Historia de un matrimonio y su despertador

Había una vez un matrimonio acostado en una cama; la cama estaba junto a una ventana abierta. El sol daba directamente donde reposaba la cabeza del marido. En ese momento en que amanecía, algunos hombres que pasaban por la calle vieron salir por la ventana de la casa un antiguo y carirredondo despertador, volando... El despertador aún sonaba cuando cayó sobre el parabrisas de un automóvil vacío. No sabemos quién tuvo la crueldad de arrojar el reloj, pero al instante el marido se puso de pie. Alzó los brazos, abrió la boca y sacó de ella un ahogado bostezo. El hombre tenía aspecto gracioso con su pijama blanco. Intentó desabrocharse los botones, pero no lo consiguió. Resignado, dio unas vueltas por la habitación, con sigilo, para no despertar a Paloma, a su mujer. La miraba a veces de reojo, aterrado, creyendo a cada paso que se había despertado. Sobre la cama descansaba una señora gorda, increíblemente gorda, que al respirar hinchaba todavía más su vientre, tanto que parecía estar embarazada de trillizos. Pero no..., no estaba embarazada, ni su marido ni nadie hubiese logrado llevar a cabo tal empresa. Tenía el cabello largo, incoloro, lleno de rulos, a modo de una selva virgen que nadie se había molestado en podar. Estaba tapada con una, dos mantas. La visión completa y al desnudo de aquella gorda señora hubiese resultado espantosa.
El marido era un hombre flaco, encogido, de carácter timorato y aprensivo. Se llamaba Marcerlino. La calvicie destapaba multitud de misterios respecto a su edad. Había envejecido muy deprisa, aunque no parecía un tipo inteligente. Más bien era chaparro, escurridizo, de astucia ratonil. No parecía ser un hombre proclive al cambio, guardaba las tradiciones por pura desidia, por ostracismo y por miedo a las represalias de su mujer. Paloma gobernaba la casa con mano de hierro, y sólo en aquellos momentos en que la señora dormía él era el rey de su hogar.
Abrazaba aquellos instantes de sosiego como los únicos que iba a disfrutar en muchos años; el intervalo que pasaba entre disputa y disputa, mejor dicho, entre reprimenda y reprimenda que le propinaba su esposa, era las más veces breve. De continuo los vecinos de al lado escuchaban a la oronda Paloma remachar sermones, mientras su marido intentaba escabullirse, ora subiendo y bajando los pasillos, ora escondiéndose debajo de los muebles. Marcelino casi siempre madrugaba.
Aquella noche calurosa Paloma había dormido como un tronco; era la primera vez, en tres semanas, que no molestaba a su marido pidiéndole esto o aquello; que si tráeme un vaso de leche fría, que si abre las persianas, que si te has dejado la radio encendida, que si no te has lavado los dientes. Para Marcelino las noches eran un perpetuo ir y venir de acá para allá, una procesión nocturna por los estrechos pasillos de la casa. Ya metidos en la cama, rara era la vez que Paloma no soñaba, y aun más rara la ocasión en que no le pegaba una bofetada a su cónyuge en el ocaso del sueño. Los sueños de Paloma eran violentos, peliculeros, quizás porque se pasaba las tardes viendo los westerns de la televisión. Marcelino no lo soportaba, y cada vez que sentía en su mejilla el sonoro manotazo, notaba después un calor doloroso, se daba la vuelta resignado y se dormía al fin lloriqueando, aunque no muy fuerte. Marcelino también soñaba, pero para sus adentros.
