Un viaje a Madrid, Aranjuez, El Escorial y Toledo

No hace mucho que un servidor pasó unos días en la más ensimismada reflexión dentro de uno de esos hostales madrileños, donde todo es tan metódico y apenas se puede encontrar una mota de polvo. Aunque bien que me di unos cuantos paseos por la reverberante Villa y Corte, no pude eludir que asaltaran mi mente infinidad de pensamientos metafísicos que hacía tiempo había almacenado para mejor ocasión. Por fin, tras desaparecer del teatro del mundo y convertirme por unos días en una sombra insignificante, pude ofrecerles cobijo, reunirlos a todos a la misma hora y dejar que se explayaran a sus anchas. Meditaba yo, como todo viajero, en esas melancólicas estaciones de tren, donde centenares de desconocidos se juntan para llegar a un destino común. Observando a los variopintos viandantes que se tropiezan por Madrid, cargados de maletas, prisas y malos humos, pensé si en realidad aquellos turistas habían venido para pasar el rato o acaso la propia naturaleza del escenario les perturbaba el espíritu. Tantas cosas que ver, tantos souvenires que comprar, billetes por aquí, propinas por allá, ora a la estación, ora al hostal, ora al museo del Prado y a los cuatro recintos donde desde hace muchos siglos se conserva la cultura. Aquellos nerviosos viajantes, que ven la vida vacacional desde detrás de una cámara de fotos, no pueden pensar nada; viven su estancia primaveral como una rutinaria visita de negocios, sin pararse a meditar. Tal es el asombro que produce, tal la fascinación, que se olvidan de sí mismos y cuando van de regreso no saben muy bien el lugar donde estuvieron alojados.

Pero hay que ir a algún sitio, porque el dinero manda. Madrugamos una mañana para visitar el Real Sitio de Aranjuez. Una caterva de turistas, agotados de visitar cosas, siguen el discurso de una señorita de azul; nos unimos al rebaño. Nos conduce en silencio de habitación en habitación, rezando una lección bien aprendida, respondiendo a escasas preguntas de las que suelen hacer los turistas. Describía los inmortales cuadros que siempre hemos visto en fotografías, pero que ahora tan sólo merecen un pequeño golpe de vista. Reparamos en las consolas, tapices, boudoires y escritorios de estilo imperio; los pobres turistas no cesamos de hacer gestos, alzar los brazos en actitud de sorpresa, reproducir lo que los guardias de seguridad nos permitían. Estos no dejaban de reprender a los rezagados y procurar que ninguno hiciese fotos con flash. Nos llevan luego al salón chino de la reina Isabel II, una verdadera obra de artesanía, que merece largas horas de estudio, pero en que nosotros no estuvimos más de dos minutos. La joven monitora, tras acabar su perorata, pasa a otra habitación, y continua exaltando las bellezas análogas que no hemos dejado de ver en otros sitios. Al concluir la charla, nos dispersamos con la mente menguada de espacio, intentando poner orden en ese montón de datos inconexos. Lo mismo podríamos cambiar a un rey de siglo, o situar muebles Luis XV en pleno siglo XVI. Pero es lo que tiene un escenario preparado para turistas, un lugar en que los desocupados vienen a adquirir un poco de cultura, para poder luego vanagloriarse de haber visitado un lugar histórico y fascinen a las mujercitas con los torpes fragmentos que sacaron en claro del discurso. Fotos, grabaciones, guías de viajes, camisetas, gorras y un centenar de recuerdos inútiles que dan prueba de que se ha estado en algún lugar. El espíritu, dogmático, trabajador y dicharachero, se encubre bajo los tapujos barrocos de la personalidad, de la teatralidad; pocas cosas adquiere el turista moderno, y si algo saca en claro, lo aparca en el alma para que las próximas vacaciones vuelva a ver las mismas cosas, los mismos vestigios del arte humano, pero en escenario diferente.

