Cúpula inhabitada

La cúpula del Duomo. Siempre. De un solo Duomo, inalterable; no así en mi memoria difusa, híbrida. Como si una ráfaga de viento hubiera traído hoy ese recuerdo, esa nube, me limito a verla pasar y saludarla. ¿Por qué aquellas dos escuálidas profesoras no nos llevaron de excursión a Florencia aquel sábado perdido en un noviembre de calendario irrecuperable? ¿Por qué? ¿Qué demonios tenían que hacer en la Umbría ellas solas? ¿Por qué se deshicieron de nosotros y nos dejaron herméticos en Terni, teniendo que soportar así un sábado típicamente insulso en una casa desconocida? ¡Yo quería ver el Duomo! Y la Toscana. Quería ir a la Florencia, la auténtica Florencia que tantas páginas ocupa en las estanterías y en las postales siempre ajenas. Todos queríamos ir. Bueno, exceptuando aquellos dos imbéciles tataramundis cuyo único interés durante todo el viaje era apelar a la simplicidad de una fémina italiana en estado ebrio y con tendencia solidaria en su mano. Pero debíamos haber ido en autocar a aquella espléndida ciudad. No fuimos. Las astutas profesoras nos abandonaron a nuestra suerte y riesgo durante todo el fin de semana. Quién sabe a cambio de qué antiguo amigo de movidas hippies u otro compañero de universidad interesado por las vibrantes líneas de Dante u Horacio fueron a tomar café ese sábado otoñal e insípido.

¿Estábamos en Italia, no? ¡Qué narices! Así sé que volveré. Aunque sólo sea por centrar mi vista en la cúpula del Duomo. Mejor no haber ido. No voy a morir joven, estoy segura. Ahora no es fácil morirse. Todo lo contrario. Un ataúd es un sinfín de jaquecas burocráticas y negocios obscenos a la sombra de largas listas de números cuya única utilidad es la simulación de dinero fiduciario. Pues ya está. Todo resuelto. Me voy a Italia a ver un Duomo. Cuando sea. De algo tendrían que servir aquellas veinte horas de italiano fluido –e igualmente olvidado— con un profesor nativo mezcla de Eros Ramazzoti alopático, sicótico con arrebatos hilarantes y adicto al maratón profesional. Se acabó. Terni, Roma y Asis no son suficientes ciudades. Quiero respirar Florencia. Volver a probar pizza auténtica, y no de congelador. ¡Aquellos helados! Oh, quien tuviera una máquina de helados italianos para sí mismo, sin necesidad de recarga ni de energía. ¡Quién fuera florentino! Y esos puentes sobre Arno. Y esas piazzas. De fotos, nada más. Si al menos nos hubieran acercado hasta allí, éramos chicos responsables, podrías haber visitado la ciudad en un par de horas. Pero no. Qué va. Ellas se largan a sus quehaceres y nos dejan a nuestro libre albedrío, ¿dónde? ¿Quién sabe dónde? La soltera y la amargada. Y nosotros. Hoy en día todos irreparables.

Il Duomo de Santa María del Fiore. Qué más da cuál sea su nombre original. Yo sólo quería ver su cúpula. Y nos arrojaron a la desesperanza de un aburrido sábado en un pueblacho en la Umbría, con la complicidad de una rubicunda hija única llamada Valentina cuyo único propósito en la vida era comprar pintauñas y abandonarse al jolgorio nocturno del secador. Al menos, nunca olvidaré el amanecer de sus valles, ni el catatónico paseo en coche destartalado por la carretera a golpe de acelerador y vómito.

Un buen día, al cabo de los años, te cruzas por la calle con una señora que te recuerda a alguien. ¡Voilá! La amargada profesora de inglés, aquella que nunca te dio clase, pero que sin embargo te llevó a Italia de intercambio. Sí. Claro. Y no te llevó a Florencia. No recuerdas nada más del viaje. Ni cómo se llamaba Valentina. Ni nada. Ni siquiera el olor apetitoso que se desprendía de las tiendas de comida. Ni las estrambóticas vestimentas de algunos jóvenes y no tan jóvenes que te hacían tanta gracia. Sólo recuerdas el Duomo, pero, lo recuerdas de foto ajena. No estuviste. De libros, tal vez. Porque ahora lees. No como entonces, cuando los libros se hacían ladrillos intangibles para el entendimiento, y la paciencia y el sueño se apoderaban de las pestañas con tan sólo leer un título. No. Las cosas han cambiado. Ella me saluda cortésmente. Yo reacciono. “¡Ah! Rosabel. ¿Qué tal?” Todo falsedad. En mi mirada sigue presente aquella injusticia. De modo más férreo con el tiempo. Ella cumple: “¿Qué es de tu vida? ¿Qué tal la carrera?” La carrera, dice. ¡Ja! Si usted supiera que a estas alturas ya he leído y leído libros sin atragantarme. Incluso algo de Maquiavelo. Pero, hombre: Florencia. F-l-o-r-e-n-c-i-a. Sí, sí. Venga, dígamelo. ¡El Duomo de Florencia! En lugar de eso, cumplo jovialmente yo también: “Bien, bien. Muy difíciles las matemáticas, pero bien.” Un me-alegro-de-verte. Y zanjado. Adiós. Nada más. Hasta quién sabe cuándo. La nebulosa de ira que se alojaba en mí hace años se ha disipado, al menos, en un encuentro por la calle. Y queda donde siempre, sola, abandonada, en mi interior. Para volver a recordarla otro día. Tal vez, cuando me encuentre con la solterona en la sección de compresas de algún supermercado y nuestros pómulos enrojezcan a pasos agigantados. Entonces, ¿seré capaz de arrojárselo de una vez? No. Nunca. Qué más da. Volveré solita cuando menos lo espere. En vuelos de bajo coste, mejor así. Y ellas, qué sigan con sus vidas de tétricas profesoras de instituto selvático. Y con sus amigos italianos. Seguramente ellas ya habrían pisado Florencia antes, y no querían malgastar sus dineros en unos críos enfermizos en edad del pavo y rosa. Qué bien. Le incrustan a una en las locas masas y nunca logra quitarse ese papel de encima. Afortunadamente, la que nunca fue mi profesora sino como papel puramente pasajero aún me reconoce por la calle. Es de agradecer. Pero, ¡qué digo! Un sábado otoñal. Apelmazadas, entre vómito y vómito, en un autocarro recorriendo cantinas adolescentes. Los años pasan. ¡Yo quería ver el Duomo de Florencia!
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