Donde cuclillas, paz

Nos toman por tontos. Sí, otra vez más. Ya no lo disimulan. A los ufanos ciudadanos de esta nación se nos toma por tontos de lunes a sábado. Y el domingo, para remate, por futboleros. Peor aún. No es que una tenga algo en contra del fútbol, sin embargo me espeluzna la idea de caer en el estereotipo del typical spanish. Aquél que se sube a su chándal hasta para ir al baño, con su carné de Socio número Ñ y su bocata de tortilla incluido, baila el éxito del verano en la pérgola, come pipas dejando las consiguientes cáscaras esparcidas alrededor del banco o de las sillas rojas de plástico de la terraza callejera, deja el patio interior con olor a chicharro frito cuando lo cocina, habla alto, y lleva a los críos a la superficie hipermercantil durante toda la tarde para atiborrarse a sesiones de carrito y vajillas carísimas que sirvan para fardar con las vecinas de la Plaza entre semana. “Mira, Manolo, ya me podías regalar una de éstas de vez en cuando”. Y el castizo Manolo, despistado con el calendario de partidos de la temporada, advierte la indirecta a lo lejos: “¡Angelita, por dios! ¿Para qué quieres tú otra lavadora si tienes la que te compró tu madre hace veinte años que funciona a la perfección? Coño, antes compramos la panorámica y nos suscribimos al satélite”. Resbalar el bulto, que se dice. Pero, ¿cómo quedarse al margen de tamaña generalización?

Y una más, que pasa extrañamente desapercibida entre la marabunta de titulares con la que nos despertamos cada día. Dice el terco vocero socialista: “El fin de ETA está cada día más cerca, no es momento de manifestarse en la calle”. Toma ya. No tarda en responderle Permach, como dándose por aludido, el segundón de Batasuna-ETA: “Es tarea del Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero desactivar esa bomba de relojería. Que nadie apele a la aplicación del Estado de Derecho. También el apartheid era legal en Sudáfrica, pero eso no significa que fuera justo ni conforme a las normas más básicas del Derecho”. Chúpate ésta. ¿Pero de verdad se creen que esto ocurra en un país decente con miles de víctimas a las espaldas? Y remata Permach: “Hay acontecimientos mucho más graves, como que la próxima semana se pueda encarcelar a ocho miembros de la Mesa Nacional”. A callar, nos dicen los unos.

Conservo el malestar que me produjo una Herriko Taberna hace algunos años, cuando tuve el infortunio de atravesar una calle céntrica de Vitoria, donde se encontraba una. Había un grupo de jóvenes a cara descubierta, de mi misma edad seguramente y con galas perfectamente reconocibles, que abrieron la puerta al tiempo que yo pasaba por la acera contraria, y pude observar con curiosidad la decoración interior del local. Un olor cochambroso se vertió en la calle, vi sofás agujereados por el tiempo y las movidas, goteras, útiles extraños, botes de pintura con caligrafía vasca llenando el suelo, y toda una estela de carteles colgados en las paredes, que alternaban al Ché, rodeado de ikurriñas y pintadas, con retratos tétricos de terroristas extraviados (víctimas del Estado español, según dicen). Los jovencitos subían cajas de cartón a una furgoneta color beige. La recuerdo porque era del mismo modelo que la que tenían mis padres cuando yo era pequeña. Una idea se apoderó de mi cabeza: ¿quiénes serían las víctimas de lo que portaran oculto en el interior de aquellas cajas? Seguramente llevarían panfletos o sprays baratos. Tal vez más ikurriñas, más “euskal presoak” o más agit-prop gratuito para esparcir por las ventanas o puertas de gente tranquila. Llamarían asesino a algún concejal de algún pueblo, o trasladarían los cartones a otro caserío para su redistribución posterior. Y muy probablemente todo ello acabara en ojos de gente también joven a la que camelar, en la salida del instituto, en una manifestación o en la puerta del estadio, con sus mitificaciones indecentes. Ahuequé el paso y me fui de allí cuanto antes, al tiempo que uno de ellos se subió a la furgoneta y arrancó. Bajó la calle dando tumbos, la carga debía de rebosar.

Y ahora me pregunto: ¿qué habrá sido de aquellos jóvenes? Nadie me podría negar que uno de ellos pueda estar ahora missing en algún escondrijo campechano después de que su paso a la madurez le obligara a volar por los aires la ferretería de un político español o a disparar en la nuca a uno de los representantes de las “fuerzas represivas españolas”. Puede que esté siendo imputado en el macrojuicio. O que fuera uno de los matones con los que el señor Otegui se presentó un día en la Audiencia. Con suerte, su único entretenimiento todo este tiempo haya sido el diseño de panfletos y graffitis para alardear de kultur frente a las chicas vascas, mientras gana ahorros arreglando coches en el taller de su tío o fregando platos y sirviendo txikitos en una Sociedad, y quema contenedores o cajeros en sus ratos libres. O no. La suerte también habrá podido colocarlo como un soberano demócrata en el Parlamento Vasco, tras licenciarse en Derecho con toda la facilidad, y la insolencia que ello provoca, en la muy honorable UPV. Mañana me lo podría cruzar en cualquier sitio y pasaría completamente ajeno a mi lado. ¿Y su furgoneta? Tal vez ya haya sido detonada ya. O esté en un desguace directamente, con las cajas. Quién sabe. ¿Así es la vida, no? Historias las hay. Pistolas en unos lados, nucas en otros. Y, al cabo, tenemos que contribuir a que “no haya víctimas ni vencidos”. Suena divino. Tanto como cruel y verdadero, el cuento.

