Sinfonía del llanto

Se escuchaba al rayar el crepúsculo una triste, melodiosa lamentación, que conmovía las paredes. Por supuesto, el llanto provenía de una mujer; sus lágrimas aún eran jóvenes, y sin embargo tan expertas y eficaces que traspasaban la mente hasta incrustarse en las entrañas de un hombre duro. La razón de tan bella endecha no correspondía a motivos inherentes a la vida conyugal; la joven gimiente no estaba casada, ni tenía amoríos. Lloraba entre almohadas, pero como si lo hiciera entre abrojos; pronunciaba palabras innombrables a modo de delicioso plañido. Se dijera que de pronto iba a confundirse su delgado cuerpo con el cojín florido sobre el cual lloraba; y sin embargo se retorcía, se resistía con rabia, repelida, como si en el instante de ese clamor sacro hubiera observado cosas que no nos es dado a los mortales contemplar. Ninguno de nosotros, pobres hombres de mundo y prosaicos, esclavos de la materia, cautivos del ensueño, hubiéramos podido comprender aquellas palabras altísonas. Si hubiera levantado la cabeza, y con cierto disimulo hubiéramos procurado penetrar en sus ojos, difícilmente habríamos llegado a atravesar su retina para vislumbrar eso que los filósofos llaman el alma.

Aquellos gimoteos eran terribles, inextricables; a primera vista transmitían el deliquio fruto del lloro, contagiaban un insondable deseo de gritar. Todos los que hubieran visto la escena habrían sentido tales síntomas, sin saber por qué. A ciencia cierta, la muchacha gozaba de buena salud; no había más que ver el rosado de sus pómulos, el delicado influjo de lozanía que desvelan sus pestañas, la elegante caída de sus cabellos bajo la espalda inclinada. Tampoco nos habríamos imaginado que aquellas lágrimas se debieran a la muerte de un ser querido; en su familia, hombres y mujeres, estaban intactos. Nadie la había golpeado, ni reñido; no tenía a todas luces amistad que pudiese engendrar tales disgustos. No había razón para llorar, pero bien que la moza se deshacía en aullidos. Si nos esforzamos, podríamos nosotros, pobres hombres de mundo y prosaicos, atribuir tal desencanto a una pena metafísica, a un desengaño existencial, al viejo estilo unamuniano; aunque aquello hubiera supuesto un giro enorme en nuestra visión simplista de la mujer, o como quien dijera, de nuestro propio espejo. Podría si no deberse a que ha fracasado en sus cálculos sobre algún asunto importante, a que se estropearon sus proyectos; no sería extraño, pues siendo una persona joven, está expuesta a llorar por la más mínima contrariedad, a quejarse del tono de las palabras que le dirigen sus padres, inocentes y pobres padres, tan prosaicos y ramplones como todos los hombres de mundo. Al cabo serán trastornos mujeriles, necedades de poca trascendencia, lloros del mocerío, voces discordantes de una edad intelectualmente infructuosa.

No obstante, nosotros, pobres hombres de mundo y prosaicos, observamos que el trastorno se prolonga. Se convierte en un insustancial misterio, en efecto, un asunto de poco fuelle, pero que nos incomoda. Esa mujer llora, gime, maldice; es imposible que podamos concentrarnos, nos invade la curiosidad. No puede ser ya una pasión juvenil, y la pena metafísica nos trae meditabundos; quisiéramos preguntarle, pero por temor a interrumpir su sinfonía, nos quedamos mudos. Hubiéramos charlado largo y tendido sobre esa desgracia que la corroe, habríamos investigado las causas alrededor de una mesa, y utilizando la razón y el sentido común, habríamos puesto fin a tan indecoroso llanto. Habríamos tenido la fiesta en paz. Y sin embargo, no nos atrevemos. Tampoco desearía que departiéramos sobre palabras en presencia de ella; detesta la filosofía, y en especial el existencialismo. La política también le irrita, la economía la vuelve loca, y muchas otras conversaciones trascendentes, en sus horas de silencio, le hacen desviar su mirada distraída. A la fuerza, hemos de renunciar al intelectualismo y el sentido común para corregir esos desarreglos emocionales. Hemos, pues, de buscar otra salida.

¡Qué escondes, mujer, en tan quejumbroso gemido! ¡Qué diablos nos quieres decir a nosotros! Nos obligas a abandonar este caso sin precedentes, a entregarnos a los prejuicios. Nos retiramos un tanto inquietos, todavía molestos por el llanto ensordecedor; hablamos de nuestras cosas, como buenos machistas, hacemos nuestras chanzas y alimentamos nuestra mente de retorcidas manías. Cada cual pronuncia su veredicto personal, y guardamos para nosotros una opinión subjetiva de ese ser hermoso que llora y se desdice, sin decir apenas nada. Mas, ¡oh sorpresa nuestra!, hallamos no lejos de esta joven un robusto muchacho, de apariencia noble, que gime con mayor gana aún que la mujer. Es un ridículo espectáculo que los luchadores padecen como una tortura. No tienen escrúpulos en contemplar ríos de sangre fluyendo a sus pies, pero su temperamento cambia cuando, en vez de sangre, fluyen hombrunas lágrimas. Si no tiene definición el llanto de la mujer y genera tantísimos prejuicios hacia su sexo, mucho peor será para el hombre que llora sin motivo aparente. Este muchacho tampoco tiene amoríos, lo conocemos de buena tinta; siempre ha sido un individuo amargado, de mala sangre, con un gusto terriblemente melancólico y de no muy buenos modales. Siendo joven, tampoco podemos atribuir sus angustias a una causa trascendente, así que no imaginamos qué mal podrá acometerle. En rigor, un hombre joven, alto y fuerte, inteligente y sano, no debe de tener muchos problemas; y si los tiene, tal vez sea que no es tan inteligente. Poco puede importarnos un hombre que no sufre las afrentas como un caballero y se echa a llorar como un trivial chiquillo; presume de altura de pensamientos, y luego se rinde al primer berrinche de la vida. Ridículo, degradante. No tiene punto de comparación con la joven gimiente. En vano lloran quienes gozan de buena salud, tienen cuenta corriente, se les costea sus estudios, viven en un país democrático, ¡ay de ellos si hubieran nacido en el Congo Belga y no tuvieran pan que llevarse a la boca! Un muchacho en tal estado sería extrañísimo que no llorase, más aún, sería una injusticia, casi un sacrilegio. Un hombre y una mujer pobres deben derramar lágrimas. Pero no estos locos, estos tipos novelescos, señeros comediantes de una realidad privada.

