En busca de libros viejos por las ferias del libro

No hace mucho tiempo me pasé por una feria de esas donde venden libros viejos y acuden los jovenzuelos escasos de dinero a empeñar los mamotretos de sus padres. Encontré por casualidad en un tienducho un ejemplar de Tristán, de Armando Palacio Valdés, del que yo me había enterado hacía poco compartió piso con Clarín en Madrid y publicaron juntos la revista Rabagás.

El libro tenía sus páginas amarillentas, biliosas, por haber pasado de mano en mano; lo cogí en mis manos y vi que la edición databa de mil novecientos veintidós. Era un ejemplar, si no único -porque se habían editado muchos y en muchas lenguas- sí una reliquia de las que no se encuentran a diario y no pueden ir todos los días a besarse, a abrazarse y a rogarles que realicen curaciones milagrosas a cambio de heroicas promesas.

El tipo que los vendía, un hombre alto y con gafas, de no muy buena estofa, me observó con ojos desconfiados al preguntarle el precio. Se movía de un lado para otro como si alguien lo persiguiese, cuando apenas se acercaban a su puesto dos o tres clientes silenciosos. De cuando en cuando hablaba por móvil, soltaba algún taco, algún juramento ordinario, luego continuaba paseando e iba de un lado a otro.

Yo aún andaba deslumbrado por el amarillento tomo de Tristán, que ni portada de cartón tenía, y tan pronto como la acariciaba y lo tomaba entre mis manos parecía que fuese a deshacerse. Leí que bajo el rótulo rezaba la dirección de la librería: Librería de Victoriano Suárez, Preciados, número 48. ¡Aquella librería, aquella librería! En mi vida había leído tal nombre, pero bien que me divirtió la insignia vetusta que rememoraba el viejo Madrid, la sempiterna y rancia capital de las Españas. El libro oía a polvo, a polvo viejo, a historia rutilante de mi añorado siglo veinte, ese del que tan sólo pude vivir la clausura pero que me privaron de ver nacer.

Yo quería comprar el libro, pero el hombre, el vendedor de libros viejos, se resistía a que le preguntasen. Me registré los bolsillos, pero no quedaba ni un billete, ni una moneda en metálico con que dejar algo a cuenta al librero. Quedé un instante observando el libro, dándole mi adiós, y observé que cerca de él había otro no muy desigual en el aspecto y en la edad. Era Santa Rogelia, del mismo autor, el tomo XXII de sus obras completas. Éste era algo más joven, del 39, pero lo suficiente para que mis ojos pardos se cerrasen presos del aroma embriagante que exhalaban. No obstante, pasé de aquel puesto, seguí mirando los otros, pues no tardarían en cerrar.

Estaba ya oscuro, y lloviznaba débilmente. Los libreros comenzaban a cerrar las puertas de sus pequeños chiringuitos, a meter los cachivaches y los libros en las cajas y a contarse los chistes que les habían sucedido durante la jornada. Yo me prometí que pasaría al día siguiente, con más dinero en mis bolsillos, para adquirir mis dos ejemplares deseados, mis dos perlas literarias del pasado siglo.

Y en efecto, pasé al día siguiente. El día estaba claro, terriblemente marcado por un sol violento. Yo llegué a la tienda a eso de las nueve, con un billete de veinte euros en mis manos, y metiendo las narices entre la gente, procuraba ver cuál era la tienda en que vi los libros que habían de ser míos, y que ya lo eran en mi mente. Descubrí la misma tienda, vacía de parásitos, sobones y curiosos; allí estaba el hombre alto y con gafas, y se acordó de mi cara. Yo tampoco pude olvidar la suya... ¡cómo olvidarla! Allí estaban mis dos ejemplares, mis reliquias, esperándome.

No me detuve en más preámbulos, atrapé los libros y le entregué el billete al vendedor. El repulsivo librero me dio las vueltas y me dio un elocuente gracias que un mendigo no hubiera sabido pronunciar mejor. Me molestó aquella gratitud materialista y grosera; el hombre me agradecía que le privase de dos valiosas alhajas, de dos milagros que los hados habían guardado para mí, y agarrando el dinero con sus manos, creía que era justo el cambio.

¡Qué hombre de mi época habría de pagar por un par de libros viejos, en apariencia olvidados y carcomidos por los ratones! Algún cazurro, algún tronado coleccionista, pero ninguno de esos ciudadanos que vienen a la feria a cumplir con el día, o la semana, del libro. Pero él no esperaba que yo, un joven, enseña del hedonismo y la incultura humanas, fuera a adquirir, o a hurtar, aquellos dos inmortales preseas. Por aquello no se daban las gracias, antes un hombre de su estatura, en el siglo pasado, habría lamentado tener que separarse de ellas, habría llorado y chantajeado su precio. Pero aquél hombre grosero y bohemio, aquél librero sin escrúpulos, que por su rostro se adivinaba no había leído ni la mitad de sus libros, tuvo la elocuente y educadísima pasión de agradecerme la compra, incluso con cacareado tono y desconcertante gracias.

