Frente a la ventana... dibujos al viento

Descoloco aquí algunos fragmentos enrevesados, inútiles, vanos, que hallé perdidos entre pensamientos y papeles hace un tiempo. Hoy los escribí, aunque sólo fuera para no extraviarme yo también con ellos. Espero que no se crucen con los mismos. Si lo hacen, muy a mi pesar, traten de sonreír. ¿Por qué los publico si no quiero que nadie los lea? Porque no quiero que nadie los lea. En mi cajón corren el riesgo de ser llevados por el torbellino del ventilador. Aquí, al menos, desaparecerán con el tiempo, como nosotros mismos. Lo más triste es que somos fragmentos llevados por el tiempo. Cuídense. Y, ante todo, gracias. Perdonen las molestias.

***

Saberme inútil sin ti. Sé que puedo resistir, como resiste una cometa en el viento. Volando simplemente. Pero te necesito en algún sitio, no me importa si estás lejos o cerca, simplemente necesito saber de ti. Y poder escribirte. No me importa quién demonios seas, ni siquiera te inventaré nombres o te los trastocaré. No te cambiaré el color del pelo. Me da absolutamente igual. Con una mano para acariciar, dos ojos a los que mirar y una oreja a la que susurrar o recitar me conformaría. Claro que si a eso le añades un algo cerebral y unos tremendos deseos de sentir, se me hace irresistible seguir aquí quieta, escribiéndote. He de admirarte, si no te admiro, será efímero. Puedes cambiar, admito que todos cambiamos, y que muy probablemente el día de mañana pueda interesarme la física molecular, pero sé que estando donde esté me sentiré querida y, o al menos, respetada y admirada. Nada hay sin admiración. Ligera incomprensión, ni siquiera nosotros podemos comprendernos muchas veces a nosotros mismos, pero lo intentamos. Has de intentar comprenderme, como yo a ti. Has de respetarme, silenciarte si tu prefieres, como yo a ti lo haría igual. Nada más. Con poco me conformo. Pero es un poco que toma forma de un mundo entero dentro de este vomitivo mundo de lo superficial. Aprender quiero. Aprenderte y comprenderte. Como sea. Esto te pido. Guárdame el tiempo, guárdamelo, por favor. Esperaré a la sombra de una pestaña...


Muero por un abrazo. Muero. Desearía poder abrazar ahora. Abrazar. Pero me siento incapaz de abrazar un cojín y apretarlo contra mí. No puedo abrazar el tronco de una encina o de un sauce. No. Además, no quiero. Necesito abrazar un sentimiento, un cuerpo en el que hallar cabeza, boca, ojos y labios. No podría abrazar el caparazón de nada, aunque quisiera. Abrazar es apreciar, y para ello, nadie que no sepa mirar y que con la mirada me hipnotice merece al menos una palmadita mía. No quiero abrazar al viento, ni tan siquiera dejarme abrazar por el entremés de la lluvia. No. Sólo puedo abrazar. Y abrazar bien. Una voz que no hable. Una voz que susurre o simplemente silencie. Quiero abrazar pestañas, rizarlas con las yemas de los dedos, para cansarme de mirar en ese escondrijo maldito del que no salir. Pero, ¿cómo me puedo cansar de jugar con los ojos? De eso no se cansa nadie. Bueno, al menos no creo que yo lo haga. Nunca he mirado a los ojos a nadie, llevo casi veinte años de descanso. No me cansaría. Quiero abrazar orejas, y cruzar con ellas palabras sin decir nada. Quiero silbar. Quiero que me oigan silbar, y gritar. Gritar, ¿el qué? Versos. Besos. Como me decían. Quiero alzar la voz para recitar libros, gritar líneas enteras de literatura perdida en las estanterías de medio mundo, sino entero. Y abrazarlo. La melodía de un abrazo. Abrazarla a su vez. El conformismo de pasar horas enteras así. Y descansar. Y huir de la muchedumbre vana, porque cada día estoy más segura de que ahí fuera sólo hay nadería. Nadería, expiración de aire y nada más. Quiero huir abrazada.

