Preparativos para la selectividad. El último escalón.

Llegó esa época tantas veces temida por los bachilleres: la selectividad. Los alumnos se apiñan junto a la puerta del aulario. Van formándose poco a poco diversos grupillos que, sin comerlo ni beberlo, se ponen a charlar de sus cosas. Son pocos los que no andan nerviosos, y muchos los que no dejan de buscar en los bolsillos, a ver si han olvidado el carné, si tienen bolígrafos de repuesto o si la calculadora no se ha quedado frita. Parece que todo va bien; el clamor es intenso, anárquico, elegante. Presas de la incertidumbre, los corrillos se desperdigan buscando la clase donde tienen que hacer el examen. Estudiantes que vienen, estudiantes que van, jovencitas sentadas en el suelo, las piernas cruzadas, los ojos clavados en los apuntes. Y aún recuerdan lo que decían esos profesores estresantes, alborotadores, alarmistas, describiendo las perversidades del demonio de la selectividad. Pero ya estamos aquí, después de un año agotador, y todavía no se ha derrumbado el mundo, aunque la perplejidad nos traicione. Después de todo, sólo se trata de exámenes, exámenes y exámenes; la vida de periodista es más dura que estar sentado en una mesa rellenando preguntas. Más que ir todas las mañanas a la redacción, oyendo la radio y pensando a la vuelta de qué esquina pueda estar la noticia salvadora.

Pero esto, querido lector, sólo son exámenes. Un poco de galleta y chocolate, una ducha fría por la mañana y repasar livianamente la materia de turno. Y no fiarse ni por asomo de los auspicios de cierto periódico gratuito. Siempre exageran, cuando no mienten. Por eso son gratis. Dijeron El País en comentario de texto, y salió ABC, no sabemos si por aparentar pluralidad. Dijeron Descartes y Kant en filosofía, y salieron Platón y Nietzsche. Algunos se lo cargarán al fatídico martes y trece, pero eso son bobadas. Nunca pasa lo que uno espera que pase, hay que prepararse para lo peor. Un profesor imponente, riguroso, salió a la puerta de la clase y empezó a rezar nombres. Los bachilleres, como polluelos alrededor de la gallina, cazaban al vuelo todo lo que decía. ¿Ha dicho mi nombre? ¡Que no se oye! ¡A callarse! ¡Déjenme pasar! Sigamos el ritual académico, enseñemos el carné, cojamos las etiquetas; salgamos a la palestra. Una clase enorme, no sé si pentagonal o hexagonal, en la que nos van haciendo entrar. Cogemos asiento por orden de lista, miramos frente a nosotros el cuaderno de respuestas. No miramos a nuestro alrededor. Es ridículo, esos papelotes impresos a nuestro alrededor y nosotros temblando. No, no son nervios, hace frío, aquello no era una cámara de gas, como imaginábamos, sino un refrigerador. El aire acondicionado expresamente preparado para entumecer nuestros nervios. Mientras la profesora autorizada daba el discurso de rigor, nosotros seguíamos temblando. Aquel conjunto de rostros adolescentes, con los ojos de almendra, el cuello rígido y las manos trémulas, cada cual a su estilo, constituía un espectáculo asombroso, desternillante; merecíamos una fotografía. Aunque había más bachilleres que profesores, parecían ellos el público y nosotros los oradores. Pero aquellos docentes, aquellos pasmarotes impersonales, más bien parecían corderos indefensos. Estaba visto, en aquel legendario circo no habría leones. Estábamos nosotros solos, contra nosotros mismos, ante el peligro.

Ahora que se han acabado los nervios, las prisas, los apuntes, los exámenes y el proceso erosivo de nuestros codos, se extiende ante nuestros ojos un mundillo que nos presentan ingenuamente encantador: la universidad. Porque todos, o casi todos, lo dicen muchas veces. Que aquello es jauja: libertad, césped y horas de siesta en autobús. No pocos universitarios se arrepienten de prestar oídos al mito, pero también hay quien prefiere aminorar el feliz paraíso estudiantil a fuerza de describir su sufrimiento, las hazañas imposibles llevadas a cabo, los febreros, junios y septiembres, u otras cosas que refieren los que ya tienen conocimiento de causa. Es para nosotros una solemne desgracia pertenecer al escalafón de los novatos, pero como dijo aquél, que no recuerdo quién, el tiempo juega con nosotros y algún día representaremos el papel de licenciados. Hasta ahora sólo hemos sido bachilleres, pretendientes en la práctica a algún ministerio de España, pero por alguna de esas injusticias que sufren los que no roban ni van persiguiendo medios de comunicación, hemos quedado en el dulce anonimato. Pero, mañana, mañana..., si es que podemos liberarnos del corsé logsista y eludimos su legado nihilista, tal vez tengamos algo más que aportar.

Pero, calla, que aún queda mucho; el futuro se levanta a modo de quebradas colinas, donde a cada paso se encuentra un peligro, un bandolero, un curioso extraño que nos hace pensar con sus reflexiones, sus locuras fugaces. Ya no hay pupitres, ni bolígrafos, ni académicos papeles donde estampar la firma; ya no hay noches en duermevela, ni nervios mañaneros, ni desayunos apresurados, ni olvidos imprevistos que te hacen correr en busca de un libro de texto. Ahora sólo hay sol y playa, silencio, inercia, cavilación y maleficio; sólo quedan inconexos recuerdos, palabras aisladas que de pronto recordamos, intentando encajarlas en algún episodio de nuestra espinosa vida. Reímos a veces de noche, evocando una tontería, pasamos una hora riendo a carcajadas, y otras tantas llorando de pura nostalgia, de algo que dejamos olvidado, de amigos que nos han traicionado, sin poder decirles todo lo que pensamos de ellos. Indagando en los viejos diplomas, encontramos rostros conocidos, y enseguida ligamos una situación a una cara, unas expresiones más o menos típicas a cada tipo de mirada; paseamos nuestros ojos por la hilera de profesores, en la deslumbrante orla, descubrimos expresiones insólitas, criterios que nunca habíamos visto, los embelecos furtivos del laconismo intelectual que guardan en sí los siervos de la escolástica. Le damos nuestro adiós, nuestro eterno adiós, a esos mentores que ya visten como los profanos y apenas se atreven a levantar la voz; a esos herederos del bordado educativo, por desgracia imbuidos del fatal embrujo de los tiempos, que los cohíbe y los inmortaliza como almas ilustradas y correctoras. Lejos de figurar un papel desagradable, recitando latines y obsequiando con precisiones, nos dan unas palmaditas en la espalda y nos desean que todo nos vaya bien. Llegamos a la encrucijada de dos caminos opuestos; uno hemos de tomarlo nosotros, solos, siguiendo la luz del sol, y por el otro irán ellos... irán, a no se sabe dónde, a instruir a la prole logsista, a pelearse con alumnos imposibles, jóvenes desequilibrados en su criterio y en sus maneras, mimados desde que mamaban, y hoy insultadores del extraño, centinelas del tópico social y la costumbre modernista. Futuros esclavos del pensamiento único, engendros de la masa. ¿Y yo, a dónde iré yo? Con unos golpecitos, le doy mi adiós a una recia mole de piedra, guardiana de mis novillos, bajo el escalón, el último escalón, para echar a caminar y perderme en la inmensa ciudad, sin que nadie pueda seguirme la pista. Quién sabe si después de muchos años, cuando hayamos envejecido, el destino planee un casual encuentro entre dos viejos estudiantes, satirizando un insospechado saludo y dando lugar a uno de esos momentos en que se detiene la máquina del mundo, para contemplar unos instantes graciosos en su monótona andadura.
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