Confesión y fuga. Mi despedida del instituto

Ya no llueve, ya no veo caer el orvallo, entretenido con una taza de café. La vida ha rodado, marchitándose la flor, renovando el olvido y cubriéndolo todo de un sempiterno hastío. Las clases concluyen, nos dispersan, como cuando a los prisioneros de guerra se les da la libertad. Solos. Frente a un panorama tremendamente yermo, seductor para algunas almas ardientes, pero melancólico para los que viven ya entre las sombras otoñales, caminando bajo los álamos, o sorteando de portal en portal, resguardándose de la granizada. Salgo a la calle, no hay viento, no hay nubes; la tierra está muerta. No se oye un alma, sólo las escandalosas golondrinas chillan, se persiguen unas a otras, se gritan, se insultan, como seres humanos. Yo las veo desde mi balcón, desde mi tedioso balcón, donde paso mis horas de insomnio. Los niños no dejan de jugar en la calle, a decirse tonterías; corren, lloran, se caen, se levantan, mientras sus padres los arengan desde los balcones. Los balcones de mi callejón. Un vecindario, una casa en frente de la otra, unos vecinos que se conocen en espíritu, o incluso, de vista, pero que no se saludan al pasar. Pero nos conocemos, claro que nos conocemos. En nuestras comunes horas de aburrimiento, los unos espiamos a los otros, a través de las ventanas, perpetramos en su arcano hogar, sorprendiéndoles mientras se fuman un puro con los ojos clavados en la televisión. Yo sé quiénes leen, quiénes juegan, quiénes se pelean, y conozco uno por uno todos sus quehaceres monótonos. Poco tenemos que hacer, y cuando yo dejo vagar al espíritu, probablemente ellos me observan desde sus ventanas, y si distinguen que me río, indagan en su recuerdo si han cometido alguna excentricidad que los convierta a ellos mismos en la causa. Yo no sé muy bien de qué me río, pero casi siempre me acuerdo de algo gracioso. Otras veces lloro, tumbado sobre mi cama, y largo a mi padre unos discursos emotivos que bien podrían transcribirse en una comedia trágica. Pero siempre los olvido, luego me voy a dormir tranquilo, satisfecho de haber cumplido con mi dosis de lágrimas, y a la mañana siguiente, me despierto, como si no hubiera pasado nada.
La fiesta de las hogueras se acerca. En mi callejón ya han puesto unas luces intermitentes en honor a la fiesta alicantina. Una patochada popular, a la que se han añadido excesivos litros de alcohol y doscientos mil batios de potencia en música nocturnal. También hay bailoteo. Recuerdo que los pobres desgraciados que intentamos dormir acabamos casi siempre encendiendo la luz a las dos de la madrugada. Intentamos leer. ¡Imposible! Pero no son las musas que nos zarandean para que escribamos, no es una poesía inédita que bulle en nuestra mente, sino el miserable ruido de los petardos que ofusca el intelecto de las almas durmientes. Son noches de fiesta, horas de salir a mezclarse con la plebe, y saltar, y chillar, y hacer un montón de locuras de las que luego, en la vejez, nos arrepentimos. Hace poco unos estudiantes charlábamos sobre lo que va a ser de nosotros una vez que hayamos abandonado el instituto, ese campo de concentración, donde se tortura a los adolescentes bajo un régimen de madura ignorancia. Las vacaciones y la fiesta se aproximan, y cuando quemen las hogueras a las doce de la noche el día de San Juan, estarán quemando catorce años de estudios desde el escalafón más bajo, catorce años que se van al demonio en un abrir y cerrar de ojos. Un contertulio, agotado de estudiar, amenazaba con incendiar el compendio de sus apuntes una vez acabada la selectividad. Era inteligente, una solución típica de los que azuzados por el placer del pirómano no distinguen si lo que quema es un papelorio o los archivos de la Corona de Aragón, si es blanco o negro. Si al final todo será negro. Al final todos ellos seremos cenizas. Nosotros y nuestro endiablado conocimiento. Volveremos como esas hogueras a la nada estrepitosa, al sarcófago más sombrío. Y nos acordamos de ello en nuestra cama, mientras ordenamos el desgobierno que han efectuado escasas horas de sueño. Nos hace evocar que, como los genios, también desapareceremos, y que cuando Dios deje de soñarnos, de pensarnos, seremos un ente que pasó sin dejar huella.

