces. Algunos se quedaron en eso. Otros lo cambiarían por un trago de cerveza. Quizá yo lo siga conservando en la memoria, lo que fue, que ahora soy, nada más. Si soy algo ahora. Algo más que recuerdos. Algo más que tiempo marchito. Que se apelmaza sobre las sienes y resuena de fondo en una noche enmudecida de primavera: All I have to give. Releo algo. Para no sentir el horrible paso del Tiempo, que os destroza los hombros doblegándoos hacia el suelo, debéis embriagaros sin cesar: spleen. Y el tiempo pasa, y crecemos. Tiempo es música. Y vamos muriendo lentamente… ¡Música, por favor!
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