Cena de empresa (relatos)

Lo habían invitado a una cena de empresa en la que sabía no podría decir una sola palabra. El suceso curioso es que, a parte de él, sólo acudirían mujeres a aquella cena, ya que éstas formaban la mayoría de la plantilla, y los más de los hombres habían decidido no acudir. Llegó en taxi, y de punta en blanco. Saludó a las señoritas y solteronas con la mano, se sentaron todos a la mesa y, sin más preámbulos, dejaron que los camareros sirvieran la cena y la bebida. Empezó la fiesta como acostumbran a empezar. Las presumidas secretarias no dejaban de reír, como si en aquél espasmo báquico encontrasen una sensación de placer. Reían, juguetonas, fumaban, bebían, charlaban de las cuestiones baladíes que suelen abundar en esas reuniones. Pasaban la noche con ruidosa despreocupación, ora atendiendo a un chiste verde, ora a un ilustre cotilleo, y deshaciéndose al cabo en gemidoras carcajadas que alteraban su espíritu. A Julián Baeza –así se llamaba el único hombre– le gustaban poco las tonterías, y se resignaba silencioso echando severos atisbos a su anfitriona y jefa, Agustina Ochoa. Desconocemos por qué había aceptado aquella invitación. Julián Baeza no solía tratar con nadie; era ascético, subterráneo, reía pocas veces y gozaba de una frente pensativa. Las miradas que por casualidad iban a parar a él, porque no era hombre que gozase de especial atractivo, notaban el inquebrantable sarcasmo de sus ojos. Sus ojos negros y preocupados hablaban por él, lo definían, constituían la inefable manifestación de su alma, pues no había nacido para aplicar erróneamente conceptos a las cosas, sino para ser vigilado.
Comía un rollito de primavera. La cabeza baja, prefería no mirar a dos prosaicas mujeres que se habían sentado frente a él. Las conocía por sus nombres, Camila y Francisca. Alguna que otra vez había entablado con ellas una breve conversación en la oficina, y como no le atraían ni por el intelecto ni por la belleza, prefería tratarlas como a objetos decorativos que un artista de mal gusto había querido situar frente a él en aquella cena imprevista. A su lado, el puente por el cual se había puesto en contacto con aquellas mujerucas en horas ajenas al trabajo: Agustina Ochoa. Pese a que días antes de la cena Julián había llamado a otros colegas para que le acompañaran, sólo su amigo Fernando de Andrés accedió a venir, aunque sólo para la sobremesa, por lo que tuvo que ir solo. Solo, convencido por la fuerza de la coquetería y el halago artificial de la anfitriona. Era un restaurante chino, lleno de chinos, donde la mayoría de los clientes se detenían mirando aquel tropel de mozas jóvenes, entre las que asomaba, insinuado, Julián Baeza. El mundo no habría imaginado mejor oportunidad, ni más propicia compenetración de los hados. Al pobre hombre le tocaban más de treinta mujeres que parecían no reparar en él, pero que entre líneas no dejaban de murmurar sobre su severo silencio. Que si ahora nos mira de reojo, que si parece aburrido, que si nos considera tontas y ridículas; sus torpes cuchicheos despertaban la sonrisa de los comensales, que no dejaban muy bien de reír, no se sabe muy bien por qué. A aquellas horas ya comenzaba a asomar la luna por encima de un viejo edificio, en el solitario bulevar donde había ido a cenar la hueste de secretarias y su acompañante, el taciturno Julián Baeza.
No se sabe muy bien de qué hablaron, pues al poco tiempo de acabar el primer plato la medicina de Baco ya se había apoderado de casi todas ellas. En efecto, Julián no bebía, ni fumaba, ni tomaba drogas. Tampoco era un hombre de buena familia, rozaba los treinta años y había permanecido ajeno a los problemas del mundo durante toda su juventud, leyendo, encerrado en su habitación, estudiando y escribiendo novelas. Había respirado polvo de libros, letras envejecidas, compendios enormes, más que el agradable perfume de una joven voluptuosa. Pero sí, se le veía indagador, agresivo, sabía muchas cosas y no las quería decir. Respondía, casi siempre, con evasivas, movimientos de cabeza o algún que otro discurso tembloroso; cuando daba la casualidad de que Julián hablaba, se paraba el mundo para escucharle. Casi todo el tiempo miraba a los platos que los camareros chinos ponían y se llevaban, a la televisión en la que ofrecían un aburrido noticiario, a cualquier cosa que distrajese su atención de aquella estancia, en que las risas lo llenaban todo.