Tras sus repetidos intentos de desabrocharse los botones del pijama, se sentó en una silla, presa de la impotencia. Se quedó mirando el reloj de la pared, sorprendido de que fuera tan tarde. Eran más de las siete y su mujer no se había despertado, ella que cumplía un riguroso horario británico. Pensó que sería mejor no despertarla para conservar la paz hogareña que se respiraba entre aquellas cuatro paredes. No obstante, cuando pasaron dos, tres horas, y su mujer permanecía inmóvil, empezó a preocuparse. Giró la cabeza, atónito, formulándose multitud de preguntas. Se levantó del asiento, dio unos pasos hacia la cama, como quien se acerca a una bestia salvaje que teme despertar. Su mujer roncaba con dureza, o más bien, respiraba con tan poderoso impulso que lo asfixiaba. No, no estaba muerta, no le habría caído esa breva. Paloma respiraba, no era menester realizar arriesgadas comprobaciones. Después de estudiar a su esposa, Marcelino no salió de su asombro y empezó a dar vueltas por la habitación. Pensó en prepararse un café, pero, por si las moscas, prefirió permanecer quieto, sentado frente a su Paloma durmiente. Ahí, cerrando a veces los ojos, otras tantas abriéndolos henchido de orgullo, acabó fijándose en que el despertador ya no estaba en la mesilla de noche. Era extraño. Él hubiera jurado que llegó a sonar, y que además era eso lo que lo había despertado. Se levantó de la silla bastante turbado, buscó y rebuscó en la mesilla de noche, pero no encontró nada. Cada vez más incierto, empezaba a sudar de preocupación; examinó su escritorio, el armario, los cajones, paseó su cabeza por los suelos a ver si lo divisaba, pero allí no había más que sus zapatillas, su orinal y la novela que una vez empezó a leer pero que al caérsele una noche al suelo ya no tuvo ánimo para recogerla. Ni rastro del despertador.
De pronto, se dibujó un pensamiento malévolo en la mente de Marcelino; mientras buscaba, de cuclillas en el suelo, se quedó mirando a su esposa con atrevida pretensión. Se acercó a la cama, poco a poco, hasta que su nariz rozó el colchón. Efectivamente, estaba asustado; creía que su esposa tenía algo que ver con la desaparición del despertador. Pensaba que podía ser una trampa para comprobar su responsabilidad, su compromiso matinal. Paloma lo sometía a menudo a esa clase de exámenes matrimoniales. De rodillas, junto a la cama, observaba la espalda crasa de su mujer, comenzó a acercarse, lentamente... De repente, dio la otra un respingo, se dio la vuelta y dijo todavía somnolienta, con tiernísima voz: «Pásame la esponja, querido». Marcelino escuchó aquellas palabras desde debajo de la cama, pues enseguida se apresuró a esconderse. Se sentía verdaderamente incómodo, el trasero de Paloma convertía aquella estrecha cueva en un lugar de difícil acceso y de mucho más ardua salida. Notaba los glúteos de su esposa, a través de los muelles, en su cuello. Se puso completamente vertical, y arrastrándose cual soldado, consiguió salir de debajo de la cama. Miró hacia arriba para asegurarse de que su mujer seguía durmiendo. Se puso de pie, le crujieron los riñones y no dejó escapar un grito de puro milagro. Sus ojos maldecían el momento en que osó embarcarse en tan peligrosa aventura. Pero, pensando en el despertador, volvió a acercarse a Paloma.
La observó tiránico, orgulloso, desvergonzado; hubiera hecho una bola con aquel pedazo de carne y gustosamente la habría arrojado por la ventana, de no necesitar una grúa para levantarla. Inclinó el rostro, buscando la cara de su esposa, que ocultaba bajo sus corpulentos brazos. Se movía levemente, parecía estar mordiendo algo... una cosa, ¿qué era aquello...? ¿qué...? Se fijó en que su esposa se chupaba el dedo. Le desagradó aquella escatológica ocupación, hizo un gesto grimoso. La saliva hedionda resbalaba por su mano, humedeciendo la sábana. Marcelino no podía soportar aquel acto nauseabundo. Miró hacia otro lado, creyendo que iba a vomitar.
