De Margot y las vicisitudes del amor

Era tarde, el tiempo había transcurrido lentamente hasta entonces y ahora, llegado el momento, se veía allí, inmersa en un ambiente cálido que implicaba una frialdad desconcertante. Una paradoja.

Una noche de luces danzando, como bailan incontables y diversos pensamientos, aún no aturdidos por la primera copa. Apoyada en la barra, expectante y serena, quizá un poco descontenta consigo misma por no poder unirse a la algarabía de la fiesta discotequera.

A Margot siempre le han hecho falta unas dosis bien ponderadas de ese alcohol comercial para desinhibirse y bailar como una ninfa, liviana como una pluma y sensual como el contorneo más estudiado.

Tampoco socorría el hecho de que hubiese decidido ir sola y en cierto modo, sentía ahora una soledad que se hacía opresiva.

No obstante, le entretenía observar a los concurrentes, sobre todo a los dinámicos, a ésos que bailan en grupo, ésos que no ven su propio patetismo la mayoría de las veces. Pero ¡eh! no importa si el baile no es lo tuyo, ni siquiera si estás claro o no, tú sólo baila, rellena el hueco con tu presencia que el ridículo no existe. Es lo que interesa.

De hecho, ni siquiera le apetecía charlar y tampoco tenía con quien y el camarero, que es el que parecía más dispuesto a matar el tiempo con una desconocida, adivinábase bastante zafio. Una idea fugaz se le hizo presente. Una mujer de mediana edad, solitaria y parlanchina, acribillaba con su martilleo verbal y compulsivo al barman. Pobre mujer. Afortunadamente no era su caso.

Dejó vagar su vista por la estancia, la cual se detuvo al otro extremo de la pista de baile, justo enfrente. Una silueta masculina, esbelta y elegante, se recortaba en el vacío contexto. No veía nítidamente sus facciones, ya que era un tanto miope, pero podía intentar adivinarlas. Cabello semilargo que parecía castaño oscuro o incluso moreno, rostro anguloso, pómulos algo prominentes, grandes ojos rasgados, ¿color?, imposible averiguarlo a tanta distancia. La indumentaria era quizá demasiado formal para la ocasión, aunque no llevaba corbata. Vestía de negro como ella, un negro integral. Sus zapatos color burdeos de suela relucían como espejos. Su única nota de color.

Por un momento sus miradas se cruzaron, pero ella indefectiblemente la apartó. Siempre lo hacía. La sostenía durante unas milésimas y luego, los ojos tocaban a retirada. Supongo que fue así como se percataron mutuamente de que se observaban con disimulo el uno al otro.

Estas situaciones siempre se asemejan al juego del gato y el ratón. Ahora miras tú, ahora miro yo, ahora tú te dejas mirar, ahora yo me dejo mirar. Un tira y afloja de lo más entretenido.
Más adelante, después de un agradable o no contacto comunicativo para tantearse recíprocamente, ya intervienen los sentimientos, la repulsa o la aceptación. Aunque no siempre coincidan las perspectivas. Es justo antes de este momento, que comienza la idealización del amor y se forja el fantasma de un amor que acaba no siendo real. En él no hay defectos, todos son virtudes, virtudes geniales, virtudes ensalzadas en exceso, virtudes de un dios que no es nada más que puramente imaginario e ideal. He ahí la esencia del amor, del flechazo.

Y Margot lo sabía, sabía todo ésto y miles de cosas más, algunas relevantes, otras insustanciales, pero al fin y al cabo, de alguna utilidad. Y por ello, no pasó absolutamente nada. Simplemente se resistió a dejarse llevar.

A veces el amor puede parecer magnífico, la causa más razonable de nuestra existencia. Toda esa felicidad que genera te hace olvidar también todo lo malo que puede llegar a ocasionar.
Si bien es cierto, que es necesario amar, porque amar, al igual que errar, nos hace humanos. Sólo que creo que nuestra protagonista llegó a la conclusión de que aquella noche era mejor dejarlo correr, porque para amar, para saber amar, hay que estar bien preparado y ella no lo estaba.
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