La felicidad de un estudiante

En estos tenebrosos tiempos de la posmodernidad, en que a hombres de un calibre muy superior al común de los mortales se les ha ocurrido inventar la palabra felicidad, puede un estudiante cualquiera, o un estudioso, si me apuran, dirigirse a una de esas personas que andan por el mundo con el baile de Sambito. Podrán interrogarle, si es que se presta a ello, y recabar de su pobre intelecto un conjunto de respuestas estúpidas y ajadas, fruto de un realismo inanimado inaguantable. Que si es usted feliz, y le responderá con pícaro lenguaje que claro que lo es, que el mundo es hermoso y las rosas color de rosa; que si le abaten las penas y desgracias de los tiempos, y él seguirá proclamando tan pancho, alegre y alelado, que la vida es hermosa y patatín patatán. Una enorme muestra, sin duda, de la ceguera formidable de quienes siguen la máxima de Comamos y bebamos, que mañana moriremos. Diremos que, por ignorantes, por necios y ridículos, tienen los pies más firmes sobre la tierra y que carecen de ese placer vago de preguntarse cosas, ese vicio indeterminado de preguntarse por qué se sufre y no se superan los funestos obstáculos que depara nuestro sino.

Yo, en cambio, contrito buscador de respuestas, me cuesta dar el paso siguiente si quedan cabos sueltos en el pasado. Ese pasado, a menudo heroico, en que evocamos la excelsa actitud de nuestros impulsos jóvenes, en que describimos a modo de una gran cruzada nuestras batallitas de la adolescencia, puede revelar multitud de secretos, como los sueños. Cada puesta de sol, cuando se cierran los telones del cielo, nuestra mente despierta y sacude de sus camastros a veteranos fantasmas, que nos presenta en multicolor y bajo el gracejo elegante de un paisaje surrealista, en ocasiones, dantesco. Sólo en esos instantes en que charlamos de tú a tú con nuestra voluntad, reviviendo esas intuiciones de la belleza que no siempre podemos conceptuar, entendemos, al fin y al cabo, una página del tiempo. El tiempo, en el que uno se siente forzoso actor, y a veces, cómico, donde hacemos miles de barrabasadas jocosas a la vez que las recibimos, escribiendo cada día una intrahistoria infinitesimal que nadie leerá. El que lee la Historia pasa más tarde o más temprano a escribirla. Pero el joven despreocupado, el bailarín incansable, que va por esos mundos de Dios con la frente serena y el aliento de un semidiós, no ve venir las circunstancias a su alrededor. Como dicen ahora, él es feliz y poco le importan las críticas de una minoría de locos desesperados, cuyo fastidio consiste, piensa, en algún agravio que ha sufrido o la propia injusticia de la naturaleza. Aunque no se dice que la minoría puede ser feliz, feliz a su manera, y no representando lo que para ellos es un papel falso, un odioso tapujo, una ficción psicológica.

Decía Flaubert que la tristeza es un vicio, pero no creo que sea algo que afecte a los peritos en el arte. Cierto que corren el riesgo de acomodarse a los bamboleos que va dando su espíritu, y aceptar resignadamente y con pena que sean víctimas de tan indeleble forma de vida. Pero no lo es para quien, con conocimiento de causa y habituado a caminar por sendas pantanosas, indaga en los entresijos de su subconsciente, argumenta sus delirios, detecta sus pasiones y se propone a lo sumo no exhibir jamás un ilusorio bienestar, que es en lo que se basa el pensamiento posmoderno. Esos sujetos, a los que la gente mira casi siempre de reojo, pueden en alguna ocasión renegar de su espíritu cabizbajo y aparecer una buena noche, cuando nadie lo espera, entre el murmullo de los jóvenes, afectando insolencia y distinción, al lado de un par de robustos amigos con gafas negras. Nadie percibirá su espíritu ácrata, su nobleza intestina, antes no irán más allá de apreciar su suavidad cutánea y el tentador movimiento con que parpadean sus ojos. En un porvenir cercano, tal vez, le harán las preguntas de rigor: cuál es su nombre, qué estudia, dónde vive, qué gustos tiene, si tiene novia o si sale los sábados por la noche. Lo demás ya es cosa de coser y cantar, para quien no necesita más que un cuerpo reglamentario y un alma practicable, un objeto más o menos simpático que le pueda llevar de la cintura cuando salga a pasear. Sólo necesita un cinturón que sujete sus amarguras. El soberano esfuerzo de penetrar en un alma, contemplarla, tocarla y hasta si es preciso, devorarla, es labor que excede a la intrepidez natural de las relaciones sociales. Quizás sería cosa para otros tiempos, no sé si pasados o futuros. O para almas de otra índole.

El infecundo estudiante, ante tal panorama de circunstancias precoces, no puede menos que rendirse al influjo de la superficie, descuidando muchas veces una sana crítica hacia la existencia, subyugando su interés a la sibilina realidad. Arroja, orgulloso, toda la resistencia del insatisfecho, contentándose a un siglo en que los ilustrados, nublados por el enfoque burocrático del mundo, no resultan siempre valerosos guías, sino que nos conducen por unas sendas aberrantes que pocas veces nos traen aquello que nos prometen. Queda así un joven sin brújula, aterido, inmóvil, despistado, persiguiendo lo que le dicta la voluntad y sin saber muy bien qué proviene de aquélla, qué de la razón y qué le han encajado a martillazos los librepensadores, los creadores del criterio manipulado. Si lo que al cabo necesita el joven estudiante no es un cinturón, sino una mirada elegante con que acariciar a la criatura sin depravarla.

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1 comentarios:

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guile
admin
08:56 ×

nice, cozy place you got here :)..

Congrats bro guile you got PERTAMAX...! hehehehe...
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