Guiness, helado de limón y muffin

Ya está, necesito escribirlo. Quiero escribirlo hoy. Sé que mi memoria es frágil e impertinente, cuando se le antoja borra lo que le da la gana, casi como un ordenador. ¿Qué sino puede alguien como yo escribir, si es que escribo algo? Pues aburridas historias del pasado que a nadie le importarán nunca, pero que me obligan a dejar si quiera una tímida huella, por si a alguien en alguna remota ocasión se le cruzara por su mente la fatídica idea de leerlas, y pensarlas. ¿Perder un minuto del tiempo conmigo? ¿Hacerme caso? Qué tontería. Todos los minutos se pierden... Olviden este párrafo, por favor. Es una simplonada, ni siquiera hace las veces de la pretendida introducción.

Era tarde. El sol se había puesto, y el frío comenzaba a sentirse –siempre es tarde cuando ocurren cosas curiosas, siempre es tarde cuando vivimos de recuerdos. Ya había anochecido, pues. Nos encontrábamos todos en un pub de las afueras de Thurles, el grupo de estudiantes españoles que habíamos ido a parar allí con la excusa de aprender inglés durante un mes. En su mayoría, bebiendo ya la tercera o cuarta jarra de guiness y, así pues -guinessanestesiados-, diciendo estupideces sólo propias del nivel de empatía adquirido entre ellos mismos y sus mismas coléricas hormonas adolescentes. Otros, nos resignábamos a ver pasar los minutos de la aguja del reloj parado de la barra, a soltar alguna que otra broma de fácil manejo, mientras criticábamos a los otros por los disparates que salían de sus agrias voces. Pero tan sólo era una forma de disimular la envidia, una envidia inútil, desarreglada, sin aliñar, porque ninguno de nosotros hubiera probado una gota de alcohol allí, pero de alguna forma queríamos divertirnos tanto como ellos.

Esos días yo me sentía sola en un universo completamente extraño. Era la primera semana, aún estábamos adaptándonos a un sitio extraño con gente extraña. Apenas habíamos hecho un grupito de cuatro chicas al margen de los guinessófogos. Una estudiante francesa, Mathilde, vivía en la misma casa que yo, ambas con mi querida y acogedora Mary Keenan. Sabía español, y aunque había ido a trabajar a una hamburguesería durante todo el verano, se unió a nuestro grupo de estudiantes. Pero ella, aquella noche, también intercambiaba simplonadas en aquel lado junto a dos chicos.

A eso de las nueve de la noche, Laura se levantó de su asiento. Laura era una insoportable alcohólica fuma-porros, discotequera, egocéntrica, cretina, ignorante, inmadura, caprichosa, y por si fuera poco, guapa y extrovertida. Es decir, arrastraba ojos por donde quiera que fuera. Pretendía ir al baño, no sabemos aún si sola o acompañada. Mientras trataba de hacer hueco entre las piernas masculinas del intersticio que aproximaba la mesa del rincón a sus asientos, una jarra de guiness cayó al suelo. Se rompió. Ella estaba completamente borracha. Ni siquiera controlaba su equilibrio ni era consciente del accidente. Y por eso mismo, cuando al fin se dio cuenta de que sus tacones estaban pasando por encima de cristales pegajosos, se agachó para colocarse bien la arruga de sus medias, y se llevó por delante un platillo y otra jarra repleta de alcohol que descansaban sobre la mesa. Al suelo, nuevamente. ¡Clash! Una imagen deprimente, pero divertidísima. Lo mejor de la noche, la cara de pudor que se le quedó cuando el camarero típicamente irlandés le gritó una sarta de gaelicidades obscenas y ella, sin ser capaz de diferenciar un buey de una tostadora, asintió con el simple “yes, please” aprendido en el colegio de monjas.

