Políticamente correctos

De un tiempo a esta parte, el lenguaje ha venido complicándose en determinada lógica infinitesimal; todo aquel que se desvíe de la ortodoxia político-lingüística, atrae sobre sí incontables apelativos que no me atrevería a repetir uno por uno. Hay que andarse con cuidado, diría el español castizo, y no meter la pata; hay que decir afroamericano, que no negro; hay que hablar de “lucha armada”, en ningún caso de terrorismo; a los gordos es conveniente llamarlos obesos; a los ingenuos, filántropos; a los charlatanes, filósofos; y a los propios politicastros, patriotas sociales. Cada cual aprovecha el calificativo que mejor le parece, y forjamos así un diccionario a la carta, en que no existe la mordacidad, ni muchísimo menos, el juicio crítico. No hay más hombres malos y buenos, sólo hombres (y mujeres). No hay más minusválidos, sino personas con discapacidad. No hay ya más nacionalidades, sino naciones históricas. No hay más verdades ni mentiras, sino opiniones igualmente válidas. No hay más padres ni madres, sino progenitor A y progenitor B. No hay más religiones, sino tendencias diversas hacia el mismo Sujeto divino. Quisiera saber si es eso lo que ahora entendemos por sana imparcialidad, o es fruto de la herencia masónica europea, como ya ha afirmado algún entendido...

Todo aquel que juzga, todo aquel que intenta designar una cosa, todo aquél que es hombre y trata de emplear el buen sentido, enseguida se le calla la boca, se le acusa de querer generalizar –como si el lenguaje fuera otra cosa– se le crucifica, al fin. Luego si todos somos desiguales, si todo es voluble y está en permanente cambio, poco futuro le queda al castellano salvaje, que va cediendo bajo el imperio de la pijería galopante. Parece como si una mano suprema se empeñara en trastornar el don de la palabra, partiéndola en mil pedazos, haciéndonos creer que también ella está cautiva de las normas políticas. Con el tiempo, por ese compulsivo respeto hacia lo que se pretende englobar bajo el tapujo de solidaridad y diálogo, empezará a restringirse la libertad de expresión. Porque parece que esos dos valores son draconianos, de mucha mayor vigencia que la libertad de prensa o incluso libertad de culto. Todos los poderes totalitarios, más o menos visibles en la democracia, intentan crear una sociedad, desde su criterio, progresista y moderna. Y el lenguaje, medio regulador de masas por antonomasia, naturalmente supone una barrera que deben cortar por lo sano, incluso creando el tópico de que toda opinión personal puede ser ofensiva, y si me apuran, hasta los adornos escabrosos que se le pongan pueden interpretarse como un menoscabo de la libertad del otro.

Pero la palabra es libre, autónoma, no necesita que el hablante la corrompa; cada palabra tiene su denotación y merece el más riguroso respeto. Predomina en el aire la bruma de la libre opinión; por supuesto, toda opinión es ofensiva si existe un alto grado de dominación, si se genera una sociedad de tiquismiquis, que ve machismos y fanatismos hasta en la sopa. El fantasma del pasado crea leyes en función de nuestra herida política. Hasta la piedra de una figura histórica es ofensiva si encarna a un dictador; la historia es ofensiva, el patriotismo inocente también lo es. Se hace ignominioso y ridículo andar con pies de plomo, cuando lo natural es que las masas se rían muchas veces de sí mismas, de sus políticos, de sus costumbres, de su historia –pasado el debido tiempo– y hasta del sexo contrario, aun prodigándole un divino respeto que quienes manejan el gobierno ni siquiera podrían imaginar. Pero no es asunto de palabras que haya verdaderos fascistas, xenófobos, machistas y racistas a quienes sí se debe atacar. Hemos cogido tal prurito con los matices que por castigar al extremista sancionamos también al moderado, condenado por su inocencia, por su ignorancia de los bandazos que va dando la semántica en los últimos años. Pronto descubriremos que la sociedad ya no respira bajo el corsé del lenguaje políticamente correcto; acabaremos con los intolerantes verbales, pero no con los militantes. Eso ya es más difícil para un gobierno cuyo poder se basa en la locuacidad. Difícil no, imposible.
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