Demasiados quijotes. Cuando los niños quisimos conquistar el poder

Dicen las almas hambrientas de sensacionalismo que esto ya raya la hecatombe, que es muy fuerte, tremendo, casi asqueroso. Defienden, desde la más pura tosquedad mental, la tesis de una profesora frente a la Dirección. Desde el principio creyeron a pies juntillas sus indignaciones, se sintieron denostados por los altos cargos del instituto, se pusieron felices, presas del latente enfado, y hallaron oportunidad para demostrar su legítima pasión de odio hacia el poder. Puede que las razones que enfrentaran a la directora de la revista con la directora del instituto, un malentendido entre dos mujeres beligerantes, resultaran superfluas. Aún así, teníamos el avieso deseo de molestar a alguien, pues los más de nosotros tenemos algo de nihilistas y las más veces intentamos luchar contra un poder corrosivo y abstracto. No importa quiénes sean, ellos mandan, nosotros obedecemos; ellos son ricos, nosotros pobres; ellos dirigen la fábrica educativa -¿o debiera decir de ignorancia?-, nosotros somos unos pobres obreros, cuyos ojos no pueden más de tanto estudiar, cuyas piernas ya flaquean después de tanto ajetreo fortuito, tanta precariedad colegial, tanta anarquía trascendental. Eso dice el mito de la sociedad quijotesca, y trae lo que trae. Ellos eran esos gigantes contra los que se nos antojaba luchar, a nosotros, esclavos de la demencia, pues siempre nos enseñaron a reivindicar, tuviéramos o no tuviéramos razón. Los molinos nos contemplaban admirados, moviendo sus aspas al viento. De pronto, como ya señaló un conocido parásito de librería, nos volvimos quijotes y arremetimos contra ellos. Es cierto, en España hay muchos quijotes, pero iletrados. Somos locos por necesidad, por borreguismo quizás, no por amor al arte. Eso es otra cosa.

Que sí, que tenemos razón, pero en este caso salirnos con la nuestra no deja de ser una chiquillada; no estamos luchando contra nadie, son molinos. Los unos, por malos culpables, los otros, por malos inocentes; al cabo, tal vez triunfe la democracia, la libertad de muchos beligerantes obsesivos, y la de muchos falsos neutrales. Es el sentido común lo que vence a la estúpida burocracia, a las ganas de complicación y consecuente crítica despectiva. Nadie se ha salido con la suya, todos contentos, todos descontentos, todos han ganado, todos han perdido. Lo que nosotros hubiéramos anhelado es que la directiva se bajara los pantalones, o agachara la cabeza para que pasásemos por encima de ella; lo que ellos hubieran querido es que les hubiésemos dado la razón, que la coordinadora del grupo reconociera que nos manipulaba y que nosotros no somos más que unos pobres ignorantes, aunque con mucho futuro. Felicitaciones para ambos, ya acabaron los dimes y diretes, pero los quijotes no despertamos de nuestro ensueño. Algún encantador maligno ha tornado nuestra gloria en una simple disputa, sin vencedores ni vencidos. No ha de hablarse más, no vamos a dar otra vuelta de tuerca, sería una majadería seguir insistiendo por puro vicio en que el adversario se pusiera de rodillas y aceptara, pese a la realidad, que somos auténticos caballeros andantes.

Nos vamos a casa algo resentidos, confiados en que teníamos razón, en que la directiva ha mentido desde el principio, porque creemos en el mito del falaz autócrata. A nadie le remuerde ahora la conciencia; hemos creado algo donde no había nada, nos hemos implicado en un juego de crispaciones inconexas, cuyo inevitable fin viene a dar en una única palabra: burocracia. La proverbial burocracia española ha dado lugar a una serie de malentendidos, creando una evolución cronológica en unos cuantos hechos que de no haberse situado en este contexto habrían pasado desapercibidos. Una llave, unas palabras más o menos, unos enfados, unos papeles que rondan de acá para allá, unas declaraciones que se tergiversan, que se niegan más tarde, necedades que por supuesto merecen la exageración de nuestra pluma, incluso, la hipérbole, para que en lo sucesivo los proyectos y papeles, esas largas que se van dando unos a otros, no vuelvan nunca a tomarse como cosa prolija. La solicitud soluciona multitud de malentendidos, pero cuando no la hay, éstos se caricaturizan, se cacarean, para que precisamente no vuelvan a ocurrir. A eso se llama sacar las cosas de quicio, pensarán los lectores, pero es la única forma de que la directiva de un centro preste el cuidado que merece algo tan necesario como un órgano de libre expresión. Al diablo las excusas; el drama recae en la somnolencia de los burócratas y, debemos reconocerlo, en la conflagración de los estudiantes.

¿Qué hará ahora un grupo de gacetilleros en pie de guerra? La directiva ha sido diana forzosa, ha cumplido, pues, su misión. No faltarán ocasiones en el mundo para que encontremos algo más que malentendidos, quiero decir, mentirosos de verdad que ganen el trato justiciero de nuestros artículos. Pero nos hemos ensañado, entre tanto, con meros funcionarios de sillón, que al igual que los alumnos quijotescos, lo son por necesidad, no por oficio. Entre quijotes y burócratas, hemos representado una comedia interesante que refleja lo que hallaremos ahí fuera: engaños, despotismos, corrupción, y un largo etcétera, cuyos verdaderos ejecutores ya no son mitos ni fábulas. Son gigantes de verdad. Y ésos maquinan, y esos engañan, y los más radicales, hasta matan. El campo de batalla está ahí fuera. Y ahí fuera ya no quedan estudiantes ingenuos, sino tipos astutos y demagogos. Ya sé que no son todos, los tiempos nos obligan a añadir este matiz. Pero también añado: por lo que se ve desde mi poltrona, son muchos, de izquierdas y de derechas. El que más y el que menos miente alguna vez, pocas veces sin saberlo, aunque predomine sin embargo ese aire utópico del que está impregnada gran parte de la sociedad. Casi siempre se pasa página, y el partido en cuestión se renueva. No dejan de ser falaces, sin embargo; la verdad cae por su propio peso, pese a que las circunstancias les obliguen muchas veces a engañarse a sí mismos para engañarnos a nosotros.

Ya sólo nos queda vaciar nuestra cabeza de pájaros, y a la directiva, ser en lo sucesivo más cooperante; así se arregla todo. A don Alonso Quijano le toca recuperar la cordura, desengañarse de las injusticias del pasado como si se siguieran viviendo en el presente. Era feliz, sin embargo, con sus ideales, igual que nosotros; pero pobre de los contemporáneos de un quijote feliz, y peor aún cuando aparecen muchos quijotes felices. ¡Cómo ponerlos de acuerdo! Si el mundo entero estuviera loco, como dicen, no subsistiría, aunque tampoco habría ausencia de felicidad. Cada cual crearía el mundo que mejor le pareciese, aun en perjuicio de otros, tratando a esta tierra como un forzoso escenario de su locura. Ya hay algunos idealistas que lo han hecho, esclavos de su irrealidad, y los tratamos de locos, como es lógico. Aunque la gran mayoría tiene sus ideales, sus locuras existenciales, más o menos cerca de la realidad. El loco que más se acerca a la verdad es el que llevará la razón de su lado, pero ese género de locos sólo puede partir de un ingenuo desengañado, de un idealista. En el mundo todos somos quijotes –algunos con mejor gusto que otros–, sólo que unos están en el poder y otros lo combaten. Esa es la problemática. Demasiados quijotes.
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