Cómo empecé a escribir ficción a los 13 años

Quisiera rescatar el recuerdo añejo de mis primeros años de escritor, si es que alguna vez las musas dieron a luz a este pequeño prosista. No rozaba apenas los catorce años, tenía todos los defectos de un cándido botarate, conservaba arcaicos idealismos, en ocasiones me desvanecía acursilado sobre mi cama y empezaba a contar las estrellas con esa sonrisa de indómito. Manejaba la pluma bastante mejor que la espada, y tenía un extraño espíritu de artista que me empujaba a escribir. Primero fue en esas pequeñas hojas a cuadros, a escondidas, buscaba la cálida luz de un flexo, y como si tal cosa, meneaba el bolígrafo con una pizca de emoción. Era un cuento policíaco, no me atrevería a denominarlo novela negra, pues nunca llegó al final. Además, se trataba de un inconcebible plagio a una historia de detectives como suplemento de un curso de alemán, que vendían en los quioscos en formato cassete. Mi hermana era la que aprendía alemán; yo a esa edad no hubiese consentido en ello, ella me traducía. Admirado de su calidad teatral, de la embriagante intriga combinada con los efectos sonoros, veía aparecer en mi mente esas largas calles neoyorquinas, acompañadas de sombras y peligros, esos metros subterráneos que siempre deparan algún crimen. Aquellas imágenes negras, peliculeras, no podían evadirse de mi mente; era necesario plasmarlas. Pero como mi cabeza menuda no podía recordar toda la historia, ¡oh feliz desmemoria!, me ofrecí en cuerpo y alma a la afición fructifica de escribir historias. Historias que nunca tuvieron fin.

No crea el lector que ese es el origen de mi presunta devoción por la literatura; hay otras causas, si me apura mayores que esa. A mi tío, operario en la fábrica de cola, le habían dado ansias de escribir. Ya las tenía de hace tiempo, pero mi joven intelecto no había reparado en esos detalles. Un día dejó que cayera en mis manos uno de sus prolijos, melodiosos cuentos históricos que no dicen nada; testigo de aquel recreo místico que lo entretenía en las lecturas, se me pegó el odioso lenguaje de mi tío, y hasta hoy creo no haberme librado del todo de su influjo. Quizás sólo fuera el lenguaje retórico de mi pariente lo que me llamaba la atención; las tramas que contaba eran soberanamente aburridas en comparación con las novelas de Verne y Dumas, los predilectos de mi adolescencia. Pero lo cierto es que aquel fue el muelle para que si alguna vez descubría algo ilustre por lo que interesarme, lo traspasara al papel y no lo dejara marchar. Eso hacía, y acumulaba un sin fin de cuartillas e impresos que el tiempo fue perdiendo poco a poco, o yo mismo me preocupé en perderlas. Escribí mamarrachadas, naderías, poemas silvestres, sin encontrar nunca el punto flaco de unas letras que se me antojaban rebeldes. Jugué cuanto quise, hasta que el día señalado cayó una enciclopedia en mis manos. ¡Una enciclopedia! El tosco muchacho, devorador de libros por antonomasia, había encontrado un pez demasiado gordo. Me entretuve en sacar personajes históricos, estudiar sus minúsculas biografías, entresacar datos generales, y con aquello contentaba mi espíritu; para mí descubrir un libro en los anaqueles de mi tío era como contemplar un monumento. Me pasaba horas mirándolo, y a escondidas, siempre a escondidas; me subía a la silla y entreabría jubiloso sus páginas. Libros de historia, biografías, ensayos, monarcas españoles que me perseguían, ministros que me rondaban el cerebro, privados que me enamoraban, nobles admirables, bufones grotescos, pintores de cámara, pajes asustados, criadillos pícaros; aquellos personajes velazqueños eran el paisaje que deleitaba mi vista, la esencia aparatosa de La Reine Margot. Todo lo rancio me parecía sublime: las iglesias derruidas, las escalinatas, las rejas de los conventos, los campanarios; tenían para mí un viso de superioridad que me enajenaba. Me vencía. La vida real no tenía más emoción que aquellas peripecias de espadachines y rufianes del oscuro barroco. De buena gana habría abandonado el mundo para convertirme en uno de los héroes de las novelas cervantinas. Como Unamuno, también yo era siervo de nuestro Señor don Quijote.