Nos encontramos con que el mundo sigue funcionando, a pesar de ellos; la máquina de la política sigue haciendo sus efectos, las leyes de la oferta y la demanda tampoco se alteran. Tenemos lugar para ellos en esta comedia, aunque nos den muchos quebraderos de cabeza. Siempre hay un rincón para ellos en el mundo ruinoso de las letras, donde la razón y el sentido común están de más, pero en que la desesperación extrema es una virtud insuperable. No importa, son locos, pero los toleramos; todos tienen su sitio. Y sin embargo, poco deseo tenemos nosotros, los hombres de mundo y prosaicos, que siga militando gente de tal suerte rocambolesca y especial; cuando antes desaparezca esa lacra, tanto mejor. Quienes en esta época aún tienen sentimientos y se jactan de conservar principios o son unos necios o su prurito tiene muy poco que esperar. El mundo seguirá avanzando pese a ellos, y las más veces, habrá de llevárselos por delante. No hay tiempo para lágrimas, ni para escarnios, ni para pesimismos. Tantos pesimismos hemos vivido a lo largo de la Historia que nos hemos dado cuenta de que no son casi nada rentables. Luce más el Siglo de las luces, la revolución científica e informática, la era de las telecomunicaciones y las armas de destrucción masiva. El lenguaje políticamente correcto rige las reglas de la sociedad, para que no desvariemos en nuestro éxtasis carpediemiano y puedan todos conservar más o menos el inicuo capricho de sus mentes. Pero los pesimistas, los alarmistas, los que lloran, poco sitio tienen; hemos de ser positivos a la larga, ser como deseamos ser.

¡Grande y bella culminación de la rama intelectual, Siglo XXI, era de la posmodernidad, gloria y distinción del paradigma humano! Si alguien viniera a visitarnos -uno de esos extraterrestres liliputienses que nos aguardan en el futuro de nuestra voluntad evolucionista- no se encontraría en mayoría con esos bejines vetustos, anacrónicos, que sienten fruición en la sinfonía del lloro, sino a enormes y fríos intelectuales, cultivadores de la causa humana, casi destructores de la insatisfacción existencial, pero en suma despeinados liberales que tratan de hilvanar todas las incoherencias del hombre racional. Y sin embargo, a dos pasos que den por esta sociedad, dos o tres rincones en que claven la mirada, escucharán, aunque latentes, esos gemidos indecibles del humano errante, verán a esa joven que solloza entre almohadas, a ese otro muchacho entregado al lloriqueo infantil. La razón de estas tradiciones melódicas, el culto al llanto, la poesía de la súplica, no tiene mayor precedente. Nosotros, hombres de mundo y prosaicos, hemos de aceptarlo; nos persigue una música existencial, una lágrima abundante y secreta se dibuja en nuestros ojos. A cada paso que da la Historia, la lágrima se desprende como una catarata y un novelista describe la escena. Lo hizo Chateaubriand ante el cambio de siglo, al igual que Unamuno encarnó la voz grave de un comentarista histórico. La sinfonía no ha dejado de sonar, pese a nuestra persistencia en extinguirlo; cuanto más agachamos la cabeza y negamos lo fatal, más desengaños nos depara la vida y de suerte más grimosa se manifiestan. No hay nada peor que olvidar que se conoce algo; una sucesión de desgracias nos relega al olvido, a la negación, a la expansión engañosa e infructuosa del desencanto.

La máquina anda cada año más escacharrada; no la máquina biológica, que también, sino la ideológica; prepara sus últimos decálogos, su testamento, aunque reflejando la manera más falaz y a la vez más enfática de perecer; sucumbir aferrado al trono. Sus síntomas lo revelan esos individuos extraños que lloran, pero también la extravagancia de pensamientos que ha brotado a raíz de las circunstancias históricas. Qué ciega negación de nuestra finalidad, siempre vedada a las mentes satisfechas y orgullosas. Pero hay sazones en que el alma, consciente de su propia pequeñez, incapaz de expresar sus impresiones con palabras, se ve volcada al recuerdo y al sollozo eterno. Destruye los viejos esquemas, olvida los ridículos amagos de escalar la cima. El alma se vuelve una filósofa empírica, busca en el llanto la causa esencial de sus penurias, de la trama existencial. Descubre entonces que ese camino protervo, vilipendiado las más veces por los pensadores farisaicos, tiene sus fuentes de sabiduría al igual que sus peligros. Para un jeremías experimentado éstos apenas tienen vigencia. Deja su mente en blanco y escribe sobre ella. Olvida cómo se habla para darse a la escritura parnasiana. Compone, sólo entonces, la sinfonía del llanto, síntesis de la existencia y definición rigurosas del mundo. Una sinfonía tan vieja como la vida misma, como la propia tierra.
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