Me fui con mis dos libros, escondidos en una bolsa, pero mi diversión aún no había concluido. Llevaba en mi pecho guardado una especie de antipático optimismo que me condujo a las más frecuentadas tiendas de libros de Alicante. Tenía en mi bolsillo una nota con las referencias de tres o cuatro libros de mi interés, libros que no había logrado encontrar en las librerías de antiguo y que por supuesto no encontraría en las más concurridas. Pero aquella mañana tenía el persistente deseo de dejar mi huella en todas ellas, de preguntar, de investigar, de conocer hasta el último extremo literario de la vida cultural alicantina. Sabía que había de poner en un compromiso a más de un empleado novato de los grandes almacenes, pero mis lagunas de optimismo aún no se habían disipado. Tenía la costumbre de vagar por las bibliotecas y las librerías sin hacer ningún ruido, sin formular a nadie ninguna pregunta, permaneciendo extraño al murmullo borreguil de los mortales y al interés comercial con que los dependientes hacen las alabanzas de libros que no han leído. Ahora había llegado el momento de vengarme de aquel silencio atroz que me había dejado en el más oscuro anonimato. Escogí la librería 80 mundos como primera víctima de mis preguntas escogidas. Me quité las gafas negras y me acerqué al único dependiente que había. La librería estaba vacía. Le pregunté si tenía aquellos libros, mientras ponía la lista delante de sus ojos. El agudo empleado, un cuarentón acostumbrado a resolver las reiterativas dudas que tienen sus clientes sobre los best-sellers, examinó la lista con excesiva impaciencia, queriendo restaurar pronto el silencio negligente en el perímetro libresco y cultural. Escribió los títulos en su ordenador, el único anacronismo entre aquellos libros. Primero puso Tomás Tuero (la leyenda de un periodista), una biografía acerca del tercer socio de la revista Rabagás. No estaba tal libro en su base de datos. Escribió el autor, pero nada. Probó también con los otros dos libros, el Gil Blas, de Alain-René Lesage, y la novela Decidnos, ¿quién mató al conde?, del conocido Néstor Luján. Nada. Aquellos libros eran desconocidos, no estaban, no tenían editorial, no estaban en su base de datos. «¡Bases de datos! ¡Qué diablo!», pensé. Me fui aparentemente resignado; quedó el hombre ligeramente acalorado por no haber conseguido hallar ni un solo libro de los tres. Cuando salí a la puerta, me volví a poner las gafas negras. Sonreí.

El próximo objetivo sería la librería del Fnac, conocidísimos grandes almacenes que entre sus productos albergan toda suerte de libros raros. Sus estanterías laberínticas y empinadas habían sido otras veces objeto de mis pesquisas, pero aquella vez no iba ser yo quien buscase. El ocioso dependiente, un joven al parecer enamorado de los ordenadores, me aguardaba al final del pasillo. Me dirigí hacia él con la famosa lista entre mis manos, lo saludé, le alargué la lista y le hice la pregunta de rigor. Otra vez la religiosa costumbre de buscar en la base de datos, pero no había ninguno de los tres. No sólo no estaba, sino que jamás habían tenido tales libros en sus estanterías. Obviamente, aquellos títulos extraños excedían al interés de sus habituales clientes best-selleristas. A lo más algún lector despistado había pasado por allí requiriendo algún ejemplar por el estilo, uno de esos que llevan a cuatro librerías y bibliotecas de España por ser en extremo rigurosos. Pero, seguramente, saldría tan pronto como entró. Es conocido ya el hecho de que cuando se trae algún libro cerebrado a las salas de libros, tan pronto se sabe que ha llegado como desaparece. Las grandes cadenas de librerías no están preparadas para tanto y tanto intelectual. Esperan a la gente, a los salarios jugosos, a los lectores de metro, a los escritores cuyo nombre escuchamos a menudo pero que normalmente les son indiferentes a los genios de la calidad de Vargas Llosa.