El asqueroso mejunje que se traen entre manos los unos y los otros lleva aires de tragedia. O, al menos, de indignante drama. Todo esto atufa a desgracia inminente. Es de bobos comulgar con ruedas de molino, y masticar estos cuentos farfulleros no deja de ser tremendo hasta para el más pintoresco de los ciudadanos. Si no, al tanto lo que desvela el mismo Pepiño: “...De todos los gobiernos, éste es el que más claramente ha mostrado sus cartas y sus propósitos”. Eso dice el muy peregrino. ¿De verdad alguien se puede creer lo que oye? Más claramente, ojo. Y llevamos meses oyendo hablar de negociaciones secretas, de luces a medias, de silencios voluntarios, y de entrevistas secretas rayando la medianoche. Viene a ser, efectivamente, la "euforia de las mentiras" que advierte Mayor Oreja. Las mentiras que llevan a unos a decir de los otros que dejaran las armas. Y hacernos creer que la paz (¿qué paz? ¿Qué guerra?) está a la vuelta de la esquina. Un día tras otro. A todas horas: el principio del fin. Y venga con el tralará. Parece un peliculón diseñado a conciencia: damas famosas repartiendo rosas por la paz, Bob Dylan actuando a razón de dólares manoseados por Odón para el próximo julio, luego el vocero de turno sonriendo, pitos y flautas, palabras mágicas, macarras, galgos, podencos, pistolas, jueces, ahora tú, tira de la cuerda, alarga el chicle, y ¡fiesta! Nobel, sueldo y coche oficial por aquí. Sueldo, coche oficial y dictadura por allá. Qué más pedir. ¿Alguien recuerda las tumbas? Sí, las tumbas. Todos esos muertos que una vez fueron asesinados inocentemente por las mismas aspiraciones independentistas que ahora se barajan sobre la mesa. Ni mu. Silencio, piden. Ya ni siquiera tienen un mínimo de respeto y se limitan a engatusar a la gente con sus patrañas electorales. También obligan al resto, víctimas del terrorismo incluidas, a callar. No es tiempo de manifestarse, ¡je! ¿Y ha sido tiempo de manifestarse alguna otra vez? ¡Claro! Cuando el Partido da la orden de salir a la calle. No hay más. Nadie más. Los del Partido. El resto, chitón. A obedecer se ha dicho, o a sonreír al tiempo que se grita: ¡sí, presi, queremos el fin, queremos la paz!

Lo cuecen para junio. Lo anticipó el Presidente en su dorada jornada bilbaína, a la vez que unos encapuchados pintaban batzokis, en una muestra más del sutil terrorismo callejero, irrelevante. Junio. Cuando el españolito de a pie se afana en supervisar las tareas de la agencia de viajes con su apartahotel para un pack Benidorm-agosto especial, distinto a otros años, único. Cuando los universitarios –dícese de todo joven viviente capaz de escribir con faltas de ortografía, exceptuando al Gran Pepiño, que ni eso— se codean con los exámenes y las fiestas pre-post-exámenes. Cualquier excusa, si estamos en el país de las parrillas. En junio: cuando las alergias dejan paso a los michelines sobresaltados por el borde de la camiseta veraniega más apañada, y las hormonas efervescentes claman piedad tras los tacones sueltos. Pues para junio sea. Y, claro, como buena recepción que se preste, ha de ir acompañada de guiños y entremeses. Los terroristas reclaman, explícitamente, destruir nuestro Estado de Derecho en aras al apartheid sudafricano. Es inaudito. Y ordenan la inminente intercesión del ejecutivo en el sistema judicial, ya de por sí suficientemente demacrado. ¿Acaso creen que el Gobierno se ha negado alguna vez? Ninguna. El mismo Dylan, que actuará en San Sebastián a la invitación de Elorza: “You think you'd like to play ball with the law? […] Now all the criminals in their coats and their ties are free to drink martinis and watch the sun rise. […] An innocent man in a living hell.” ¿La historia de Hurricane? Se repite. Aquí, ahora. Qué cosas tiene la música.

Y aunque sólo sea por llevar la contraria a la norma oficial del chitón, el próximo 10 de junio iremos a Madrid. Ni exámenes siquiera. A gritar bien alto en contra de la sumisión a las órdenes de terroristas con estoques, y de políticos de farsa nacional. ¡Nos toman por tontos! Lo más obsceno es que algunos lo son, mientras se pavonean de ello con orgullo y gallardía ante los demás. “Por el partido, Angelita, doy lo que sea“. ¡Por el Partido! Tercia nuestro españolito pedestre. Eso se creen, que todos somos así. Mas, aunque sea lo último, en este país también se gritará por la Libertad. Y sin sonrisa, ni rosas blancas ni espinas negras, sino con manos blancas y lágrimas.
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