Nos desternillamos. Laura nos guardó a nosotras cuatro la carcajada y el pudor para unos días después, pero es otra historia. Después de aquel incidente, nos echaron del pub a todos, incluidas nosotras cuatro: obviamente, era previsible que metieran en el mismo saco a los que hablaban el mismo idioma, español, y aparentaban la misma edad con acné. ¿Qué podíamos hacer? Ir a casa, eran las nueve y media de un sábado veraniego en un pueblo perdido de la Irlanda clima-cambiante. Pero la conversación de vuelta al pueblo derivó en mi tema preferido: el prototipo de adolescente que tan paradigmáticamente representaba Laura. Admito que las chicas somos criticonas, qué le vamos a hacer. Carmen y yo seguimos hablando de ello de camino a la Liberty Square. Una vez allí, Trisha y Patri se dividieron en sendos caminos de regreso a sus casas-adoptantes. Yo me quedé con Carmen, estábamos teniendo una entretenida conversación con puntos de vista sorprendentemente similares. Y nos reíamos como no recuerdo en ese mes. Pero se echó a llover. Y como nadie nos esperaba esa noche en casa –Mary había ido al bingo como todas las semanas, Mathilde se extravió con la bebida sintiéndose tan identificada con el grupo de bebedores, y la familia de Carmen había ido a ver un partido de hurling extrañamente nocturno-, decidimos entrar a comer algo en la hamburguesería de la plaza, la mejor de todo Tipperary, por no decir la única.

Allí nos dieron las doce. En el mismo banco, con lo menos seis o siete vasitos de helado, y otras tres o cuatro muffins para nuestro deleite. Hablamos de muchísimas cosas. Fue la primera persona a la que conté mis agrias historias de instituto, todo aquel humo gris expulsado por Lauritas de turno, todas aquellas intoxicaciones a base de ignorancia y atrevimiento, y todas aquellas mañanas de brujas y tilas que hube de padecer por ser yo también adolescente, aunque distinta –otra extraña, diferente a la norma, sola ante la masa. Pero éramos dos, aquella noche. A Carmen le ocurrían cosas iguales en su instituto. Y todos esos malos tragos del pasado se habían esfumado a golpe de sabrosa muffin, o mejor dicho, a bocado de muffin, porque ambas estábamos siendo capaces de reírnos de esos angustiosos momentos que tanto habíamos llorado otras veces, quizá por la incomprensión ajena. Nos entendíamos a la perfección.

¿Empatía? O tal vez una noche en que dos personas extrañas, distintas, se reconocieron, y casualmente encontraron algo de que hablar, entre la masa de becerros y catetos etílicos. Nos divertimos juntas, no sólo aquella noche, sino durante todo el mes. Las cuatro, pero en especial Carmen y yo. Con muchas conversaciones más sobre cualquier cosa (desde literatura hasta política), con muchas jaquecas más, con muchas risas y carcajadas ante Laura y compañía. Adoro los helados de limón.

No volví a saber nada de ella. Tres o cuatro llamadas, ella se fue a Canadá, volvió, yo me fui a Italia, volví. Supongo que estas cosas pasan. Lo llaman “perder contacto”. Quien sabe lo lejos que estaremos ahora, en distancia métrico-decimal. Tal vez esté más cerca de Laura que de Carmen. No así con Trisha y Patri, seguimos siendo buenas y semanales amigas, siempre que nos lo permitan los estudios y sus novios. Pero Carmen y yo no nos hemos molestado en saber de nosotras mismas. Quizá porque aquella conversación quedase en eso, y la vida da vueltas, y la gente cambia. Pero aquella noche ambas la recordaremos como una de las muchas noches únicas de nuestras respectivas vidas, y seguramente nos volvamos a reír de ello muchas veces. Como ahora yo lo hago. Desde luego, he aprendido que la cercanía entre las personas no se demuestra con el cuentakilómetros.


Gracias, amiga Carmen, por aquella conversación nocturna entre muffins y helados de limón. Esto es para ti, por tu vigésimo cumpleaños. Aunque nunca llegues a leerlo, aquí estará, como nuestras historias pasadas...
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