No vomitó, estaba a punto de secarse el sudor con un pañuelo cuando oyó que su esposa continuaba hablando en sueños. No entendía nada, con el pulgar en la boca; estaba intrigado por los monólogos nocturnos de su esposa. Lo que no cuentan las mujeres cara a cara, lo cuentan en sueños a entes espectrales. «¡Oh, qué delicioso, qué delicioso es estar contigo! Jamás he conocido un hombre más atento y considerado». Marcelino miró hacia atrás, por si había alguien a su espalda. No, no había nadie. La mandíbula omnímoda de Paloma seguía moviéndose, su pulgar se había ido y sus labios rosáceos buscaban una boca que besar. «Ven, ven, pichoncito mío, ven que te dé un beso». Marcelino se sobrecogió, retiró los ojos de su esposa con solemnidad. No acostumbraba a oír a su mujer charla tan afectuosa, aquello era para echarse a temblar. Estaba decidido a aprovechar la ocasión, aunque prefería besar a una vaca, era la primera vez en muchos años que su mujer lo trataba con semejante ternura. Se inclinó para besarla, sentía el aliento de Paloma penetrando en sus labios. No se estaba quieta, ahora forcejeaba, retiraba sus labios para que no la besaran. Marcelino seguía buscándolos. Paloma se escondió entre las sábanas. Su esposo, que se había encontrado besando al aire, abrió de pronto los ojos, preocupado, buscando a su mujer debajo de las sábanas. Cuando ya se había dado por vencido, sólo habiendo encontrado piernas, brazos, y otras majadas de su cuerpo, escuchó que decía desde debajo de las sábanas: «¡Oh, pichoncito querido, fuguémonos, fuguémonos a donde nadie nos reconozca!». Las cejas de Marcelino se levantaron, estaba por hablarle, porque aquellas palabras ya le sonrojaban, pero siguió en silencio, intentando mantener el equilibrio. Su esposa daba tantas vueltas que más de una vez creyó que acabarían los dos en el suelo; él debajo, con ella encima, y que ahí concluirían sus días sobre la tierra. No obstante, eso no sucedió aquella mañana. Por fin encontró sus labios, los acercó a los suyos, pero ella seguía durmiendo; se llevó el pulgar a la boca, y ya no pudo hacer más. «¡Eugenio, querido!», susurró su esposa. Marcelino quedó estupefacto.
—¡Eugenio! —pensaba Marcelino— ¡Me ha llamado Eugenio!
Se bajó de la cama, ruborizado, tan rabioso como su flojedad le permitía. Comenzó a dar vueltas por la habitación, olvidando el despertador, sospechando multitud de intrigas. Su mujer lo engañaba, definitivamente, lo engañaba con otro, tenía un amante.
—¡Y aprovechando mi simplicidad, mi candor, mi buena fe, le da a otros labios lo que les niega a los míos! ¡Traidora! ¡Maldita! ¡Infame! ¡Mala hembra! ¡Adúltera! ¡Vampiresa! Esa furcia, esa malvada se atreve a sumergirse conmigo en el sagrado lecho y después, a escondidas, obsequiar con multiformes caricias a su amante, desnudarse en otra cama, ducharse en otra ducha, dejar que su amante le pase la esponja, y llamarlo pichoncito!
Marcelino no acababa de darse cuenta de todo aquello que pensaba. De pronto, se detuvo en medio de la habitación. Se dibujó una sonrisa en sus labios menudos. Tenía un aspecto ridículo, con su pijama blanca y sonriéndole al reloj de la pared. «¡Qué digo, Dios mío! ¡Soy libre, soy libre!». Se contenía las carcajadas, luchaba porque no salieran de su boca. Se movía con torpe precipitación, parecía desorientado. Al fin, encontró su armario y lo abrió. En su interior colgaban muchas camisas de distintos blancos, muchas corbatas de distintos negros, un par de sombreros oscuros y algunos pantalones mal planchados. Allí también dormía un gato, como una prenda más. No advirtió su presencia. Debajo de él, y media docena de calcetines negros y grises, había una navaja, que cogió para cortar los botones del pijama. Fueron cayendo uno por uno al suelo, y rodaron en distintas direcciones. Se quitó la camisa del pijama, dejando ver una camisa de tirantes, raída, pálida y empapada de sudor. Con asombrosa alegría, se puso la camisa, se puso el sombrero, se quitó los pantalones, empezó a liarse la corbata, repitiéndose:
—¡Soy libre, soy libre! ¡Jajajaja! adiós a los vasitos de leche a las dos de la mañana, a las películas de vaqueros, a las bofetadas, a las persecuciones por el pasillo, a los gritos graves en el oído. ¡Jajajaja! Tomaré el tren de la mañana, y en algún sitio me dejará. Mientras no esté a miles de kilómetros de ella, no estaré seguro en ningún sitio.
