Dos monjes

A las puertas de una muralla reducida a ruinas, dos monjes concluían una larga caminata. Ataviados con capa oscura, gesto profundo y ademanes afectados, filosofaban sobre el rumbo que habían tomado sus vidas. Sus primeras elecciones, las postreras, cómo flaquea en ocasiones la voluntad, sobre todo ante una bifurcación de caminos, el miedo a haber errado, el fracaso... Más o menos, de estos temas trataban. Cuestiones importantes, trascendentes. De hecho, si más no, vitales en el fondo y en la forma.

Hablaban casi susurrantes el uno con el otro, mirándose fijamente a los ojos y enarcando las cejas en señal de escucha recíproca.

Aquellos hombres de Dios, muy probablemente gozaban con vidas sencillas, austeras, alegrándose con cada rayo de sol o deleitándose en el alegre trino de un pájaro cantor. Diríase que eran felices y no precisaban más que la vida en comunión y armonía con Dios y sus semejantes.

Yo los observaba atentamente desde una esquina próxima, en la penumbra umbrátil, de modo que podía escuchar a la perfección el diálogo y ver sus semblantes. Había tanta paz en sus rostros, tanta bondad en sus ojos, que no pude menos que admirarme ante tal panorama.

No dejó de parecerme curioso cómo el mundo había avanzado sin ellos, cómo por el camino hacia el progreso se había extraviado todo lo que ellos contenían y cuidaban con recelo cada día.

Y recuerdo que pensé, que uno de ellos tenía largos cabellos canos en las cejas como también los tenía mi abuelo, viendo por un momento sus facciones en las de aquel hombre. Entonces, cerré los ojos y oré: “Si tan sólo pudiera albergar una décima parte de la fe de estos hombres en mí, Señor, qué feliz me harías, porque estarías siempre conmigo”.

Y aunque resulta inaudito, aquellos monjes, en aquel preciso momento, me vieron y cesaron de hablar entre sí. Pero no me vieron hasta que me escucharon, porque no repararon en mi presencia hasta que, milagrosamente, oyeron mi plegaria a Dios.
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