Por último, ya convencido de que mi tesis estaba confirmada por la experiencia, me dirigí a las peores librerías de la ciudad: El Corte Inglés. Su rinconcito intelectual en la planta baja no deja de ser acogedor, su cafetería a la mano derecha añade cafeína a las letras y la sala de música clásica, al fondo de la planta baja, es ya la guinda del local. Pero vasto campiña para tan escasos bueyes, pues allí todo lo más se va por la cafetería, por la música si me apuran, por algunas secciones de librería destinadas al ocultismo, a la informática, al bricolaje, y por supuesto por los best-sellers que ni siquiera necesitan sección, sino que conforme llegan se colocan en una mesa para hacer más rápida su venta. Allí, sobre todo, es donde están apiñados los lectores, el raso color de las cubiertas rutilantes arrebata sus ojos y les induce a llevar la mano a sus bolsillos. El misterio, las intrigas, la religión, los trapos sucios, las corruptelas, la ficción convertida en historia, las críticas benéficas y las infecundas encuadernaciones que escriben los famosos de la tele. Eso hace notable mella en las gentes, y los entendidos lo saben. Preparan, pues, a sus dependientas, para sonreír y pasar el libro por el ordenador, para dar aún más encopetadas gracias por la visita del cliente.

Llegué yo, pues, allí, con mi lista en la mano. Me acerqué a una delgada señorita de pelo rubio que colaba libros en una mesa, le enseñé mi lista y nos dirigimos al mostrador. Buscó los libros, no estaban, llamó a su compañera, le dio cuatro consejos de búsqueda, pero la baldía base de datos no sabía más que las que la manejaban. Convirtieron mi petición de búsqueda en asunto de Estado, y como no pudieron darme las gracias por mi compra, se limitaron a sentir que no hubiese encontrado lo que deseaba. Poco cabe esperar de una librería donde la literatura clásica cada vez anda más escondida y proliferan por doquier grandes mesas con noveluchas enormes de fulgurante título y vanagloriado autor. Definitivamente desistí de mi propósito, salí de los grandes almacenes, subí las escaleras, y observé de lejos aquella feria del libro, aquellos puestos anacrónicos de libros viejos, envueltos en una atmósfera de música clásica, que un distinguido vendedor siempre coloca en su tocadiscos, a todo volumen. Y aquellos libros, que se encaraman desordenadamente por improvisadas repisas, hasta casi rasgar el toldo, recuerdan que la literatura una vez fue otra cosa a lo que conocemos hoy. Fue cosa escogida que dejaron los genios a nuestro paso, y que muy pocos, por no decir ninguno, ha sabido perpetuar. Poco tendrán que decir de nuestras letras cuando nos juzguen los siglos venideros. Poco tendrán que decir de todo el mundo mientras los portadores del arte destruyen el propio arte, a manera de un Nerón cantarín y soporífero, de un Avellaneda traidor que desdice al genio, de un vulgar director de cine moderno que decide reinterpretar películas de antaño. Quedan esos libros en el limbo, aguardando a que los encierren en una urna, mientras la literatura y el periodismo digital amenazan con reemplazar al clásico. La hediondez del arte moderno ha convertido al antiguo en bueno y mártir. He ahí lo que inmortaliza la historia, que el arte humano es, cuando menos, degradante, aunque bien sea cierto que a las épocas se realza como un Fénix.
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1 comentarios:

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Verde Rojito
admin
05:05 ×

estaba en el cuarto de mi mama en casa de mi abuelita, acababa de llegar con juany y alguien mas, en eso, yo me di una marometa. juany dijo que me lastimaria el cuello.

Nos dijeron a que hora comer, yo abri mi mochila y en eso saque mi libro para leer un libro blanco con pastas de carton, en eso, note que tenia hormigas, todo mi libro estaba lleno de hormigas muchisimas, yo estaba.... me desperte.
No tenia hormigas, me dormi.

En eso llego el, con el aparato en el ojo.
Nunca tendria mi libro completo
el le habia quitado hojas,para que yo no lo pudiera leer.
La editorial de la papeleria se tardaria mucho en que yo pudiera sacar una copia, se tarda mucho en autorizar.

En eso decidi ir por la primera, que era un dibujo
un dibujo de una mujer.
En la papeleria estaba alguien y en eso llega eliud y el hombre me estaba vigilando con su ojo.
Paranoico.
Me quieren sacar la copia.
y alguien le dice a mi amiga, que no se quien era
oye oye y yo digo ella no trabaja aqui
muy grosera
y ella dice.. no importa quien me puede responder esta duda
saca un dibujo de un craneo
o algo que tiene dientes
y dice ella
esto es la felix?
que?
esto es la felvix?
que?
esto es la pelvis o algo asi
y yo jajaja no, como va a ser la pelvis, la pelvis va a estar cerca del muslo y me señale.
Pero tuve dudas, aun de eso.
Y ella se rio.
Me dieron mi copia
y ya me iba
y alguien me dijo que libro es ese
y yo le dije
el descenso del fenix o algo asi
y el tuvo una copia


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es raro, tal vez era tu libro...

Congrats bro Verde Rojito you got PERTAMAX...! hehehehe...
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