El fenómeno da Vinci. Una crítica (más) a Dan Brown

Una noche cualquiera, tras acabar los exámenes, quedé con unos amigos para ver la cacareada película de El código da Vinci. Como sabrá el lector, no era mi propósito seguir a la marabunta de librepensadores anticatólicos que acuden emocionados a descubrir la fábula del cristianismo, para luego ensañarse en enfermizas diatribas con los curas. Entramos entre la gente, la mayoría eran jóvenes atraídos por el poderío de la publicidad, sin extremado interés teológico, histórico o diversivo. La Mona Lisa nos miraba, enigmática, preocupada, con un aire inmortal. Compramos las entradas, y entramos en esa sala oscura, casi iluminada, en que hay tantas personas sentadas, comiendo palomitas y viendo en la panorámica los trailers de los próximos estrenos. Nos sentamos en la fila de atrás, solos, preparados para lo que íbamos a encontrarnos. Apenas empezar la película, el heroico sonido y las imágenes expeditas, vertiginosas, nos hicieron soltar la adrenalina de rigor. Los personajes, como en la novela, eran huecos, prosaicos y estatuarios; no había pizca de realismo en el postizo Tom Hanks, ni en la agitadísima Audrey Tautou. Nos gustó algo más la actuación de Ian McKellen, pese a la catadura del siniestro intelectual. Quizás el acento francés de Tautou y los policías ocultara la inadaptabilidad de las voces de doblaje, resolviendo unos diálogos que dejaban bastante que desear. Durante la mayor parte del film, estos actores en movimiento arrastran una cabeza rígida que argumenta con asombrosa prestancia entresijos indescifrables y la hacen correr en salvajes persecuciones automovilísticas. Cuando no, el retorcido sir Leigh Teabing, cuya alma a veces toma en posesión el propio Dan Brown, habla por su boca perniciosas injurias contra la Iglesia Católica y horrendos disparates que ha despertado la mofa de algunos historiadores.

Pocos ha habido que no se hayan pronunciado, a favor o en contra, de la infecta novela. Y los que no han querido leerla, presos del vicio audiovisual, han esperado a ver la película para pronunciarse. Pero eso sí, hasta quien no ha leído la novela ni ha visto la película, sabe que los curas mienten, todos mienten y remolcan en su pasado la leyenda negra de sus togas dogmatizantes. Da Vinci, supuesto miembro del Priorato de Sion, adivinaba la verdad en sus cuadros; sacaba de debajo de las piedras engaños subterráneos que han permanecido ocultos durante siglos. No sabemos si tales entelequias sólo existen en la cabeza de un prestidigitador bestselerista, pero desde luego ha armado un gran revuelo en los sectores conservadores de la iglesia.

Lejos de toda apreciación formal, que ya habrá historiadores y teólogos con mejor ingenio que el mío, yo quisiera rescatar de este revelador estreno, esta película insondable, el particular ejercicio de halagar a las masas. Rondan por las mentes de Robert Langdon y Sophie Neveu un insoportable frivolismo fónico, al parecer instaurado en la mayoría de los guionistas de Hollywood. Si el libro ya era de por sí avinagrado y frío, saltándose a la torera el complejo ejercicio de crear entes de ficción, la película no deja de ser una réplica de aquél. Un espasmo, un santiamén, una veloz imagen captada por el autor en el sincronismo de la lectura, pero nada más. Robert Langdon tan solo existe cuando habla, incluso, cuando mira, pero apenas vive en sus facciones ese espíritu trapisondista y sabiondo que caracteriza la novela, ese despreocupado cinismo que trata la vida como si fuere cualquier cosa. Redunda en etapas de acción, como si temiera encontrarse con el lector en un momento dado. La visibilidad del relato también es mala, a mi juicio, ya que aunque procura ser entretenida, participa en exceso de unos casuales misterios, naturalmente inverosímiles, que se resuelven casi por milagro y hacen la secuencia un conjunto disparatado de imágenes en acción, concatenadas por un hatajo de casualidades. Es casi como la labor demagógica en que se ha implicado el propio autor, convirtiendo en realismo mágico, o magia realista, El código da vinci. Insistirá el bueno de Dan Brown, que por cierto se confiesa cristiano, en que su novela no debe interpretarse como un ataque hacia la antiquísima institución del cristianismo. No sé cómo, pero sí es cierto que muchas, y muchos, feministas puedan simpatizar con el espíritu políticamente correcto que rodea la película, instituyendo en los tiempos del emperador Constantino una imprevista sarta de machismo neocatólico del viejo, casi por arte de birlibirloque.