—¿Quieres probar un chupito? –le preguntó Agustina, poniéndole su mano en la rodilla.
—No, gracias, sabes que no me gusta beber.
—¡Bah, hombre! ¡Esto no emborracha! Sólo te pondrá contento...
—En efecto, y luego será imposible remediarlo.
Agustina, acostumbrada a aquél tipo de efugios inconcebibles, que luego desembocaban en un largo diálogo sobre la fuerza de la formalidad, prefirió respetar su incómodo puritanismo. No obstante, algo molesta con su invitado, detuvo un momento la algarabía para dejar que hablara Julián. Los ojos de las secretarias, desencajados por el vino, se iban tras los hombres que entraban al local, e incluso alguna se atrevió a entablar propuestas indecorosas con un par de jóvenes rondadores. A la gran mesa central se iban añadiendo cada vez más desconocidos, parásitos que no habían sido invitados, pero que por husmear tanto perfume femenino y encandilarse ante los señalados escotes, decidieron sumarse a una fiesta que ya rayaba la locura. Como dijimos, Agustina intentó poner orden en aquel desbarajuste orgiástico, dando algunos golpes en la mesa para llamar la atención.
—¡Eh, un poco de silencio, por favor! —gritó Francisca, al ver que la jefa se había puesto en pie y rogaba que la escucharan.
Agustina, algo mareada pero con la voz despejada y grave, aguardó a que todos callaran.
—Oye, morenita, ¿qué tal si nos vamos a dar un garbeo por mi casa? —dijo uno— ¡Aquí hay tanto silencio!
—¡Calla, tonto! —respondió la otra— ¡Yo no abandono a mis chicas!
—¡A callar! —se impuso Camila— ¡Que va a hablar la jefa!
Por fin, tras muchas reprimendas, susurros y gritos de silencio, consiguió haber orden en el gallinero.
—Mis queridas amigas, estamos siendo descorteses con nuestro amigo Julián, ¡el único hombre que ha querido venir con nosotras!
Sonaron majestuosas carcajadas. Julián callaba, ruborizado, confuso.
—Es por ello que debemos ofrecerle algún obsequio, ¿no creen? ¡No quisiera ni por todo el oro del mundo que se sintiera incómodo entre tantas mujeres!
—Por favor, yo... —tartamudeó Julián, cada vez más molesto con aquella ridícula situación. Estaba convencido de que aquella afrenta, aquel ridículo que le querían hacer, era fruto del contento estimulado por el alcohol, y pensó para sus adentros que la gente cuando bebe pierde totalmente el juicio, provocando situaciones bochornosas.
—¡Que pase una noche conmigo el jabato! —gritó una tal Lidia, levantando de pronto las cejas de Julián.
Y volvieron a brotar las risas, los griteríos, y cada cual siguió haciendo su fiesta particular, según contara luego Julián Baeza, parecía uno de aquellos lúbricos festejos que se celebraban en la época romana. Agustina Ochoa, que vio cómo sus empleadas reanudaban el jolgorio, ya no pudo contenerlas, y acabó sentándose, discretamente, casi mareada, olvidando que hubiese dicho nada de don Julián.
—¿Por qué ha hecho usted eso? —inquirió Julián, molesto por que lo sacaran de su anonimato, de su indiferencia.
—Creí que te gustaría sentirte como en familia, —respondió mecánicamente la jefa— ¿no te sientes mal? ¡estás tan callado!
—No se preocupe por mí, enseguida llegará don Fernando y tendré con quien hablar.
—¡Don Fernando! ¡Valiente estúpido! Ese ser es incapaz de no leer mientras come, no hay quien lo aguante.
—Reconozco que es un tanto extravagante, pero es un filósofo conmovedor...
—¡Pero hombre, por Dios!
—Ya sé, ya sé, debería de hacer lo que se acostumbra en estas situaciones: divertirme, reír, bailar, hacer el imbécil...¡la sociedad obliga!
—No tienes por qué bailar si no quieres, con que hables conmigo un rato es bastante. ¿No has pensado que yo también podría estar aburrida?
—Lo ignoro, pero eso no creo que sea muy digno para usted siendo como es la anfitriona.
—¡A veces la sociedad nos impone un rango que no queremos desempeñar!
—Nada más cierto, y por eso mismo no estoy dispuesto a perder el juicio como esas estúpidas borrachas.
—Pues no bebas... Te vienes conmigo y charlamos un rato.
—No debería usted salir, le dará mala fama, siendo como es la directora, no atender a sus invitadas.
—¡Por Dios, Julián, deja de recordarme mi obligación! ¡Al diablo la obligación! Quiero salir contigo...
