El conde de Clermont (cuentos)

En la Francia de la Baja Edad Media, existía un pequeño condado que ejercía como capital de una magnífica y céntrica región, Auvernia; esta ciudad, situada en la llanura de Limagne, junto al río Tiretaine albergaba a su vez un poderoso castillo medieval, el cual era conocido como el Castillo de Montferrand.

Días apacibles y serenos vivía su propietario, el conde de Clermont, en compañía de su único hijo y su esposa Beatriz. Mas un día reparó en que todo no era tan idílico como lo había deseado...

El conde de Clermont-Ferrand, se llamaba Robert y constituía el quinto y último descendiente varón de Luis IX, soberano de Francia allá por el siglo XIII. San Luis -de este modo la plebe había apodado al ilustre progenitor- gozó en sus tiempos de fama de monarca hábil y prudente y… no era en vano.

A pesar de la exigua salud que arrastraba desde niño, había intervenido loablemente en su juventud y madurez en la Séptima y Octava Cruzadas, había logrado la consolidación de la monarquía gala en tiempos difíciles y había firmado diversos tratados, entre ellos, la Paz de París, por la que se daban por zanjadas las antiguas hospitalidades entre los soberanos de Francia y los de Inglaterra ( desde el siglo anterior en perpetua guerra). Asimismo, su acertada política interior así como la unificación político- legislativa que había establecido en su reino contribuyeron a su reconocimiento como admirable y estimado rey de Francia.

Su hijo Robert, el pequeño de cinco hermanos varones, fue su máxima fuente de alegría desde que vino al mundo y en desoladores años de contienda y violencia. Pero lamentablemente, un rey si bien es en el fondo un hombre, debe ser primero rey, y existen ciertas obligaciones ineludibles propias de este cargo que debe asumir. Los avatares de un monarca en aquel entonces se reducían casi exclusivamente a la guerra y el viaje alrededor de todo un universo por descubrir y conquistar.

De esta manera, padre e hijo no coincidieron mucho por palacio, pues el uno siempre se encontraba fuera y el otro, siempre permanecía dentro de la corte. En su lugar, otro hombre venía a reemplazar a la figura paterna, de una manera inconsciente, en el corazón del joven infante, un bailío convertido en chambelán y maese. Un hombre instruido y leal.

El joven Robert fue creciendo, aprendiendo y madurando en compañía de sus hermanas menores, la reina y su mentor, Jean Michael Demangeot. Y su padre, las temporadas en que residía en casa y no estaba postrado en cama a causa de un inexistente bienestar físico, lo veía alejarse, cada vez menos cálido, cada vez menos afectuoso con él.

En aquellos momentos, el conde de Clermont lo recordaba; se había sorprendido evocando vivencias archivadas en la memoria con un sabor incierto, acontecimientos pasados que promovían en su ánimo quizá sentimientos más insospechados aún.

No obstante, en su interior, los comprendía. ¡De qué manera tan injusta había obrado con su padre! Y ahora se contemplaba a sí mismo junto a su hijo, siendo víctima de una crueldad similar.

Alain ya no era un niño, antojadizo y maleable, Alain se había convertido en todo un hombre, en un noble caballero de principios y de corazón tenaz. Y él… no había participado lo suficiente en ello. Él se había quedado a un lado, impávido y siempre demasiado ocupado, tal vez demasiado joven para asumir una responsabilidad como aquélla.

‘Demasiado tarde’, se anunció para sí con voz desconsolada. ‘Ahora ya es imposible recuperar un amor que nunca sembré del todo’.
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