Acaba la película, en efecto, con un final agrio, exponiendo el propio Robert Langdon unas teorías que habitualmente se escuchan en los patios de colegio, basadas en el respeto mutuo y el relativismo moral presocrático. Que sólo importa lo que uno cree, que el valor de la creencia no se halla en sí misma sino en el precio que le damos, y que por supuesto la verdad no se haya vinculada en concreto a ninguna idea en particular. Temo que la historia pura, no interpretada, se oponga a tales premisas, pues la labor del historiador es escribir los hechos tal y como sucedieron realmente, de modo que aquél se aparta de la historia vive su propia entelequia, convirtiéndose a sí mismo en un pensador de ficciones. Pero mientras nos cuadre, no sólo ya tenemos derecho a decir que la Tierra es plana, sino que merecemos tan formidable respeto por dar crédito al disparate que se aplaude nuestra vetusta forma de pensar. El fenómeno da Vinci, que arrastra centenares de masas, no se manifiesta conforme a los planes del marketing editorialista, más bien se revela como el espíritu simplista de la humanidad, la obsesiva tendencia a convertir en realidad aquello que sólo pervive en nuestra almidonada utopía. No ha podido ser más oportuno, pues cuando la evidencia se convierte en enigma ya no hay quien no dé lugar a conjeturas, sobre todo si partimos de una duda enfermiza hacia el prejuicio anticlerical, o mejor diríamos, a la equívoca madurez de quienes falseando la realidad quieren construir su propio arquetipo en la verdad absoluta. El reiterado mal gusto de las masas parece haberse convertido, por fin, en esperpento. Los inocentes también parecen serlo, y los intelectuales relativistas, casi prefieren callar ante una ficción realista que no les disgusta del todo. Habrá que ver todavía, por desgracia, muchos otros desatinos literarios y cinematográficos. Así está el patio.
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2 comentarios

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NUMINA
admin
16:06 ×

Me gusta el blog. La mayor parte de las veces comparto las visiones que se plantean en el pero esta vez no estoy de acuerdo del todo. Polémico fenómeno sin lugar a dudas el del Código a Vinci; Ya he tenido la ocasión de leer sobre el tema en varios blogs. Lo primero que me gustaría decir es que estoy de acuerdo en lo que respecta a los actores. El personaje al que da vida Tom Hanks carece de profundidad y de personalidad. Pero ¿Es realmente tan descabellado el contenido de la película? ¿Acaso merecen más credibilidad la versión oficial o cualquier otra? Es indudable que la religión cristiana ha sido capaz de adaptarse a los tiempo que corren mejor que muchas otras, y en especial mejor que la religión musulmana ya que ésta es el centro de una cultura teocrática y fanática en que no se respetan los derechos humanos y en que las mujeres son vistas como animales (I support Denmark). Pero que la religión musulmana y la cultura a ella asociada fomenten el fanatismo y la injusticia no quiere decir que la religión cristiana haya sido una religión coherente y justa. Lo menos malo no tiene por que ser necesariamente bueno. A día de hoy no hay una explicación coherente a la pregunta de por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes. ¿Es que las mujeres no son seres humanos capaces de sentir amor por un Dios? ¿Y por qué los sacerdotes no pueden contraer matrimonio? ¿Es incompatible sentir amor por una mujer e hijos con difundir la palabra de Dios? También es paradójico que Jesucristo fuese asesinado por oponerse a lo establecido en su época y que siglos más tarde la iglesia que le representa fijase unos dogmas incuestionables cuya crítica podía suponer no menos que la muerte (véase Miguel Servet) O que Jesucristo estuviese rodeado de pobres y humildes mientras que la Iglesia institucionalizada siempre se ha visto tentada por estar bajo la protección del poderoso. Al margen de la visión de Dan Brown (no exenta de algunos errores históricos) no se puede dudar de que el cristianismo institucionalizado olvidó sus orígenes. Puede que Nietzsche no estuviese tan desencaminado. El cristianismo (y más aún el catolicismo, su versión más dogmática e institucionalizada) siempre han tenido como base un sentimiento de debilidad, remordimiento, autocensura, compasión, miedo, conformismo... ¿A qué se debe esa demonización de los instintos humanos? Como bien apuntó Nietzsche (el filósofo peor interpretado de la historia), el único cristiano auténtico fue Jesucristo, cuya obra fue malinterpretada por la Iglesia como institución. De hecho le compara con Lev Nikolayevich Myshkin, el protagonista de “El Idiota” del gran Dostoyevski. Cuenta la leyenda que Marx dijo antes de morir que, viendo las interpretaciones que se habían hecho de su obra, el no se consideraba marxista. ¿Le pasaría a Jesucristo lo mismo? Buena pregunta ¿verdad? Dan Brown se puede considerar cristiano; Faltaría más. Puede ser cristiano si comparte y se siente identificado con lo predicado por Jesucristo a pesar de criticar lo interpretado por la Iglesia acerca de lo predicado por Jesucristo.

NUMINA

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Samuel
admin
17:16 ×

Querida Numina, yo comparto gran parte de las críticas que has hecho a la Iglesia Católica, porque en verdad si comparamos el Evangelio con la institución existen muchísimos puntos en que su error no tiene ninguna justificación. Algún día escribiré algo al respecto. De hecho, no apoyo el catolicismo, ni ninguna religión dogmática. No obstante, la película no deja de ser por ello un fraude histórico en muchísimos aspectos, como tú misma has señalado, y es donde yo prefería hacer el hincapié. Desde la supuesta relación entre María Magdalena hasta las falsedades sobre el Concilio de Nicea, no debe de tomarse sino como una novela de ficción, en ningún caso histórica. Muchísimas gracias por tu aportación, Numina, esperamos seguir disfrutando de tus comentarios.

Un saludo.

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