Oscura noche de veteranos, noche que jamás viví entera, pero que entre todas las de mi vida se ha ido formando. He soñado millares de poemas que se han quedado en los brazos de Morfeo, y la noche siguiente, al volver a ellos, he visto que ya no estaban. Otros pudieron ver el brillo de la tinta, y verse de pronto convertidos en ligera poesía conceptual. En esas noches perrunas, donde yo planifico mi vida, y recuerdo los escasos amores de mi niñez que jamás me han satisfecho, acabo llorando, como si en el lapso angustioso me derritiera, para volver a edificarme a la mañana siguiente. Recuerdo que de mañana me despertaba como un perro al sol, un perro sin casa, sobre una cama enorme, en la que a veces me pierdo sin encontrar una mano afectuosa. Luego me levanto, con un humor horrible, y me acerco al impasible aseo, casi siempre ocupado por mi hermana. Es absurdo, en una casa de seis personas no existe el tiempo, pasa como un rayo. O dictadura, o capitalismo salvaje. El lobo es un lobo para el hombre, y más aún en su propia casa. Es por ello que se implantan esos regímenes domésticos que a veces nos recuerdan a la Unión Soviética. Racionamiento de pan y agua, pagar por beber zumos, por comer chocolate, apuntar lo que ingiere nuestro estómago y llenar una pequeña hucha por cada ración como impuesto extraordinario. Lo dicho, esto es la URSS. La mente calculadora de mi hermana contiene en sus archivos mentales la fecha de caducidad de cada producto, el precio y sus variaciones anuales, conociendo al pie de la letra la cantidad de sodio de cada cual o si tiene o no colesterol. Es inteligente, al cabo, y tiene su toque pintoresco. En tan miserable estado, imposible sobrevivir a un verano...

Pero, ¡calla! La selectividad se aproxima. Esas noches insufribles, llenas de fragor, luz y espanto poco tienen que decir. Antes habrá manos en vela, donde podré descansar mientras pienso, cosa que no suelo hacer durante el día. Podré dibujar en mi mente la empinada montaña que se me presenta: la universidad, el mercado laboral, la adquisición de una vivienda, encontrar eso que el romanticismo cursi llama la mujer ideal e idear un sistema doméstico en que no predominen las ideas colectivistas y dictatoriales. Por la mañana, para colmo, suena la cadena Ser en la radio de mi compañero de habitación. Nunca madruga, y el despertador suena a las siete de la mañana. Cuando madruga, es para dispensarme de entrar primero a la ducha. Casualidades de la vida doméstica. Si yo me despierto a las siete, él lo hace cinco minutos antes. Si yo lo hago a las ocho, él se me adelanta unos segundos. Con que siempre al levantarme, el único baño de la casa, el baño colectivo, está ocupado por mi camarada hermano. Suerte que es colectivo. Suerte que, cuando hemos de ir algún sitio, siempre llegamos tarde. No es divertido contar los misterios que rigen el interior de un hogar contemporáneo, pero a estos niveles se encuentra hoy la literatura digital bloggeriana. Hemos pasado de hacer el amor filial a contar las adversidades de la guerra, y la vida doméstica es una guerra de las peores. Sobre todo en verano, cuando cinco individuos se encuentran tres meses dentro de una casa. Es necesario huir, huir lejos, a París, quizás, donde el aire es menos cálido y no se tropieza uno con impertinentes desconocidos por la calle. Todo el mundo habla francés, menos los extranjeros. Yo aún no he leído Memoires d’outre toumbe en su idioma original, y sería cosa eminente irme a la Ciudad Luz a leerlo. ¡Imposible! Mi nivel de francés es pésimo, pero debe de ser divertido leer sin entender nada. Sólo es necesario saborear la dulzura del idioma baudelairiano. Mientras uno espera su futuro incierto, pocas cosas se pueden hacer, poco encanto queda que admirar, pocos amigos a los que agradecer y un montón de confesiones que revelarle al mundo. Decirle que no tengo intención de ser como ellos, ni ser como nadie, y que aunque todos poseamos ese insufrible gregarismo, al menos yo no me siento nada orgulloso de él. Me miran, me observan cuando digo algo salido de tono, cuando me revelo contra la norma. Porque en una sociedad igualitaria todos debemos ser iguales, todos somos sapiens, todos somos animales sociales, todos somos un número en el carné de identidad. Conociéndose diez o veinte combinaciones de gustos, podría conocerse a la humanidad entera, salvo a las raras excepciones que reniegan de ese instinto de manada. Tengo ganas de conocer personas, no borregos, pero cada día me convenzo de que nací en medio de un rebaño lanoso. La lana me oprime. Yo necesito ser una oveja descarriada. Admiro la vida de un mítico hijo pródigo, que al volver no encuentre un padre amoroso con los brazos abiertos, esa es otra historia. Al volver encontrará una yunta de cerdos dispuestos a afiliarle a su prole. Pero, ¡voto a Dios! que cada vez que el mundo y yo nos encontramos no será para que uno devore al otro, sino para que tengamos un diálogo de borrego a borrego, y reflexionemos seriamente, si no es mejor ir por libre que con el rebaño, estando este rebaño gobernado por una voluntad arbitraria, diabólica y gregaria, donde el poder de la mayoría se impone a la verdad y a la mentira. No hace falta ser una oveja negra para distanciarse del rebaño, pero es más fácil cuando se es despreciado. Y la oveja que se aleja, ya sea por hundirse en tenebrosos pantanos, acaba por volverse negra, o quizás sea que el rebaño vea siempre de otro color al que no obedece al perro pastor. ¡Diablos! ¡Qué bonito sería un rebaño de ovejas negras!

