Preparémonos...

Las banderas no me gustan. El fútbol dejó de gustarme hace años, cuando comprendí que no era un deporte cualquiera sino un complejo sistema de interrelaciones económicas, negocios e impulsos hormonales, con unos hombres guapetes –recuerdo aquí que si hay un deporte completamente discriminatorio con respecto a las mujeres, éste es el fútbol- y con pantorrillas galácticas que ponían de estandarte por delante. Es decir, algo similar a lo que suponen las banderas, aunque en este caso con naciones en lugar de piernas.

De pequeña, aunque a nadie le importe, era una pequeña conocedora de la geografía política internacional gracias al ya arcaico programa informático PCGlobe, al que me aficioné durante mis primeros años en el mundo, y lo uno llevó a reconfortarme cada vez que oía un himno en una competición deportiva y sabía identificarlo correctamente con su país correspondiente, su tamaño, sus principales características físicas, y sus capitales –me encantaba la geografía, oh, dónde habrá quedado aquel encanto- y todos sus colores nacionales a la vez que coloreaba en bocetos sus posibles uniformes deportivos, ante el asombro de la familia y, claro, la relevancia intelectual que ello confiere entre los amiguitos del cole. Después aprendí a viajar, y sigo viajando, y con ello, me doy cuenta de que todo ese conjunto de símbolos meramente convencionales no sirven más que para desviar la verdadera naturaleza del mundo: sus gentes, sus lugares, sus historias, sus costumbres: todo lo que aparece cuando eliminamos de nuestra vista cualquier residuo de lo histriónicamente político. Un país no es una bandera. Una persona no es un futbolista. Eso sólo puede equivocarnos tercamente. Cualquier negocio sobre el que se superpongan auténticas batallas hormonales entre unos y otros, donde la irracionalidad impera alimentada por el alcohol, hinchas enervados con algún que otro crimen en sus haberes y no muy lejos, racismo, machismo –quede claro que, aun loca, no pasaría nunca por mi cabeza defender el feminismo-, y añadida una cierta sentimentalización de conceptos patrióticos o reivindicaciones políticas, no me produce ningún interés. Cuanto más lejos mejor para mi salud física y mental. Hace unos días lo leía en Sartre casi premonitoriamente: Frente a las leyes universales y eternas, el ser humano es él mismo universal. No hay judíos ni polacos, hay seres humanos que viven en Polonia, algunos son descritos en sus documentos como “de religión judía”, y entre todos ellos es posible un entendimiento si éste se basa en lo Universal.

Ayer se juntaron ambas pasiones, fútbol y bandera, y yo sigo pensando que todo es un auténtico espectáculo bajo el que se esconden miles de intereses, turbios en su mayoría. ¡Pche!, está bien tener estereotipos (una, la primera en mojarse, quería ser de pequeña como el ya decrépito portero Molina), y alegrar el día a base de goles y cervezas frescas, que ya están los exámenes para fastidiar el resto. Está bien conocer banderas, bien sean de marinería, de bucanería, o de majaderías territoriales, el saber no ocupa lugar. Es admisible que no queramos darnos cuenta de todos esos procelosos billetes que se esconden tras los deportes, y en especial, tras las competiciones internacionales y los entes con siglas a cuestas. Es mejor vivir feliz, claro. Soy consciente de que el fútbol es, evidentemente, mucho más que cuatro tópicos sonados. Pero un país también es mucho más que cuatro símbolos, bien sean comestibles, musicales, políticos o deportivos. Y un pique hispano-galo no es muestra de nada más que de lo que aquí toma relevancia: un premio, dos equipos, unos cuantos patrocinadores y la renombrada Hannover (policía, hostelería, ciudadanos, hospitales, instalaciones deportivas...).

El estruendo que supone ese “a por ellos, oé” cantado por cientos de personas ganas me dan de decir muchas veces: pues yo, aunque sólo sea por llevar la contraria, voy “con ellos, eó”. Pero tarde o temprano, y de forma aún más deprimente, acabo cayendo en la misma rutina que los demás: bareto, televisión, amigos, refrescos y cánticos varios. Siento no ser capaz de salir a la calle y gritar: “mierda, que algunos somos españoles los trescientos sesenta y cinco días al año y no cada cuatro ciclos, ¡quieren dejar de hacer extensiva su manifiesta verbena de borregos!”. Haría el ridículo, y lo que es peor: no tendría ningún sentido. Aunque, ¿acaso tiene sentido ponerse a pegar berridos por una insignificante prueba deportiva en la cual a la mayor parte de los españoles ni les va ni les viene nada? Así que cabizbaja, me limito a ver la misma repelente cadena de televisión –dicho sea de paso, otro negocio para Polanco-, y a asentir pusilánimemente como todo bicho viviente.

Las ventanas de las casas se llenaron de banderas de España, ahora sí. Con toros incluidos. Curioso. Hoy somos españoles, mañana dios dirá: tal vez nos dé vergüenza vestir de rojo y amarillo, o sentir la responsabilidad que todo ello conlleva, porque no está de moda defender la Nación, sino destruirla. Está bien, ¿pero acaso el fútbol provoca una reacción de patriotismo hasta ahora –y mira que han pasado cosas en nuestro país durante los últimos meses- casi desconocida, de no ser por alguna que otra manifestación? España no es un objeto que hay que defender en unas ocasiones y del que hay que despreocuparse cuando “no se lleva” o “no toca partido”. Y, desde luego, por más que lo repitan allende las fronteras, España no es siesta, paella y toros. Como los franceses no tienen por qué ser narcisistas. Y porque hoy juegue España uno no es menos español si no la apoya, o simple y llanamente, si no ve el partido porque los deportes de masas bravuconadas le dan alergia. Sartre, retomado de nuevo: las personas se diluyen en la masa y las formas de pensamiento y las reacciones del grupo son del tipo primitivo puro.

Somos ciudadanos de mundo. Ojala hubiera ganado París, o Madrid. Los ciudadanos de Francia, o los de España. Ojala se hubiera jugado un debate entre Baudelaire y Unamuno resucitados. ¿Tendría esto tanta audiencia? Ojala compitiesen en una exposición sobre la orilla del Sena y la del Pisuerga. Es fútbol. Ojala, ambas aficiones, sacaran aprendido algo más de sus respectivos países. Una sala de cine, leer un libro en un banco, o aprender a conducir en las calles vacías: qué liberación. Eso sí, para que este fascinante desierto urbano siga existiendo en otras noches de julio, y aunque tengamos que soportar más telediarios viendo tantos borregos españoles disfrazados de toreros mientras apelan a la irritabilidad del pusilánime con gritos y tambores, me rindo: que gane el mejor.
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