Por la boca muere el pez

Sí, soy mujer, ¿y qué? ¿Con ser una mujer qué hago yo? ¿Robar un aprobado a base de muecas? Nada. Nada más que lo íntimamente físico o biológico que la categoría de tal o cuál confiere a todo ser humano. Nada que no pueda hacer otro. Así es como debería ser. No hay día en que no nos despertemos sin escuchar tal vocablo: mujer, pudiendo comprobar como los efectos de su puesta en práctica atiborran el espacio que nos rodea. En todos los aspectos: televisión, publicidad, Estado, universidad, estadísticas, relaciones laborales, supermercados, peluquerías, cosméticos, sindicatos y asociaciones peregrinas, deportes, automóviles, chistes, hospitales… Y una, que peca de insensata, o malediciente, o simplemente de ignorante, no puede sino echarse las manos a la cabeza. ¡Leñe! ¿En qué se ha convertido este país, en un aquelarre? Para qué me lo preguntaré.

Este mundo se ha llenado de oportunistas. Peor aún: de quienes lo intentan ser. A estas mujeres de pacotilla, ¿les dice algo nombres como el de Ayan Hirsi Ili? Seguramente no. Están demasiado ocupadas encontrándose a sí mismas frente al espejo como para entretenerse haciendo uso de su muy descuidado interés en la cosa zapateril de las civilizaciones. Éstas:

Los hombres están un grado por encima de ellas” (Corán: 2,228)

Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Allah ha dado a unos sobre otros y de los bienes que gastan. Las mujeres virtuosas son devotas y cuidan, en ausencia de sus maridos, de lo que Allah manda que cuiden. ¡Amonestad a aquéllas de quienes temáis que se rebelen, dejadlas solas en el lecho, pegadles! Si os obedecen no os metáis más con ellas” (Corán: 4,34)

Hay comentarios de exégetas al alcance de cualquiera. Una Alianza Planetaria, que, permitan mi impertinencia, ¿incluye también la asunción de las tesis anteriores? ¿Acaso alguna de éstas que lucen tacón y rulos, aquí, se ha percatado de ello, de lo que ocurre allí? Millones de mujeres, éstas sí, extienden sus rostros bajo la negra esquela a la cuál dan nombres como burka, chador, o lapidación: “sharia”. Obviamente, es chocar contra un muro. Mas de este muro sobre el cual tanto se gimotea y se juega penden muchos hilos en otros sitios. Lo han hecho siempre. Antes incluso de que en las mentes de las risueñas mujeres de turno surgiera la idea de salvar a la humanidad de las feroces perversidades de un experto en recursos humanos con instintos hormonales –tantos como para superar el interés por el billete—, de un socarrón mentecato de costumbres castizas, o de un maléfico y superficial humorista.

Me cruzo con Averroes:

Nuestro estado social no permite a las mujeres la posibilidad de valorar su capacidad. Parecen destinadas únicamente a dar vida a los niños y a alimentarlos. Este estado de servidumbre ha minimizado en ellas la facultad para las grandes realizaciones. He aquí por qué no se ven entre nosotros mujeres dotadas para las virtudes morales. Su vida se desarrolla como la de las plantas.”

Mejor hicieran todas estas plañideras de la feminidad por leer algún que otro libro entre viaje, foto y confabulación tribal. Así, al menos, no daríamos –las mujeres— ese falso aspecto de iletradas del que hacen uso unas cuantas a cada instante. Son ejemplos latentes: la de las zapatillas, la del “pixie-dixie” y la Otra, la omnipotente fémina por excelencia que reina en los entresijos de la desgracia incompetente: del papel-rúbrica. Para nuestro infortunio hemos de soportar esta constelación de pellejos emperifollados que se pasean cada día en revistas, periódicos, estandartes, y pantallas monopolísticas. Bajo el calificativo de “mujer” también se halla una tal Carmen Alborch, cuyos inicios mediáticos no los conoció la que escribe, a falta de vueltas al calendario. Entre sus joyas curriculares se encuentran unos cuántos libritos que, evidentemente, no he tenido la ocurrencia de leer, para mi satisfacción personal. “Solas” es uno de ellos: ¿cómo puede alguien estar solo y a la vez pluralizado? ¡Esto es una locura generalizada! Se apropian de un sexo y hablan en nombre de él. En un intento por contrarrestar, de forma patética, las tesis nietzcheanas –que lógicamente ni ha leído ni ha sabido nunca delimitar, o apreciar ligeramente— habla de unas “supermujeres”, que bien parece una niñería sacada de un tebeo matutino. Hay más nombres. Eso sí, no puedo evitar el recordar a otra, Rosa Regás, en uno de sus ridículos e insulsos desvaríos –tan bien rentabilizados— decir que a las mujeres "les falta la autocomplacencia, el sentirse lo suficientemente importantes como para poder llegar a esos puestos. Los hombres lo saben hacer muy bien porque llevan siglos haciéndolo, mientras que las mujeres siguen trabajando y los cargos nunca llegan, a no ser que venga una ministra de Cultura o el señor Rodríguez Zapatero y diga esto se ha acabado. La prueba es que, cuando ha buscado mujeres, ha encontrado ocho que no desmerecen en absoluto al conjunto del Gobierno.” Y se queda tan ancha ella.