—Aceptaría gustoso, pero don Fernando debe de estar al llegar...
Agustina Ochoa, a punto de sentarse sobre sus rodillas, hizo un gesto de desaprobación y volvió a sentarse en su butaca. Se sentía pesada, llorosa, como si los ojos se le fueran a caer. Su amiga Lidia, que entre el deliquio jocoso de la sangría había escuchado la conversación, exclamó de pronto, levantando de nuevo las cejas de Julián.
—¡Tío, cualquiera diría que eres del otro bando! ¡Fernando, Fernando, siempre Fernando!
—No es eso, Lidia, Julián es simplemente un hombre de otro mundo.
—¡Un marciano! —exclamó y rió sola su gracia.
—Tan sólo un hombre —respondió lacónico el propio Julián, con una mirada enigmática.
Julián Baeza, echando crueles miradas a Lidia González, que al parecer tenía los ojos en otro mundo, no dejaba de buscar champiñones que se le caían al suelo. Al rato miraba la hora, repitiendo para sus adentros: «¡No sé dónde se habrá metido este don Fernando!». Y Agustina Ochoa, que ya parecía haber desistido de su propósito, charló desenfadadamente con Camila y Francisca, y con dos apuestos parásitos que se les habían cosido al cuello y parecían acosarlas siquiera antes de conocerlas. Julián, ajeno al sentir voluptuoso que propiciaba aquellos comportamientos, los miraba de reojo y murmurando para sí: «¡Dios mío, que cuadrilla de imbéciles borrachas!».
—Ah, así que te llamas Francisca, ¿eh? ¿de qué me suena a mí Francisca?
—¿Estuviste con una Francisca en Valladolid, no? ¡Como nunca recuerdas los nombres!
—¡Jajaja...! ¡Qué pícaro tu amigo!
—Quita, quita... no me acuerdo de ninguna Francisca, y si hubo alguna no estaba como ésta.
—¡Oh, oh, oh! ¡Qué tío!
—Háblame en serio, Germán, ¿yo te gusto? —lo interrogó Francisca, acercándose a su pecho y ofreciéndole los labios, mientras sus ojos acariciaban su sintética cabeza.
El excitado Germán sonrió.
—¡Pues claro, si estás para comerte, guapa!
Julián no podía evitar escuchar semejantes coloquios entre sus compañeras de trabajo y sus ligues, eso sin dejar de preguntarse qué habría sido de su amigo don Fernando. Iba ya por el tercer plato, cuando le llamó la atención un joven de corta edad, rellenando la boca de Camila con cerezas para proceder después darle un beso. El beso largo, compacto, les extasió por unos momentos hasta que Camila devolvió las cerezas y ambos explotaron de risa. Otras amigas se hacían una foto, abrazadas, coquetas, con una sonrisa frívola que denotaba el satírico símbolo del regocijo, predecesor a la orgía. Pronto alguna de ellas, si no todas, acabarían subiéndose a la mesa a bailar. Los jóvenes camareros chinos, no acostumbrados a tales festejos, habrían arrojado también las bandejas y se habrían unido a la jarana. El dueño era amigo de Agustina Ochoa, así que no tendrían problema en cerrar las puertas, bajar las luces, encender la música y apagar la televisión. Aquel restaurante, a juicio de Julián elegante y lujoso, estaba a punto de transformarse en un pub a medianoche. La metamorfosis sólo dependía de que la mayoría de las personas allí dentro manifestasen un estado emocional adecuado para lucir sus cuerpos en el voluptuoso bailoteo. Julián Baeza se lo veía venir, y se secaba el sudor de la frente con un pañuelo. Agustina Ochoa, cada vez más fuera de sí, se había sentado más cerca de él, para abrazarlo, para acosar sus labios y pasar por alto sus delicados escrúpulos. Hablaban, casi susurraban, la una apasionada, el otro subterráneo, escabroso, impasible.
—Vamos, Julián, vámonos a mi casa.
—¡Mujer, por Dios! ¿qué ideas son esas?
—Ah, venga, hombre, no te pongas nervioso, ¿no ves que estoy rendida? ¿No ves que me traes loca? ¿No has pensado que con un simple “sí” pueden hacerse realidad tus sueños de placer? ¿nunca has sentido nada parecido?
