Juicios históricos

Las clases de Historia Universal que se han impartido durante seis largos años comienzan ahora a dar sus frutos. El agudo estudiante de la LOGSE sale del bachillerato con tal empanada mental acerca de cualquier materia trascendente que resulta imposible contar con él para un debate serio. Con decir que la solemne y final conclusión de nuestros estudios es que en los siglos pasados nuestros ancestros eran unos locos, que declaraban guerras, impedían votar a las mujeres, maltrataban a los obreros, entre otras barbaridades semejantes; con saber que hombres como Platón, al elaborar mitos tan singulares como el de la Caverna, o Kant, al exponernos su idealismo trascendental, se comían mucho la cabeza; y con tener idea de que antes no existía democracia, sino que los reyes maltrataban a sus súbditos a placer, creen que ya estamos lo suficiente preparados para salir ahí fuera. Para salir, sí, como los cristianos a la arena. Tenemos los conceptos bien definidos, las armas bien preparadas, llevamos el activismo en la sangre, la fiesta en el corazón y un deseo insondable de no conocer nada y permanecer ajenos a todo lo que signifique algún esfuerzo mental. Lo nuestro, nuestra gente, nuestra cultura. Y en nuestra cabeza, en nuestra sesera, ¿qué diablos hay?. Sí, somos estudiosos, hemos aprendido mucho, juzgamos la historia con agudeza. Sabemos que el rey, los nobles, los ricos y los americanos son los malos de la película. Eso es entender lo bastante. Sabemos que El País es un gran periódico, aunque nunca nos hemos molestado en leerlo de cabo a rabo. Llevamos, pues, lo justo, para una vida de sabios. No nos hace falta más, podemos cumplir felizmente los dieciocho años e ir a echar nuestra papeleta en la urna, como honrados votantes, como buenos demócratas.

La vida se nos antoja interesante desde nuestra perspectiva desenfadada; el jolgorio, las peleas a la salida del instituto, los videojuegos, las salidas del sábado noche, es cosa sagrada, y perdurarán en su justa medida en los próximos años de nuestra eterna juventud. Tendremos tiempo para ver el fútbol, y dejar que el partidismo deportivo domine nuestras gargantas gritonas. Luego pasaremos las tardes viendo la novela, mejor dicho, la telenovela, para imaginar problemas irreales que no nos interesan y, por si nos aburrimos, siempre quedarán los educativos programas del corazón. Esos sí son reales, y alimentan nuestro morbo. Nos quedaremos en casa el tiempo que haga falta, no hay por qué precipitarse en eso que llaman emancipación. Todo tiene su tiempo -dice el sabio Salomón- y también en este aspecto, hemos de ser prácticos. Con respecto a los libros, poca importancia deben de tener en un mundo donde la superficialidad predomina y el aspecto físico es el canon por el que se determina la virtud de la gente. Resulta, pues, aconsejable, que dediquemos parte de nuestra vida a la imagen personal, gastemos el dinero en moldear nuestro cuerpo serrano, cambiemos la dentadura natural por una postiza que nos permita sonreír hasta el cansancio. Es cosa de nuestro interés seguir viviendo la vida loca, buscando unos ingresos seguros, el coche adecuado, una casa espléndida y un trabajo que nos dispense tener nuestras horas de placer. El hedonismo constituirá nuestros principios filosóficos, que aunque tanto odiábamos al estudiarlos, siempre acaban viniendo a nuestra mente cuando avanzamos en edad. Con un principio basta, claro. Nos volvemos de pronto inmediatistas, buscamos lo seguro, arrinconamos todo interés por lo místico y religioso, aunque al cabo los que se sumergen en el mundo simplificador de la política acabarán tratando de él algunas veces. Es cierto que algunos tomarán ese camino, porque es uno de tantos que ofrece la sociedad posmoderna. La clave será tener un espíritu crítico que permita poner en tela de juicio la verdad más evidente, revelar cierto grado de sincronismo con los visos del partido al que te afilias y defender, como se defiende al equipo de fútbol, a los héroes del hemiciclo.

