Reflexiones de un bachiller. Voces de la manada

Ahora que se aproximan los exámenes, esas fechas en que pasan por la cabeza del estudiante toda suerte de cinismos léxicos y metafísicos, he tenido la oportunidad de comprobar cómo se manifiestan tales consecuencias en el prototipo del joven logsista. El ardor de las calles alicantinas agrava ese éxtasis coyuntural, para más inri, de modo que el bachiller doliente, transportando una pesada mochila de libros, acaba en un rincón austero donde el sol continúa brillando y principia su discurso arrollador. Dice que los filósofos, todos hombres ricos, se comían la cabeza, cosa que podemos deducir de su innato deseo de reducir el intelecto a un minúsculo grano de mostaza donde no pueda distinguirse el blanco del negro. Queda ya, por tanto, expuesta su tesis sobre la metafísica. ¡Cuánta letra, cuánta paparrucha innecesaria! Al diablo, pues, los librepensadores. Se pronuncia luego sobre los matemáticos, esos hombres pequeñitos, gibosos y retorcidos, que pasan horas frente a una pizarra, intentando descifrar un complejo problema de los que sólo se tiene conciencia en el mundo ideal en que ellos habitan. Dice que son aburridos, sudorosos y desapacibles. Al diablo, pues, los matemáticos. Continúa pronunciándose sobre la historia, la geografía, la economía, desbaratando una por una las teorías que situaban estas ciencias en la categoría de ciencias, convirtiéndolas en superfluo pasatiempo, en cosa onerosa que nuestros crueles superiores han decidido imponernos desde su tribuna inalcanzable. De manera que no dejan títere con cabeza, y el que después de escucharle se pregunte para qué ha servido todo el conocimiento humano, acabará afiliándose a las ideologías demenciales que defienden el suicidio colectivo o la liberación existencial, como algunos la llaman. Queda así, pues, un universo ahí fuera, y otro aquí dentro, partiéndose entre quienes trabajan por sus honorarios y quienes manifiestan algún interés profundo por saber algo de la vida.

Con esta tierna mentalidad, el aguerrido estudiante, impertinente creación de los hombres de carrera, decide ponerse a estudiar. Estudiar, que es lo que ellos llaman sentarse frente a un libro, y memorizar nombres, cifras, coordinadas y subordinadas de arbitraria suerte, que ponen los autores estudiados a placer, sin el menor sentido del decoro. Cuando estudian historia, se aprenden una sarta de memeces que un viejo hombre con gafas dice que ocurrieron en un pasado insustancial, impalpable, queriéndonos hacer creer que existe algo más que el ahora. Los nombres son nombres, y no personas; las cifras, aunque sea de muertos por el cólera, cifras son, y los personajes históricos, lejos de toda profundidad de carácter y trazada personalidad, son hombrecillos y mujerzuelas con unos nombres y unos apellidos, que respondían casi siempre a sus intereses políticos, económicos o sexuales, cuando no eran héroes revolucionarios o simples estúpidos que se les ocurrió escribir un libro, para que dentro de unos siglos se queden almacenando polvo en una biblioteca. A nadie se le ha ocurrido pensar que esos nombres amontonados en nuestra tediosa cabeza responden a personas humanas, mucho menos que tuvieran una mentalidad diferente a la nuestra, sin televisión, ni teléfonos móviles, ni la particular juerguecita de rigor. Algo semejante suelen hacer escritores de la talla de Pérez Reverte, o incluso de la de Fernán Gómez, si me permite llamarlo escritor, cuando en sus novelas disfrazan a unos cuantos actores posmodernos, de espíritu posmoderno, colocándoles una espada al cinto y una capa que encubra su rostro de la mirada de los lectores. Las pobres mentes de nuestra época, incapaces de ver más allá de su siglo, conciben a esos personajes como unos simples nombrecitos en un libro, que nacen, crecen y se reproducen, abstrayéndose pocas veces, pero casi siempre pensando que, a excepción del año presente, todas las épocas estaban sin civilizar. He ahí el problema cósmico al que nos enfrentamos los estudiantes, nos exigen estudiar el tiempo, la historia, pero no podemos verla desde lo alto, desde una perspectiva omnisciente, como hace el buen escritor en las novelas, sino desde el filtro de nuestra rigurosa, desenfadada época.