No, no, lector, ya no llueve. No. Puede que para usted esto constituya un motivo de alegría, para salir a pasear por las avenidas bohemias, donde los violinistas ambulantes tocan Las cuatro estaciones en ese tono evocador. Pero para mí es el inicio de la tragedia, la causa de mi inmediata locura, el génesis horrendo de mis liberales usanzas. Lejos del rigor corbatero y abetunado, yo prefiero despojarme de cuantas prendas pueda, de la camisa si es preciso, si he de sobrevivir en este antro de soporífero calor. Nadie me sorprenderá mirando por la ventana, pero puede que me sorprendan a mí cuando yo no mire. Resulta tan horrible pasar un invierno entero con la ventana cerrada, tan sólo abriéndola unos instantes por causas de ventilación. Es patético, degradante. ¡Abramos, pues, las puertas, salgamos de esta gruta inhóspita! Quedan cinco días, y seremos liberados de nuestras cadenas. ¡Abajo, pues, los corchetes! ¡Viva la Libertad! ¡Adiós a la robusta mole del IES El Plá! ¡Quién sabe si una de esas gotas frías septembrinas acabará degradando tu impecable ladrillo o empañando tus acrisoladas ventanas! Y si lo hace, ¡mejor! El instituto acaba, el verano viene, huyamos entonces a París, ciudadela de artistas. Ya no llueve, no hay nubes. ¡Huyamos, pues!

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2 comentarios

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Marta
admin
20:39 ×

"Fuir, là-bas fuir! Je sens que des oiseaux sont ivres..." (Huir, huir allá, advierto que hay pájaros borrachos...) Ya lo dijo Mallarmé.

Impecable, Samuel. Enhorabuena. Efectivamente, tras la lectura dan ganas de arrojar los libros al suelo y salir corriendo no sé si a París, pero si hacia el norte, lejos, muy lejos, donde los polenes de primavera no lleguen, y todas esas manadas embrutecidas que se tuestan al sol de la ignorancia no puedan alcanzar.

Por cierto, aquí no hubo gota fría. Algo peor. Ahora, en la fachada de mi antiguo instituto una lápida con una inscripción sentencia: "Abajo el capitalismo, abajo el trabajo" Quizá sea que en su interior había cadenas...

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Moribundo
admin
20:33 ×

Me gusta vuestro estilo , os incluyo a mis favoritos.

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