Pocos viajeros acuden a encontrarse con la historia, con lo noble y medieval, con la pura y casta intención de encontrar un escenario para los pensamientos en que anda ensimismado. Los trenes del siglo veintiuno ofrecen una centena de pormenores para hacernos olvidar que viajamos: películas, música, bocadillos, cualquier cosa que distraiga nuestra soledad, con el único objeto de no dejar respirar a la mente y guardarla bajo los efectos del murmullo musical. Nos encontramos días después paseando por las laberínticas callejuelas de Toledo, sombreadas por los años de vejez y decadencia que parecen inmortalizarla. A cada paso, las tiendas de souvenires abren sus persianas, ostentando pintorescas espadas toledanas, de las que solían llevar aquellos hidalgos macilentos que supo retratar tan bien El Greco. Saludan los tenderos a sus clientes por las pequeñas ventanas, las porteras salen al umbral de sus casas a charlar con las vecinas. Discurriendo bajo los robustos arcos no es fácil pasar inadvertido, pues aunque se ponga cara de turista la vieja ciudad imperial sabe reconocer a quienes van a visitarla por ella misma, sin obedecer a un posmoderno compromiso contraído con la historia. La plaza de Zocodover, llamada en otro tiempo patíbulo de herejes, es el único lugar donde la gente viene a conocerse. Allí todo parecen ser solitarios, cuando no catervas de turistas internacionales. Se adivina un Bécquer en cada esquina, a los rurales de la Santa Hermandad reunidos en su posada, a los judíos acudiendo a la sinagoga del Tránsito, al hombre de Palo arrastrándose de noche en los aledaños de la catedral. Por temor a no cruzarnos con él, el sufrido viajero sigue su paseo novelesco por las casas de la villa, apuntando como norte al vetusto Alcázar y mezclándose a eso de las cinco con la barahúnda turística que sale a realizar sus compras. Yo quise haberme comprado una espada, pero las circunstancias lo hicieron imposible; hubiera sido difícil llevarla, a menos que me hubiese propuesto renunciar a mi ropaje contemporáneo por una indumentaria oscura, que me dejase esconder la espada. En Toledo, emblema de la decadencia del imperio español, que se ha perpetuado durante siglos, tiene un aire fascinante que da ganas de volverse loco. Esas casuchas casi ilusorias, esos caminos impracticables, esos cigarrales que se retratan en la lejanía... todo es insalubre escenario de novela, lugar donde se despereza el ingenio y guarda el recuerdo de lo más digno que se fundado en esta tierra, para cuando estemos agotados, para cuando seamos viejos.

Las severas rocas del monasterio de El Escorial descansaban desde hace varios siglos sobre una montaña. La vasta plaza que lo cercaba, ornamentada de enormes bloques de piedra blanca, contenía las colas para entrar. Entre ellas un millar de niños, probablemente tutelados por una descarnada profesora, hacían chanzas entre ellos, dando pruebas de un ingénito cansancio; la portentosa obra que se alzaba frente a sus ojos, levantada por el inmortal Herrera, no les imponía ni el más mínimo respeto. Tampoco cuando entramos guardaron silencio, y recordé aquellos años neófitos en que yo era llevado de aquí para allá sin que tuviera interés por nada, cuando todo me hacía gracia y nada más que mi persona merecía mi culto personal. Las habitaciones de Felipe II, que no denotaban la menor opulencia, sí que imponían nuestra más vasta admiración; el rebaño de turistas, otra vez guiado por una empleada que había memorizado el manual, observaba las paredes, los cuadros, los muebles que expresasen alguna antigüedad. Resultaba curioso observar los ojos de la guía turística, que parecía no mirar aquél palacio que conocía como la palma de su mano y únicamente miraba hacia arriba en busca del amasijo de su memoria. Cuando nos vimos libres de su imperio, salimos a los jardines, donde puede contemplarse el coto de caza donde los Austrias venían a pasar todos los otoños. Las antiguas fuentes, al igual que en Aranjuez, estaban significativamente sin agua. Sólo hallamos una fuente con agua durante el viaje, que fue en el Jardín del Príncipe, donde nos detuvimos unos instantes para escuchar su cadencia mística y contemplar el misterioso cañón de donde brota el agua, de donde procede la vida.

Llegamos a la fría capital, al demudado hotel del que habíamos decidido hacer nuestro cuartel general. Pasamos la última tarde mirando libros en los puestecillos del Paseo del Prado, soportando el mal genio de los vendedores que nos espantaban como a mendigos. Allí vimos numerosos ejemplares decimonónicos, verdaderas joyas que ni por asomo llegarían jamás a Alicante, pero que allí vendían como si tal cosa. Un ejemplar de Memoires d’outre-toumbe, cuyas páginas amarillentas revelaban haber pasado por muchas manos y tener una larga historia que contar, a parte de la que Chateaubriand ya nos cuenta desde su velorio. El frío y el mal tiempo me devolvieron a las provincias, de donde yo procedo, pero puede decirse que el viaje ya había clausurado. Después de todo, conseguí mi inhabitual propósito, que era pasar unas semanas sin tocar un periódico, sin ver un telediario, sin saber qué diablos le ha ocurrido a menganito de tal, o qué marca de café bebe doña Remolona. Ya he olvidado la enojosa cacofonía de los locutores de radio, y no sé si para bien o para mal, he vuelto al teatro del mundo bajo los efectos de unas pequeñas lagunas que oscurecen mi visión de la vida. Pesimista, como el Tristán, siempre pensé que los viajes desorientaban más que acicalar al espíritu, pero ahora descubro en mí ciertas dotes de trotamundos, y cuando escucho el concierto de Aranjuez, se dibuja de pronto una leve sonrisa en mis labios, como si en los acordes de esa guitarra viviese un genio de índole maravillosa, una alusión al pasado remoto que sigue aguardando a que los mortales histriones lo utilicen como escenario de sus comedias. Quién sabe si tan teatrales son esas tablas que nos da miedo subirnos a ellas y vernos como lo que somos: bufones velazqueños de una broma bárbara.

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