—¡Cursilerías! ¡Locura, sueños, placer...! ¡bah! Yo puedo ser tan vehemente como el que más, pero nadie va a hacerme creer que con una noche de fruición sexual se van a resolver mis problemas, mis eternos problemas. En estos momentos estoy buscando la clave para acabar mi novela y tengo a la crítica que se me sube a las barbas. Contén ya tus lujuriosos impulsos, Agustina, esa dramatizada pasión de mujer débil que ha despertado en ti esta sociedad hedonista. ¿No ves que mañana saldrá el sol como todos los días, y nos levantaremos los dos en una misma cama, solos, presos de un placer animal que no nos hará sentir más dichosos en el futuro? ¿Acaso crees que serás más venturosa por satisfacer una apetencia que nunca llega a embriagar? Tómate un café, vete a la cama y recupérate de tus desvaríos... ¡Yo espero a Fernando!
—¡Ah, eres imposible, desgraciado! ¿Por qué me habré enamorado de este espécimen? ¡Moriré un día de desesperación! No, nada de morir, antes me entregaré a los brazos de otro hombre y entonces te arrepentirás de no haber aprovechado esta bella oportunidad. ¿Y si Fernando no viniera?
En aquél preciso momento, apareció un hombre que no llegaba a los treinta años, encorsetado en una camisa blanca, una corbata oscura, pantalones a juego y unos zapatos negros que desprendían betún. Era Fernando, sí. Sorteó algunas mesas, buscando a su amigo, tropezó con un camarero que llevaba unas copas de champán, salpicándole una de ellas en el cuello de la camisa. Le cogió una servilleta al camarero, que se disculpó como pudo, y después de frotar durante unos minutos sin que llegara a desaparecer la mancha, creyó ver a su amigo Julián, de espaldas, con una mujer que le rodeaba el cuello, buscando la comisura de sus labios. Se acercó a él, indiscreto.
—¡Hola, muchacho! —interrumpió don Fernando— ¡No sabes lo que me ha costado encontrarte!
Agustina oyó la voz de don Fernando y sin mirarle siquiera, cayó rendida sobre su asiento. Julián había cerrado los ojos, creyendo que iba a morir. Cuando oyó la voz de su amigo, se volvió para saludarle, sonrió con sarcasmo y le dijo:
—¡Fernando, llegas llovido del cielo! ¡Creí que ya no venías!
—No sabes lo ocupado que he estado, tengo un contrato casi firmado para la publicación de mi próximo libro y pensé que te gustaría saberlo.
—¡Hombre, pues cuánto me alegro! ¡Enhorabuena!
—Gracias, hombre —respondió Fernando, halagado—, pero ya sabes que estoy impaciente por leer el tuyo, ese que titulabas Borregos y gallinas. ¿Has conseguido acabarlo?
—Estoy escribiendo el último capítulo. ¡Quiero acabarlo antes del verano!
—¡Hombre, nos tienes impacientes! Espero que lo publiques pronto. Por cierto... ¿he interrumpido algo?
—No, qué va, estábamos ya casi terminando. No queda mucho que hacer aquí.
—Ah, ¿entonces podemos irnos? Anoche encontré en mi casa unos apuntes sobre la vida de Cagliostro que tomé en una conferencia en París, cuando estuve allí el otoño pasado. Nada más verlos, me sonreí y me dije: «¡Esto le gustará a mi amigo Julián!». Siento no haberlos traído conmigo, pero ahora mismo vengo de la editorial, los tengo en mi casa.
—¿De veras? ¡Entonces vámonos a verlos!
—¡Vamos, pues!Las aguerridas secretarias, joviales, alborozadas, habían perdido del todo el juicio; la conversación se escapaba por inefables entelequias, no quedando razón ni sentido en las palabras que casi pronunciaban. Apenas notaron la rapidez con que Fernando había venido y se había marchado, ni la misteriosa falta de Julián, que dejó una silla vacía, junto a Agustina Ochoa, que continuaba quieta, inmóvil, riendo indiferentemente a las gracias de sus empleadas y tratando de mostrarse tan fascinante como ellas. Pero sus delicados ojos, arrobados, continuaban perdidos en algún sitio del local, quizás indagando en atribulados pensamientos que su sentido del placer no podían contener. La jefa estaba sola, triste, mientras reía. La fiesta se disolvió una hora más tarde, y la alegría dispersó a las secretarias, que fueron a saliendo en diferentes grupos que armaron sendos estropicios en diversos lugares de la ciudad. Pero según lo que recuerdan quienes guardan algo de esta cena en la memoria Agustina Ochoa no estaba entre ellos, ni se la vio después hasta que un lunes apareció en la oficina con el mismo rigor de siempre. Cuentan los chismes de la empresa que desde aquel día no volvió a emborracharse, y cada vez que se entrevistaba con Julián Baeza, le sonreía tímidamente, haciéndole sonreír también a él.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
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