¿Por qué? No lo sé. Nunca he sabido nada. Nunca he tenido respuesta a un porqué. ¿Qué hay debajo de un nombre reconocible? ¿Qué hay más allá de cinco colores, cinco letras o simplemente cinco palabras desordenadas? Lloramos. El llanto es cristalino. Quizá sea lo más transparente de este mundo, al menos que yo conozca. Una lágrima, y tras de ella, como evitando ser menospreciada por un ordinal, otra lágrima. Disimuladas, alteradas, presionadas o marginadas, siguen siendo lágrimas. Hablar de lágrimas bien podría ser llorar. Pero ya no lloramos. No lloramos por llorar. No nos paramos en mitad de la calle y gritamos: ¡quiero llorar! Sería casi ridículo. Eso está estipulado. Aquel que diga majaderías es tonto. Y punto. Se cierran los ejes, se traza el círculo de la mediocridad, y lo que cae fuera, es tratado con menosprecio. Volvemos la mirada. Me gustaría llorar, pero cuando pienso en llorar no lloro. Y cuando quiero evitar el llanto, lloro sin parar. Es lamentable. Luego decimos que en esta era el hombre es el rey del universo, y todo está bajo su poder. Sin embargo, ni siquiera es capaz de controlar la cosa más insignificante en proporción y tiempo: una lágrima. ¿Han llorado alguna vez en compañía? ¿Han llorado alguna vez mientras se tronchaban de la risa, mientras se desternillaban en un arrebato de tontería inmediatamente placentera? Quizá ya no lo recuerden, ¡hace tanto tiempo! En fin. Todo quiebra, y se retuerce tras nosotros. Somos los primeros pobladores de un mundo sin sentido, sin cabeza, y sin lágrimas. O, más bien, que me diga, los primeros creadores de él. No hablaré de lo anterior, no haré predicciones. Son memeces. Ni siquiera sabemos dónde podemos estar dentro de treinta segundos. Pero, ¿por qué hablar de segundos ahora? Me decía: ¡quiero llorar! Recuerdo un título: Nanas de la cebolla. Tal vez sea eso, que deba correr a por una cebolla, y pelarla. Pero no tendría razón para hacerlo. Llorar no es estar triste, eso es rigurosamente falso. No tiene nada que ver. Se puede llorar por muchas cosas. Recordar un tequiero. Pensar en el sombrero del ferroviario que murió hace unos meses, incluso verle aún caminar por la calle a la que alumbra mi ventana. Pensar en la injusticia y todas esas cursilerías de nuestro mundo de ya. O volver a castigarme con la mala fortuna de no haber conocido más que a uno de mis abuelos. Solo uno. También falleció con escasos cuatro años míos. Acodarme de los malos ratos del pasado. O de todas las historias crueles leídas en un periódico, o leídas al aire. Como gustan de ser leídas las cosas. Las buenas y las malas. Volando. Disculpen un momento, por favor. ¿Qué oigo? ¡Una lágrima! Se acerca... Sí, sí, sí. Sisisi. Viene por dentro, la puedo adivinar levantando aplausos entre el resto de miniaturizadas nubes de ideas y células que pululan por mi interior. Sí, ahí viene. Ella, de blanco escrupuloso, relajada, serena. Qué cadencia. Qué pleitesía. Qué buen ver y qué saber estar. Oigo el repiqueteo de sus tacones en mis tímpanos. Qué majestuosidad y brillantez la suya. ¡Bienvenida lágrima austral! ¿Qué tal el viaje? En seguida estoy con usted. Perdónenme. Recuerdo que me decía hace un rato, antes de todo este desconcierto: por qué. ¿Por qué? Porque una lágrima baila con el viento. Porque lloramos. Llorar, y escribir. Casi sin respirar. Casi sin cerrar los ojos. Casi sin mirar las letras. Llorar a la sombra. Llorar en silencio.