Marcelino no podía hacerse el nudo de la corbata, se peleaba irritado, impaciente, hasta que se rindió, dejándolo caer. Lo dejó por imposible y se la puso como bufanda, sacó un par de maletas de los cajones, las dejó sobre el suelo y empezó a llenarlas con sus prendas de vestir. Estaba ya dispuesto para irse, cogió las maletas, una en cada mano y se dirigió a la puerta. Vio que se le olvidaban los cigarrillos, dejó las maletas, se acercó al escritorio, se colocó el paquete en la boca, volvió a coger las maletas y se acercó de nuevo a la puerta. Echó una última mirada para atrás. Ya iba a salir, cuando escuchó la voz poderosa de Paloma:
—Marcelinooooooooooooo —pronunció con una voz ronca, afinada, de experto barítono.
A Marcelino, del susto, se le cayó el paquete de cigarrillos de la boca. Intentó cogerlos al vuelo, con las manos, y se le cayeron las maletas al suelo. Se sentía ridículo, lo habían pillado con las manos en la masa; bajó las cejas, afligido, había perdido la oportunidad de irse, irse para siempre. Volteó su cabeza hacia atrás, tímidamente, con tristeza. Vio a su rolliza esposa intentando ponerse de pie, con una mirada rapaz, severa, los labios apretados, amenazando con abrirse y emitir un profundo y sonoro grito.
—¿Sí, Paloma?
—Marcelino, ¿qué has hecho con el despertador?
—¿El despertador?
No había susurrado estas palabras, cuando llamaron al timbre y al medroso Marcelino le recorrió un escalofrío la espalda. Su esposa se levantó, se puso las zapatillas, las de Marcelino, y se acercó a la puerta para abrir; se detuvo estupefacta, mirando de arriba abajo a su marido, se abrieron indignados sus ojos y olvidando el propósito con el que se había levantado, comenzó a golpearlo y a maltratarlo.
—¿Y a dónde te crees que vas? —preguntó al fin, con tiránica superioridad— ¿por qué has hecho las maletas? ¡Querías abandonarme, mal marido!
Y con su palma diestra, tersa, inmaculada, con sus dedos gordos y abiertos, le soltaba cada mamporro, que Marcelino no podía menos que huir por la habitación, tropezando con los muebles, buscando el suelo por defecto, queriendo ampararse debajo de la cama. Su voz era cada vez más llorosa y ridícula, se aniñaba a cada bofetada de su esposa, y se quejaba como un animal manso. Decía «¡Paloma, pichoncita mía, llaman a la puerta! ¡Ay, ay, ay!». Pero Paloma seguía zurrándolo, coreando blasfemias y reprochando la frustrada fuga de su esposo. Envuelta en creciente cólera, ora cogía los jarrones de porcelana y se los lanzaba, ora cogía la fregona y le daba de golpazos.
A la puerta, un hombre de mediana edad, aguardaba sosteniendo un pequeño un antiguo y carirredondo reloj despertador. Miraba suspenso la puerta de la casa, oía los gritos escalofriantes, que parecían extracto de una batalla campal. Estaba ya por bajar las escaleras, decidido a quedarse con el reloj, cuando la vecina malhumorada, todavía en camisón, abrió la puerta, retiró la botella de leche que había junto a su alfombra y se acercó al caballero del reloj:
—¿Oye usted los golpes? Pues esa es la serenata que tenemos aquí todas las mañanas. El día que no la oigamos es que ese chiflado ha asesinado a su esposa. ¡Es un verdadero maníaco!
—No lo dudo, figúrese que esta mañana iba yo a coger mi coche para ir a la oficina cuando veo que alguien arroja este reloj por la ventana y cae sobre mi parabrisas.
—¿Lo ve usted? Seguro que intentaba lanzárselo a la pobre Paloma. ¡Ese hombre, ese chiflado! ¡Sinvergüenza! ¡Deberían coger a todos los maltratadores y encerrarlos en la cárcel! ¡Voy a llamar a la policía!
Y la vecina parlanchina se encerró en su casa, sin darle casi tiempo al caballero para despedirse. Se quedó con el reloj en la mano. Lo sostenía con dos dedos, por la parte de arriba; buscó algún sitio donde dejarlo, sobre la alfombra, en la maceta que adornaba el pasillo de la escalera, pero ningún sitio le pareció adecuado. Al fin se quedó mirando el reloj despertador, y al comprobar que todavía daba las horas, se lo metió en el bolsillo de la camisa. El caballero del reloj bajó las escaleras con ademán satisfecho y humilde, poco a poco, con gracia, apartándose para siempre de aquella casa de locos.
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