El ocaso sobre el mar

Un acuoso crepúsculo se hunde entre dos espejos,
la infinitud invariable se deshace en una fina línea
que acaricia ambos cristalinos reflejos, los sella,
mientras el húmedo sol radia ya una lejana luz.

La brisa se cruza ante el rostro y saluda temblorosa,
huye más allá, vuelve tras de sí, se queda muda,
la brillantez decrépita se desprende sobre el cielo,
el mar se eterniza en su misteriosa laxitud azul.

Como un abrazo extendido entre las manos,
como un huero dique en el que mueren las olas,
la bahía cercana versa escondida con un manto
oscuro, con el lecho que se alza hasta el cielo.

Y se fuga la pueril brisa, en un húmedo respirar,
costoso fue abrir los ojos, dejar de oler su susurro,
el aire se lleva consigo al sonámbulo sol, y con él
la oscuridad emerge plena sobre el tibio resplandor.

Azul como el mar, azul como el cielo sobre el agua,
azul como un infinito desgranar de flecos traslúcidos,
que surgen sobre el falso lecho de caricias, de olas,
azul vital sin luz, sombrío, entoldado azul del mar.

Como el mar eterno que silencia el aliento, sepulta
en su inmensa holgura, todos los deseos y sonrisas,
todos los llantos y tristezas; como ese cielo doblegado,
como un camino proyectado hacia el horizonte en vilo.

Así, como color desdibujado que emana su turbación,
como el mareo que tanta belleza muda sugiere.
Así, digo, el letargo maternal que embriaga la mirada
y pervierte este Tiempo más allá de una lágrima.

Difusa calla en la oscuridad del ocaso, en calma llora,
la noche va cubriendo todo cuanto alcanza la vista,
la herradura de tierra –el muelle ensombrecido, la silueta
de barcos, hombres sin rostro, el hueco del campanario.

El mar sonríe aún; insomne, vive en el día, en su azul.
su levedad resuena sobre las ropas marchitas, su calor
hierve en el frío nocturno hasta que el reflejo cercano,
la noche, envuelve su manto de negro adusto, de betún.

Se esfuman las palabras, las chispas, las olas adormecen
en la orilla, la luz desaparece, y con ella el degradado
azul escondido tras la sombra. Expira la huida vespertina
sobre el mar y el crepúsculo henchido de nocturnidad.

¡Adiós brisa, adiós voz! ¡Adiós mar azul!
Tout est cassé, tout est mort…
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