La Segunda República en las aulas. ¿Qué hay que celebrar?

Arduo trabajo es ese de juzgar la historia sin conocerla, o a decir verdad, conociendo mejor sus mitos que las propias evidencias. Esa es la tarea a la que se han dado muchos políticos, ejecutores ilustres de los arreglos de su voluntad. También historiadores y periodistas se han pronunciado acerca del 75º aniversario de la II República, eso sí, algo más discretos, guardando siempre una perspectiva que no incomode a ningún colectivo, salvo algunas excepciones. Parece que el estudiante castizo, sólo lector de los periódicos deportivos, no supiera nada de este antecedente histórico hasta el día de ayer, pero bien que lo defiende y pronuncia su amén a las sentencias de sus profesores. ¿Que toca celebrar? Brindemos, pues, aunque sea en honor del crimen. Dicen que la constitución del 31 fue un gran avance social, cosa que no nos atrevemos a discutir, siempre y cuando se coloque la bandera tricolor a la entrada del instituto. Se dijo también de traer a un distinguido charlatán para que instruyera nuestras mentes en todo lo que atañe a la segunda república. Por fortuna o por desgracia, esto no pudo ser; al charlatán le requerían otros asuntos de profusa entretela. No obstante, se dejó para otra ocasión, pues sin duda nos importa celebrar esta etapa de la que no teníamos conocimiento hasta que salió por primera vez de los labios de un profesor cuya familia estuvo apegada al régimen republicano.

Basta que se celebre el aniversario de algo para que nos sintamos enfáticos con lo que incumbe a la historia de nuestro país, basta que nos nombren la palabra avance para que aplaudamos a modo de diputados. En nuestra calidad de oyentes y durmientes, poco nos interesa juzgar los entresijos de un discurso abstracto, la letra muerta de unos pesados libros que no determinan el resultado de los partidos de fútbol ni nuestro próximo ligue. Pero eso sí, si es avance, como sucede casi con todo lo humano, salvo contados anacronismos neocatólicos, tiene que ser bueno. Azaña, Largo Caballero, Companys, Lerroux, mortales al fin, unos nombrecitos escritos en un libro. Socialistas, anarquistas, nacionalistas, republicanos, someras surtidos políticos que el rigor académico nos impone aprender, pero que distan mucho de nuestro inveterado presente. Nada nos incumbe, si se mataron monjas, si se quemaron iglesias, si los sectores más extremistas decidieron dividir España. Es letra de imprenta. Franco, prototipo del dictador, ese juez rector de nuestra voluntad que nos impide hacer lo que queramos, lo dice todo. Nos basta que escuchemos la palabra dictador para que angelicemos todo lo que se opone a él; la violencia incluso, en este contexto, es una virtud encomiable. Desde la primera edad, se simplifica la violencia como un procedimiento político para obtener nuestros fines. No tenemos fines, en cierto modo, no muchos; pero cómodamente sentados en nuestro pupitre, pasamos la larga velada matinal escuchando a un profesor hablar de asuntos imprecisos, lejanos. Como las ideas, los muertos que se cobran son meras cifras, palabras. Privados del salvajismo circunstancial, carecen de peso en la frente estoica de un alumno. Meras palabras, eslabones, medios, hasta llegar a un presente democrático y en apariencia justo, al que sólo deseamos destruir cuando la situación trasciende al proverbial panem et circenses.

Estas fechas de aniversario y recuerdo de lo que no vivimos, nos arriman a la voz de nuestros mayores -que tampoco todos lo vivieron- aunque mantienen una visión positiva de aquéllo. Sobre todo, de quienes lo toman como paradigma de una España que envejece con los años. Parece que ahora se despierte el viejo fantasma de la antigua república, como si insistiera en instaurarse en el país, como si la sociedad estuviera condenada a avanzar en tales términos. Poco nos interesan, por lo pronto, ese tipo de avances a los que no nos importa un cuarto el quehacer político-metafísico, siempre y cuando no nos afecte. Las utopías no dejan de significar para nosotros un espécimen novelesco, que cuando nos conviene ensalzamos, y según el destino disponga las circunstancias, acogemos con gusto o dejamos de lado. Es lo propio de unos jóvenes que, en nuestra inmensa mayoría, no creemos en nada, y si creemos, es por comedia estacional o lavadura de cerebro. Luego se lanzan dislates triunfalistas de que nuestros jóvenes no son pasotas, lo cual en nada se diferencia de un profesor que se jacta de tener aduladores, cosecha de sus trabajos demagógicos. He ahí el interés, la taxonomía española, el estudiante hispano que, cuando toca, rinde homenaje al adorno utópico, y entre tanto, vive ocupado de sus tareas domésticas o efervescentes, cosa que unos hacen con vaca y otros con carnero, pero que socialmente está revestido de mucha mayor vigencia que la tendencia política y que a la verdad tiene más que ver con el cultivo o detrimento del alma humana. Adiós, pues, a la segunda república, elemento incógnito de nuestro pasado, y si ha de hacerse una tercera, podrá solo hacerse con unos cuantos convencidos, que no con discípulos de nada. Conforme al avance de los siglos, sólo crece ahora el escepticismo moral y político, sólo triunfa el sectarismo y las mentes alimentadas de un solo pan. Las almas independentistas, en busca de la ataraxia barojiana, habitan otros mundos, no los de la segunda república, ni de la tercera, ni de la vigésimo cuarta. Más bien paran en el tercer cielo, libres de ideales filantrópicos, y dejando la política para sus políticos. Se alimentan de más sacro maná. Saben que siempre se hace mayor bien al mundo, a los hombres, desde el anonimato que desde la primera fila. Y eso lo sabe también el estudiante que se sienta al final, en el último pupitre.
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