Una mañana de viento

El despertador suena. Espeluznante. Escondo las pupilas en lo más profundo de la oscuridad que aún guardan los párpados cerrados. Por nada del mundo querría abrir los ojos hoy. Un año ya. Un convenido año. ¡Qué desbarajuste! Ni siquiera sé verdaderamente qué es un simple año. Da igual. Nadie lo sabe. Un año, digo. Uno. Otra vuelta más. Otra vuelta a la ruleta obsesiva cuyo eje no palpamos. No queremos hacerlo, pero nos es cercano. Tanto como nuestro. Y todo, que va siendo cada vez menos, con la vuelta a eso de lo que huimos se vuelve también obsesivo. Todo. Juego de palabras, ya decía. Juegos. Juego de circunferencias. Juega todo. Todos jugamos. Aunque no nos demos cuenta suficiente. Mientras se desvanece y luego pasa a convertirse en paranoia de líneas pretendidamente afligidas un insulso lunes por la mañana. En un despertar bucólico. De líneas muertas. Por el juego rutinario. Y por la insatisfacción de desear huir y no poder. Y no querer, en el fondo, hacerlo. Riendo y llorando sobre la misma tinta ininteligible, ya ni siquiera por uno mismo. Irreconocibles. Un año. ¿Qué carajo es un año?

Las carcajadas juegan alrededor de las invencibles ideas que nacen y se posan disimuladas. O nacen muertas. También. Juegos de palabras. Juegos de ideas, aquí, allá. No hay más que eso. Jugar es colocar un yo y darle vueltas. Rotarlo. Arrojarlo a la basura, añorarlo, alzar la vista sobre el cubo, e hinchar las mejillas. Mirar por la ventana: más juegos, más niños, más yoes, más nada. Luego, reír. O llorar y derramar más lágrimas en ese cubo de la basura. Finalmente, rescatar el yo una vez humedecido e indefenso, todo él vulnerable, hacerle carantoñas ingenuas e igualmente absurdas, y aplastarlo sobre el muerto papel. También. Soplar: ¡no vuela! Seguir jugando. Eso es todo. Volver a empezar. Me decía: un año ya.

Aprendí algo M. Sí. Algo. Mas no lo suficiente. Nunca se aprende suficiente en esta lenta muerte. Nunca serán suficientes los libros, ni los globos de agua, ni los guijarros. ¿Por qué no despertar de una vez? Je m´excuse. Ya los siento. Tanto por ti como por mí, aunque vano sea evidenciarlo. Siento repetirlo aquí: I still do. Las hojas vuelan con el viento. (I still do). Lo encontré ayer perdido en el fondo de un armario negro. Los ordenadores se estropean, como todos lo hacemos: estropearnos. Y al rebuscar entre tiesas carátulas con polvo que allí permanecían embobadas, mi dedo pulgar de la mano derecha –por cierto, perdona que te lo vuelva a preguntar, ¿aún sigues siendo zurda?— tropezó con él. Así, por casualidad, sobre el montón de notas ruinosas reflotó su cajetilla oscura. Ni siquiera recuerdo si fui yo la que lo coloqué en ese sitio exactamente. ¿Quién lo colocó allí? ¿Por qué lo conservo yo? O, mejor dicho, ¿por qué no había sabido que lo guardaba en mi propio armario? ¿Por qué tropezó mi mano derecha, sola? Esperaré todo el día, toda la noche en silencio. Hasta mañana. Cuando el repelente año haya pasado, al amanecer, lo escucharé una vez más. O varias. Quizá logré esconder así el repelente pitido del despertador. ¿Quién inventó el despertador? Recuerdo que eso mismo te pregunté un día. Ahora todo se vuelve dudoso, como niños que aprenden a ver el mundo.

I still do. Media vida tiene. Y vuelta al juego de locos: ¿qué es media vida? No soy, no somos, más que recuerdos desordenados. Amontonados unos con otros, a veces apisonados, destartalados, emborronados sobre dos zapatos de tacón fino y punta “chupa-no sé qué sandeces”. Sueños aplastados por el amanecer insoportable. Inevitable. Juegos de palabras apretadas por el frenético rigor de la luz, o de su ausencia. Una vuelta más. ¿A qué? Te pregunto ahora. Otra vez. Como te preguntaba antes M. No me respondas. Nunca lo hiciste, no sea ahora, por favor. No serías capaz, porque lo ignoras tanto como yo lo hago. La ruleta no se vence. Sólo se olvida. Y ahí queda todo. Ahí quedaba, más bien. Nunca aprenderé. Tal vez nunca consiga saber qué es aprender. Al menos, me quedará la placentera satisfacción –por muy estúpida que sea— de saber cierto que lo intenté, y no me dejaron. Aquello que una vez fuimos se apiña ahora obre la insipidez de la ventana. Sobre las carcajadas, los juegos y las nubes sin peso. Gravitando. Sobre el Reloj. Sobre ti, sobre mí. Y ahí seguimos. Seguiremos. ¿Años? A un lado y a otro. Diez dedos. Sobre nosotros.

Can I go my own way
Can I pray my own way

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1 comentarios:

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NDM
admin
22:50 ×

Muy buena reflexión que deja un camino abierto a la interpretación. Un amor, una canción, un sueño por cumplir... Quien sabe cual es el contenido real de las letras de tu reflexión. Solamente dos cosas son ciertas: “No somos más que recuerdos desordenados” pero también esperanzas y sueños, ilusiones y anhelos de futuro. Y la segunda; merece la pena escucharles. “I still do, Need some time to find myself…” ¿Qué persona no se ha visto identificada alguna vez con esa canción? Enhorabuena por la calidad literaria. NDM.

Congrats bro NDM you got PERTAMAX...! hehehehe...
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