Las más de las veces solemos amontonar apuntes sobre una mesa, la cual yace bajo cientos de folios, y unas semanas después, tras acabar los exámenes, volvemos a encontrarla. Lo que nosotros englobamos en el concepto de música clásica, la cual no nos importa lo más mínimo en nuestro sano juicio, suele sonar en el tocadiscos, pues a algunos nos pasa que necesitamos escuchar música donde no canten para prestar atención a nuestros pensamientos. La monótona melodía nos prende de un sueño encantador, mientras nuestros ojos se pasean de apunte en apunte, de nota en nota, barajando carpetas, haciendo anotaciones de lápiz, deteniéndonos algunas veces para narrarle a algún amigo ficticio de qué se compone una balanza de pagos. El genio que suele acompañar nuestra soledad, el más frustrado de los espectros, atiende a nuestro discurso, burlándose de nuestros aspavientos y grotescas imitaciones pedagógicas. Él ya sabe que mentimos, que no creemos una palabra de lo que estudiamos, que lo que a la verdad nos importa es el jolgorio, la fiesta, y pueden irse al diablo todos los tipos de cambio, las tasas de inflación y la estúpida política monetaria. Pero ahí estamos, responsables, falsos y aplicados, trabajando para un sistema que siempre nos dio gusto criticar, pero al que por si las moscas siempre preferimos adaptarnos. Lejos está de nosotros adquirir la fe de Valle-Inclán, dejarnos la barba larga, ponernos unas lentes esperpénticas y liarnos a bastonazos con el primer rival que se nos presente. Solemos tener otro estilo, acorde a nuestro mundo sectario, donde impera el amiguismo, la diplomacia y el artificio. Todos esos pensamientos pasan por nuestra mente, soñando lo que vamos a ser, lo que no vamos a ser, imaginándonos en un suntuoso Ferrari, despreocupados por la vida y liberados de las cadenas escolásticas. Aunque se nos cierran los ojos, y el reloj sigue dando sus inefables pasos, volvemos a aplicar los ojos al libro. Política monetaria, inflación...

Todo el mundo sabe que el día de mañana, sea como sea, seremos nosotros los que manejaremos los hilos del mundo, los que caminaremos luchando contra los hados, pisoteándonos unos a otros, como hicieron nuestros padres, y volviendo a cometer los mismos errores que ellos, pero a la inversa, para perpetuar el drama generacional. Todo el mundo sabe que nos enamoraremos, al margen de los habituales devaneos juveniles -insípidos y degradantes a la postre, pero que nadie cuestiona- y que mañana estaremos ahí fuera ocupando un puesto de trabajo, convirtiendo en asuntos metafísicos la menor chiquillada que nos venga a la mente, sólo por que el intelecto humano se aburre de ver siempre lo mismo y acaba debatiendo sobre las cuestiones más esperpénticas que se puedan imaginar. En algunas, aún hay quien conserva ese sentido tan poco común, pero los más de los hombres, conforme cosechamos los yerros de los otros, no vemos declinar nuestro pensamiento hacia el abismo. Sabemos que, al fin y al cabo, los tópicos y cursiladas tan cacareados siguen siendo la única verdad, por la propia resistencia que tienen los hombres a ser conscientes de su propio cambio a peor. Cuando criticamos, se alaba nuestro espíritu inconformista, tan venerado por los hombres de hoy, pero que hablando en plata les incumbe bastante poco. ¿Dónde queda una crítica reflexiva, irracional, metafísica, que desbarate los esquemas del sistema, sin pretender cambiar el mundo y arrastrar a los acursilados? En el arcano claroscuro de tantas vidas frustradas, incapaces de abrir una luz en la abyecta cerrazón que viven, ajenos del pensamiento lineal, sólo insatisfechos. Insatisfechos que no han probado de la bebida que se le da a los borregos, que no se asombran ante las puertas del gregarismo mayoritario, confundiendo la verdad con la voz de la manada. Si acaso el estudiante dejara de verse a sí mismo cual una hormiga en una telaraña de desagradecidos avanzando hacia el abismo ante el constante progreso social, ante la sinrazón moral legitimada, puede que entonces lograra adquirir ciertos atisbos de cordura: una mente lúcida libre de prejuicios, un espejo que no refleja lo de ahí fuera, sino la cara oculta del corazón humano.
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