Homenaje a los muertos de la estación de Atocha

Ruidoso paradigma el del once de marzo; como el resto de las catástrofes que asolan la tierra, ésta deja doscientas bocas calladas. Doscientos muertos que España recuerda sumida en la más extinta niebla. Avanzado el tiempo, recuérdanse estas épocas de declive social, a las víctimas les saltan las lágrimas con tan sólo ver la luz del sol, el sol añejo que se repetirá por muchos años. Vagan sus ojos por esa estación silente, esas vías muertas del tren madrileño, cuando de repente la detonación lo copa todo. Es la voz de esas bombas inesperadas la que irrumpe cada año, cada siglo, en nuestras españolas ciudades; muere un régimen, extinguido por la explosión, y se levanta otro. Los políticos continúan haciendo su papel de políticos; las víctimas, mártires del nuevo siglo, acogen un puñado de recuerdos y se preparan para el agrio porvenir. Leía hoy en el periódico el testimonio de una de ellas; en su desenlace gemía más que rogaba a los políticos que acaben con las guerras. Me quedé pensativo, como si acaso ellos tuviesen tal potestad, como si pudiesen devolverle la vida a nuestros muertos, nuestros doscientos muertos, con su facundo quitapesares. Está en su mano provocarlas, crearlas, como está en su mano destruirlas; pero acabarlas, y acabarlas con paz, es algo que sólo la Providencia obtiene, y muy contadas veces. No deja de ser enternecedora la súplica de esta señora, como un llanto sempiterno que nos acompañará en nuestras horas de charla y de lectura. Ya no podremos charlar tranquilos un once de marzo. Nunca podremos olvidar a los viajeros de aquellos trenes, de aquél último tren.

Se han sumado a los homenajes los hombres de chaqueta y corbata; más que por hombres, por patriotas. Adornan sus respetos hacia las víctimas como si estuvieran obligados a consolarlas, ofrecen su hombro pundonoroso para que lloren sobre ellos. Poco pueden hacer ya, la explosión tremebunda ha fundido su ruido en un montón de investigaciones policíacas y crónicas históricas. Se ha impreso en nuestras páginas, en nuestra alma toda, sin que lo deseáramos. Aunque tiene su trascendencia histórico-evolutiva, el español castizo regresó hace tiempo a sus costumbres. Continuó lo suficiente sereno como para prolongar sus botellones, atender al fútbol, a los toros, a la música y a las modas que nos traen de Europa; no sabemos si con el mismo empuje que antes, algo más aletargados quizás, cada cual encomendándose a su estrella y siguiendo caminos variopintos. Se dispersan después de la muerte; guardan el debido silencio, y al cabo de unos días, vuelven a encontrarse en los cafés, como si no hubiera pasado nada. Acometen los mortales contra los noticiarios, se exaltan, zarandean las copas, insultan a los del bando contrario; a la izquierda, los izquierdos; a la derecha, los derechos. No se reparten las culpas entre ellos, prefieren echárselas unos a otros. Pugnan sobre la cifra escandalosa de doscientos muertos, esgrimiendo esas malditas lenguas al más puro estilo español. La historia de España tiene un pedazo más para ser inquirida; un pasado más para que los políticos lo manipulen a su antojo; así es la política rural de un país de carácter grotesco, en que la presunción y la fanfarria están a la orden del día. Así es España, nuestra España vetusta.

Por estos años todos han procurado investigar algo; los parásitos de sala de billar también se han metido a detectives. Todos conjeturan saberlo todo sobre el once de marzo, pero ni aún los propios asesinos lo saben. Tan bien fraguado estaba este golpe bajo que nos dejó a todos en vilo y hasta ahora no hemos conocido la verdad. ¡Oh, la verdad, la verdad! La verdad es la realidad, la existencia infinitesimal de aquellas horas, el pensamiento minúsculo que ideó aquel caos, las palabras diabólicas, escatológicas que se intercambiaron los instantes previos entre los asesinos, intelectuales o prácticos; la verdad no la sabe nadie, ninguno sabe el daño que han sembrado, casi ningún hombre podría auspiciar hoy lo venidero, sólo nuestros sucesores lo sabrán, sólo los escritores juzgarán. Los de ahora no son más que cronistas, y menos verdaderos son éstos que aquéllos, aquéllos, hombres libres en el espacio y el tiempo. Aunque no podemos asegurarlo, cabe esperar que haya algún juez inequívoco, un hombre serio y capaz, que narre los episodios cronológicos de este funesto once de marzo.

El Madrid début du siècle ya no es la misma cosa que antes; incluso, cuando el viajero se aproxima a las vías del tren, cree percibir el dolor inmenso de la lamentación, el grito apagado de centenares de almas. Los trenes, enormes máquinas que llevan y traen al transeúnte, aunque como ocurre a veces, sólo los llevan, vuelven a ser los mismos de siempre; vagones destartalados, ruinosos, no tanto por su aspecto tecnológico como por su importe espiritual. De allí emana la depresión, la derrota secular, el horror acumulado, la rabia vieja del católico castizo, la terquedad del ateo confeso, la inocencia del despistado; perdura una lágrima mística, histórica, que de cobrar vida inundaría los campos castellanos y levantaría a los viejos hidalgos de sus tumbas. Quienes no se levantarán ya serán los de Atocha; a Dios gracias, tampoco los de Leganés.

Cuando estuve la última vez, no me detuve mucho en la estación; aunque los escombros ya los habían retirado. Mi hostal, una vieja covacha propiedad de unos inmigrantes rusos, apenas distaba unas cuantas calles. La gente en los cafés parecía la misma que en las novelas, se adivinaban muchos bohemios forzosos y otros paseantes de oficio; no tenía mayor interés, la vida en la capital no había variado en las costumbres; ninguna ciudad española cambia, a menos que se derriben todos sus edificios viejos. En la Corte aún quedan algunos, y la gente los alquila o los compra, quien se lo puede permitir. Las plazas siguen teniendo ese talante satírico y monocromático, como sacadas de una postal; la tiniebla del subterráneo sigue tragándose a la gente, y en su remoto abismo, de vez en cuando pasan esas máquinas enormes. Los guitarristas acompañan el trayecto con un canto español, mientras las miradas de todos le observan indiferentemente asombrados. Tienen ganas de llorar, y no pueden; se sienten madrileños, castellanos, españoles, pero anónimos, bajo los tapujos de la modernidad. Manifiestan el agrio, doloroso sabor de la melancolía cíclica, el recuerdo, la sensación de ahogo que canjea el olor a patria. Porque en Madrid se huele a patria por todas partes, quizás por eso, después de dos años, pese a ser los mismos, es tan duro mencionar la estación de Atocha. Baraja su significado con el de la palabra muerte.
Siguiente
« Anterior