El teatro

Esa despiadada música me hace sentir triste,
ese prodigioso violín, esas notas celestes
esas melodías seráficas y golpes de platillo
esos coros imprecisos y blanquecinos,
esa expresión de flauta maravillosa,
esa batuta solemne que sostiene el director,
ese espectador al que le falta el habla.

Ese sueño absurdo en que se abre el telón,
y aparecen infinitas hormigas cantando y bailando,
esa orquesta que vuela por las cúpulas inmensas
y ese apuntador dormido que susurra misterios
esos prismáticos que asaltan el tablado
y ese don Juan que blande bizarro la espada.

Esas manos blancas que se revuelven,
y esos aplausos inagotables del auditorio,
esos actorzuelos vanidosos que saludan
y esas heroínas que embrujan a las cámaras
esos ¡bravos! y ¡hurras! que se persiguen,
y esos sombreros que arrebata el cielo.

Esos fracs y bastones que se desparraman,
y esas joyas ardientes en que vive la luz
esas columnas inmortales que sostienen la gloria
y esas berlinesas que recogen a la gente,
esos mendigos que imploran ¡una limosna!,
y esas parejas de amantes que miran la luna.
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