Con este tremebundo panorama no hay lugar en que no hallemos intelectualidad; el mundo está lleno de intelectuales: toda la gente habla, dice, opina, murmura, critica, todos tienen algo de sebo en el cerebro. A la postre, como es natural, nos encontramos con muchos libros escritos por pseudointelectuales, muchas películas dirigidas por individuos mediocres, muchos artistas que sin ser más que genios inmaduros han protagonizado una sociedad llena de letras y ciencias, apta para todos los gustos. Hemos abarcado todas las áreas del saber, al igual que en las otras épocas, o incluso, mejor, como a veces nos jactamos. Somos crueles con el pasado, del que sólo reflejamos lo negativo, y cuando hablamos de lo positivo, lo hacemos con la vara de medir del siglo XXI. Parece que en los últimos años nos hemos vuelto de pronto sujetos crédulos, cuando tenemos detrás de nosotros más de un centenar de intelectuales que erraron en sus juicios. Y, sin embargo, poco se habla de que no seamos nosotros mejores que ellos, considerando desde una perspectiva evolucionista que todo lo futuro que pueda hacer el hombre tenga que ser de facto mejor que lo anterior. Éste es un extremo censurable del que ya nos advierte Spengler, en su introducción a La decadencia de Occidente. La cosmovisión simplista de la historia, la obsesión sintetizante por enclaustrar a los hombres en períodos, épocas, contextos distintos, hacen muchas veces que juzguemos la historia erróneamente. Eran más inteligentes de lo que pensamos, y no constituyen un mero eslabón en la larga cadena de la evolución biológico-ideológica del ser humano. Eran entes, genios, vidas enteras sacrificadas en el estudio, que no siempre eran movidas por el deseo de hacer avanzar a la humanidad, sino por el laudable placer de conocer. Conocer, un concepto que se ha trastornado con los años. Queremos la gloria del conocimiento antes que el esfuerzo, buscamos la inmortalidad antes que la obra de arte nos inmortalice. Con sólo ocupar los sectores prestigiosos de la sociedad creemos que ya hemos cumplido con nuestra época, pero olvidamos que las generaciones venideras nos juzgarán. Igual que nosotros juzgamos el pasado. Alguien podrá señalar que el principio del siglo XXI fue una época de decadente ignorancia, de confusión intelectual, de sofistas y demagogos, de falsos artistas que ocupaban los asientos del genio. Y si la historia es justa, tal vez se rescaten a esos sabios olvidados, que siempre los hay, y que en lo secreto de su pensamiento profundizan en una sociedad globalizada en que se utiliza el conocimiento como fácil moneda de cambio.

Algo que conviene plantearse es que no todo lo que pronuncia un intelectual es de por sí una cosa profunda, y que muchas veces el mundo corrupto domina a unos filósofos gobernados por el influjo de las masas mayoritarias. Muchos hijos de nuestra época nacen sin saber aparentemente nada, pero con los requisitos necesarios que le impone una sociedad al mismo tiempo democrática y consumista. Es obvio que en nuestro avanzado siglo redunda, a parte del saber, la trivialidad intelectual, los genios baladíes, las novelas superficiales, las películas horteras e inelegantes, y un largo etcétera de artes contaminadas. Pero es lo que hay, lo moderno, lo social, lo que de per se ya es arte, porque en un tiempo se reveló contra la norma. La norma, ese prurito que tanto obsesiona a las almas inconformistas. Dicen que el conformismo es un mal amigo, pero peor debiera parecernos la nata insatisfacción. La búsqueda del arte por el arte, en su afán de perfeccionismo, ha sufrido delirantes secesiones, desde que el evolucionismo y la política tratan de centralizar el mundo en un solo punto: el ser humano. Ese antropocentrismo, de rasgos socialistas, considera a la humanidad como la gran familia igualitaria, de la cual todos formamos parte, restándole el valor a los genios, a los artistas, buscando un mérito común que no sitúe a unos por encima de otros: si todos somos sapiens, todo lo que hagamos es diferente, no mejor ni peor, aunque el arte cinematográfico o literario sea un fraude en comparación con el antiguo. Por eso tantas veces se simplifica el complejo intelecto de los que verdaderamente merecen un lugar en la historia; muchas veces son malentendidos o manipulados para obtener determinados fines políticos. Los argumentos de autoridad constituyen un peso excepcional para las masas que confían en lo intelectual. Pero esa erudición no puede ser incólume, sino que los sabios reconocidos están expuestos al error, como lo han estado desde Aristóteles hasta el propio Karl Marx. También los pensadores demócratas. Cuánto más las personas del vulgo, en cuyas manos se asienta el poder, y si se proponen manifestarse para que se acepte que la Tierra es plana, conseguirán que muchos políticos lo admitan con tal de que no haya violencia. Si tal es el juicio de los hombres, sobre el presente y el pasado, no menos parciales resultarán nuestros predecesores a la hora de tachar estas fechas.
Siguiente
« Anterior

2 comentarios

Click here for comentarios
Anónimo
admin
16:58 ×

Muy buen articulo, estoy casi 100% de acuerdo contigo :)

Responder
avatar
Anónimo
admin
20:44 ×

Felicitaciones, muy interesante el articulo, espero que sigas actualizandolo!

Responder
avatar