Sobran palabras. Pero, a falta de decencia, creo preciso reclamar aquí una cosa: ni machismo, ni feminismo. Basta ya de majaderías solemnes que nada han conseguido más que denigrar la ya de por sí excelsa visión que de las mujeres, como tales, se ha tenido y se tiene. No pretendan ser mujeres al abrir sus bocas, que nada van a decir que desconozcamos, más que para hacer reír nuevamente. Si es que la fatalidad ha hecho de sus vidas un estandarte, al menos, procuren no desmerecerlo más. No es necesario portar un saquito de estrógenos para verterlos sobre cualquier matasellos. Esto es una imbecilidad absoluta.

Seamos claros: el empresario no va a dejar de contratar a una productiva fémina porque ésta esté en edad fértil. Ejemplos los hay. Esto no evita que tanto hombres como mujeres tengan las mismas oportunidades –insisto, las mismas, más allá de la biología pura— para dedicarse a sus respectivas tareas personales, que nada importan ni a Estado ni a Empresa. Y, más allá, la decencia moral de cada uno y la libertad individual. Para cualquier traspaso: la Justicia. Equitativa. Indistinta. ¿Facilidades? Qué barbaridad. La discriminación positiva, y todas esas excusas de última hora, sólo hacen incrementar por uno u otro lado cualquier tipo de discriminación repelente. Entre políticos, todo se dispara. Al fin y al cabo, en nada se distinguen política y economía. Que una señora se meta con un señor por sus atuendos, o que un señor se meta con una señora por sus disfraces, aparentemente, deberían ser ambos casos –los dos, idénticos, por idénticas que fueron las intervenciones, y sus roles— producto del interés mediático que un micrófono les impele a soltar ante los ciudadanos. Tiempo se gastó ya, y voces se rompieron, hasta conseguir el hoy. Esperemos no sobrepasar el punto en el cual ambas agujas se superponen, o se tensan sus hilos.

Busco otro fragmento (Simone de Beauvoir):

On ne naît pas femme: on le devient. Aucun destin biologique, psychique, économique ne définit la figure que revêt au sein de la société la femelle humaine; c'est l'ensemble de la civilisation qui élabore ce produit intermédiaire entre le mâle et le castrat qu'on qualifie de féminin. Seule la médiation d'autrui peut constituer un individu comme un Autre. […]C'est en faisant qu'il se fait être, d'un seul mouvement. Au contraire, chez la femme il y a, au départ, un conflit entre son existence autonome et son «être-autre»; on lui apprend que pour plaire il faut chercher à plaire, il faut se faire objet; elle doit donc renoncer à son autonomie. On la traite comme une poupée vivante et on lui refuse la liberté; ainsi se noue un cercle vicieux; car moins elle exercera sa liberté pour comprendre, saisir et découvrir le monde qui l'entoure, moins elle trouvera en lui de ressources, moins elle osera s'affirmer comme sujet.”

Designios sarcásticos. Que estas oportunistas lean a Beauvoir es pedir peras al olmo, soy consciente. Ni feminismo si quiera. Pero, al menos, por recomendar que no quede. Aunque mejor sería que empezáramos por aconsejar un buen peluquero. Quizá sepan apreciar mejor el número adecuado de un tinte moderno para disimular lo que esconden debajo de la permanente. Perdón: o lo que no pueden esconder debajo, por carecer. Si tuvieran algo allí, no presumirían a todas horas de tenerlo. Simplemente, harían muestra de ello. Así, lo único que consiguen, es que a cada instante se consiga ridiculizar más al resto. ¡Váyanse, señoras! Hay muchas otras excusas por las que luchar en este siglo, y muchas otras batallas en las que ustedes todas, a modo de heroínas hipertrofiadas, harían igual de gracia de forma más discreta y distendida. Empiecen por buscar “inteligencia” en un diccionario, si es que alguna vez compraron uno. ¡Lo que hay que ver! Y déjennos de lápices de ojos y abrigos de pieles. Con eso, en verdad, no se llega a ninguna parte: ni siquiera lograrán disfrazarse de personas. Que no de mujeres maquilladas.
Siguiente
« Anterior