Lo guardaría. Lo guardaría con llave para mí sola. La impresora ni siquiera se digna a funcionar. Habrías ido a la papelera en cuestión de tres minutos: otra vez tiempo premeditado por delante. Habrías sido escoria en el tiempo del minuto anterior, del pasado. Sólo quedaría tu reflejo perdido y nublado en mi memoria. No. Afortunadamente tú vas con estas palabras que ahora escribo. Y permaneces en otro rincón a la vez. No mueres. Nunca lo harás. Como el papel, estamos todos ya de por sí demasiado muertos como para morir más. Hete aquí: ¿Quién ha dicho amar? ¿Acaso ha amado alguna vez? Nadie sabe qué diantres es eso de amar. Y sin embargo ama. Yo no sé lo que es. Tampoco sé si alguna vez he amado a algo o a alguien. Creo que no. No especialmente. Familia, amigos, peluche, mascota, nubes, libros, lapiceros, chupa-chuses, fotos, cuatro o cinco personas lejanas y apreciadas... Nada extraño, hasta aquí. ¿Una persona especial? Y, ¿quién no es alguien especial? Todos somos distintos. Unos más que otros, pero estamos avocados a la confusión extrema del torbellino disfrazado de cosmético Max-Factor. Eso es todo. Nada queda cuando arañas el lápiz de ojos. Algunos, nos conformamos ya con poco: tan siquiera poder borrar la gomina. Y hallar debajo un pelo que baile como baila la escoba feliz de Bataille, cuyo baile en el aire traza un molinete. Eso, o nada. Bailar, o estar quietos, callados y sin inmutarnos. Porque la luz de la luna no se mueve. Y es probablemente una de las pocas cosas que en la lejanía, se hace cercana, y se acerca aún más cuando nos vemos capaces de mirarla desde todos los sitios que hemos pisado. Cuando podemos mirarla al tiempo desde sitios lejanos, ojos desconocidos, sentimientos encontrados. Amamos la luna. Sí. El que no le tenga aprecio es un insensato. O un insensible. ¿Quién no ha permanecido ensimismado contemplando el cielo alguna vez? Para qué preguntaré. Me lo digo siempre. A veces, sé perfectamente la respuesta evidente capaz de arruinar mi pregunta, o la intención hechizada que hubiera detrás de ella. ¿Amar? Para qué. Ver tu cuerpo desdoblado no debe ser sino vomitivo. Ver dos personas exactas es ficción. O debería serla. Eso no existe. Amar no es construir una persona a tu imagen y semejanza. No es construir nada. Somos así. Y sólo cabe limar. Desbrozar. Seamos cautos. Seamos sensatos. ¿Primero amigos? Cómo suena eso. Hemos perdido la cabeza hace tiempo. Y no queremos recogerla aún. Para amar es necesario conocer. Pero no en el sentido de la exploración a la que muchas veces se somete en una discoteca. Ni siquiera se trata de compartir pasión por la levitación o regalarnos yemas de Santa Teresa. De arriba abajo, no. Nunca. Sería impensable. Sólo se puede apreciar a una persona aprendiéndola. Respetándola tal cual, aunque suene a Perogrullo. Sin entenderla. Leyéndola, escuchándola. Sólo desde el aprecio, desde la querencia, se puede llegar a amar alguien irreconocible. Como nube en el aire. Mas eso será siempre que aprendamos a amar sin letras. Sin ojos. Desde los ojos.


Estigmas. Sólo heridas olvidadas. Que se van cerrando, atrapando en su interior tiempo y oro. Tiempo es oro. Tiempo perdido. Noche limpia de abril. Estrellas batiéndose en luces infinitas. Instantáneas. ¡Cuánto quisiera poder dibujar mi historia! O escribirla, quizá. Para regalártela. Aunque, ¿para regalo ya estoy yo? ¿O no? No, qué me digo. Sólo trato de dibujarte a ti, y guardar la goma necesaria para borrarte. Porque no eres ningún boceto, lucharemos contra eso. Sé que no es un juego, y por eso trato de llevar el lapicero con cuidado, sin tachaduras, sin logaritmos, sin garabatos. Pese a mi deseo. Te haría a mi escala. Te pondría miles de colgantes, y te adornaría como se adornan los árboles en navidad. Pero, así, simplemente serías chatarra para que un día me cansase y te tirase a la basura. Sí, así somos de crueles. Es preciso ratificarlo. No somos buenos, somos malos. Yo no puedo dominarte, ni siquiera tengo fuerzas para encontrarte, pero al menos, podré pensarte y lanzar mi cabeza para ocultarme de la luz actual que todo lo fulmina. Te quiero donde estés. Hace mucho tiempo te lo dije. No dibujaré más. Hasta este punto. ¿Para qué si no sé amar? Si no he amado nunca...
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4 comentarios

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08:06 × Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
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hispalis
admin
01:06 ×

soledad...
profunda y espesa soledad...
como fango maloliente que se te pega y que te ciega...
soledad que ahonda tus ojeras en el espejo de otoño...
maldita soledad que te consume y marchita...
maldita soledad que todo lo avinagra...

un beso

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Pablo
admin
16:45 ×

Impresionado.
Tus palabras golpean hondo en la línea donde las heridas se convierten en cicatrices.

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Tizona
admin
22:55 ×

La vida es una sucesión de ilusiones y desilusiones en que las mentes simples se divierten y en que las mentes complejas se resignan teniendo como únicos alicientes la esperanza y el conocimiento. Y las lágrimas son una exteriorización de la frustración que se siente cuando las ilusiones se convierten en desilusiones, cuando los periodos de desilusión son muy prolongados o cuando la esperanza se empieza a perder. Abrazarte con alguien a quien quieres es un momento en que se detiene el tiempo y el amor neutraliza todos los sentimientos negativos. La pareja perfecta no existe salvo que la ilusión nos permita idealizarla. Quien no ha amado nunca puede que sea porque es incapaz de sentir amor. En las cosas materiales no se encuentra la felicidad sino en los sentimientos y en las sensaciones. Y Definitivamente el hombre es una pasión inútil y la vida un eterno desencanto que nadie quiere que se termine porque no deja de ser lo único que tenemos. La vida es un una lágrima, un adiós, un te quiero, un beso sincero, un abrazo y un bello recuerdo; “Llorar en silencio” ¿Qué tal el viaje? En seguida estoy con usted...

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