Pero llegó esa época en que a uno lo fuerzan a vivir, y me pilló de improviso; yo andaba entonces por otros mundos. Como no me quedara más remedio, tuve que integrarme en el insano claustro de las letras, y escuchar las cursilerías de los profesores. Había por entonces en el instituto -al que yo estaba recién llegado- mucho ruido, y gansadas y payasadas para dar y vender. A parte de que yo tenía mis propias y supongo que comunes fantasías impúberes, lo cual no quita que yo fuese niño como los demás. Seguía, no obstante, leyendo todo lo que podía, y lo que no podía, pues también a veces quería perpetrar en senderos muy complicados. No quitaba eso que a mis quince años mostrara una predilección particular por Bécquer, y que pronto dejase al postromántico para sentir fascinación por la narrativa española, Clarín y Galdós, especialmente, y luego algunos noventayochistas. Los clásicos no fueron tanto un placer, más bien un compromiso particular, a excepción de Quevedo, al que leía de buena gana. Descubrí yo por aquél entonces que había pasado el tiempo a mi alrededor, mientras mi intelecto no había querido desviar los ojos de su lectura. Nunca me interesó hacerlo, la verdad. Creía yo entonces en la literatura como un medio de fuga, que es lo que tanto ensalzaban los románticos; y como además yo era muy temperamental, muy impulsivo, se me antojó identificarme con esa rama de exaltados suicidas. Al principio no me burlaba de ellos, creía a pies juntillas toda la parafernalia sentimental que pone al mundo terreno al nivel de las lombrices. Pero al cabo del tiempo, como le sucede a todo romántico sobreviviente, se entrega uno a los paseos bohemios, al monólogo estrafalario, al humor existencialista y unamuniano. La vida no es sueño, sino tragicomedia. Interpretaba yo un papel en el tablado, y yo mismo me aplaudía desde el público. Fue entonces, sólo entonces, cuando mi pensamiento anda más o menos enturbiado, aunque pacífico, se me ocurrió escribir en serio. Ya había publicado antes unas cuantas chácharas sentimentales en antiguos portales de la red; me habían hecho sesudas críticas, sin embargo, nada distaba de la mayoría. Yo engrosaba también las páginas de poesía barata y prosa entrecomillada.

Entre muchos papelorios, documentos y pasquines, adiviné cierta afinidad hacia el género periodístico. Mis vagancias literarias habían terminado –miento, aún continúan–. Comencé por entonces, que no hace más de un año, a leer periódicos y ver telediarios. Aunque a veces pareciese que veía los periódicos y leía los telediarios. Acumulé muchas noticias en mi atribulada sesera, y a modo de otra forma de huída, emprendí la labor de crítico escatológico. Desvié mis ojos de los libros a la realidad grotesca. Puede que el maestro Leopoldo Alas tuviera algo que ver en eso. Mis primeros pasos fueron, por supuesto, fluctuantes; yo no tenía una opinión formada acerca de nada, sólo tenía el pensamiento apalabrado con unos debates juveniles a los que asistía. Debates en que el moderador, padre de uno de los contertulios, dirigía el cotarro como le venía en gana, tergiversando y demagogiando la honesta realidad para que todo encajara en sus entendederas. Las opiniones contrarias eran sesgadas debidamente... Se disolvió al final la tertulia, nos dispersamos los contertulios, y yo ya tenía más o menos un pensamiento formado. No por adoctrinamiento de aquellas disputas elocuentes; más bien se produjo en mí el efecto contrario. Ya me repugnaba el relativismo, el subjetivismo férreo y sistemático al que me tenían sometido. Se dibujó en mí la mirada crítica, y pícara; comencé a interesarme al cabo por los asuntos contemporáneos, por las mentiras profundas de la política española, por las costumbres prosaicas y esperpénticas del hombre común, por los jóvenes pudibundos y los profanos, la bobería general de unos individuos más proclives al placer hedonista que a la costumbre sacra del estudio. Nadie les obliga a canjear sus costumbres, sino a fabricarlas conforme a sus deseos propios. Los deseos propios, no los prestados, son los que forjan al individuo, al escritor tozudo.

Observe el lector la inmadurez de este breve escrito autobiográfico; mire que no deja de pasar el tiempo, y sin embargo, he de hablar sobre mí mismo para recordarme. ¡Oh insano placer de la nostalgia! Separa mucho de la omnisciencia ese interés mío por satisfacer el ego. Es humillante tantas letras malgastadas para venir a parar en esta irrefutable tesis: ando como levemente mareado de tantos tumbos retóricos, esos adjetivos que me hacen indefinible, esas bajas costumbres que me hacen volver a desear el calor de una biblioteca, el aliento digno de la soledad, la sombra incipiente de un libro. No queda más que volver sobre los pasos dados, ahondar en las viejas usanzas para recaer de nuevo en la impersonalidad, en la omnisciencia terrena. Ese afán de objetividad que tan poco buscan los que están tan aferrados a los objetos de que no se separan.
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