A un viejo soldado

Tú que estás en el cuerpo encarcelado,
tú que malvives prisionero del tiempo,
mira no te conviertas en estatua salada,
no te vuelvas como esos muros de piedra,
que no ven, ni aman, ni cantan,
cuyos ojos esconden tantas leyendas
y esperan silentes a que alguien los adore.

Tú que caminas con delirios de soldado,
que cabalgas arcano entre las huestes,
y compones versos para tu amada diosa
no dejes que el placer de las batallas
ahogue en ti las costumbres vetustas,
borre de tu memoria las agrias soledades.

Tú que con valor empuñas la espada,
por voluntad del destino amargado y solo,
rescata un instante entre duelo y duelo,
para dar un respiro a tu corazón errante,
perderte entre los caseríos y las huertas,
encontrar por fortuna alguna amante,
y puedas mañana con amor gritar a la luna.

Tú que llevas en tu cuerpo las miserias,
pero por tu triste alma te llamas aristócrata,
deja tus frustraciones un instante,
arroja de tu alma esos venablos prosaicos,
compón a la caída de tu crepúsculo
un poema estrafalario que nos abrigue,
y nos haga evocar nuestros hogares.

Tú que haces brotar de los muros las palabras
y derribas las columnas al son de tus tambores
detén hasta mañana el pillaje acostumbrado,
aviva la melancolía que ofrece el silencio,
no sea que esclavo de los tiempos malos,
cambies a la postre el verso por la prosa.

Tú que haces igualmente el amor y la guerra,
deja tus armas de pasión ensangrentadas,
aléjate de las murallas inveteradas,
pues es menester te arranques hoy el alma,
antes que venga otro mañana y te la quite.
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