Hogueras de San Juan: ruido y tradición fogueril.

¡Cuál gritan esos malditos!
¡Pero mal rayo me parta
si, en concluyendo la carta,
no pagan caros sus gritos!


(Don Juan Tenorio. José Zorrilla)


No sé si he de soportar por más tiempo a ese niño mimado, vecino mío, de apenas once o doce años, que ni por un momento ha dejado de tirar petardos en mi callejón. Comprenda el lector la rabia que provoca la infantil impertinencia; intento leer, y un violento estallido me extrae de la lectura; intento dormir, y ahí está el belicoso muchacho, arrojando explosivos fogueriles por doquier. No para. Le reprenden, y el desgraciado alude a la fiesta; le recriminan sus padres, pero él sigue petardeando con especial oportunismo. Un momento de silencio, parece que se le han gastado, pero... ¡pum!, ya vuelve a sonar. ¡Por vida de...! Confío en que el lector aceptará de mi parte este breve artículo, escrito entre los murmullos guerreros de las Hogueras de San Juan, entre monótonos ejércitos de músicos que pasan sin cesar, al son de los tambores y el canto valenciano. Sin duda me perdonará también que haya algún rasguño, alguna pequeña errata, algún desliz de mi pluma, que en algún pavoroso instante no ha podido evitar, gracias al repentino sobresalto que me causara una inesperada explosión. Le escribe a usted un tembloroso, sufrido sobreviviente de una guerra festiva. Así que, acabando ya el preámbulo, comencemos.

* * * *

Ahora que mi osada ciudad vive horas de escándalo, a puro petardo, es cuando empiezan a venir esos turistas blanquecinos y desorientados. Miran hacia arriba: unas formidables, caricaturescas figuras de madera y cartón se levantan sobre la urbe, mientras la población delirante y encendida se acerca a admirarlas y los niños travesiean en torno a ellas. «¡Locos, están todos locos!», piensa el descarriado guiri, y con una sonrisa extranjera, comienza a hacer fotos, a las hogueras. Pero, ¡ay!, ¿qué es eso? Son bombas de mano, aunque se llamen petardos; las metemos en las papeleras, en las alcantarillas, en el portal del vecino y debajo de los coches. La gente ya no reacciona a ellas, sus oídos acostumbrados al rumor estrepitoso ya no distinguen la traca de la metralla. Pasan con sus coches de bebé y apenas echan un veloz vistazo al petardo que ha sonado unas baldosas más para allá. Las hogueras son una gran atracción, han dado de comer a centenares de bocas de foguerers durante todo el año y ahora condimentan la noche de San Juan. Cada dos por tres pasa la banda tocando sus instrumentos, avisando con sus dulzainas y tamboriles de la próxima traca. Pam, pam, pam, pam, pam, dieciséis mil petardos en cuarenta y ocho segundos. Y los tambores continúan la cadencia marcial, y los músicos perpetúan su campanudo paso. Las belleas los siguen emocionadas, luciendo el ampuloso traje de alicantina y siguiendo el compás; cuando se acercan los periodistas a entrevistar, no pueden evitarlo, se echan a llorar, se les llena el alma de pasión patriótica y se ofrecen como heroínas para pagar con su vida los estipendios de Fulano o Mengano, que tan esforzada labor ha realizado en honor de la fiesta. El turista, que sostiene el periódico entre sus dedos, no entiende afortunadamente todo lo que dice. Pero su orgullo viajero queda satisfecho al ver que estos alicantinos, además de playa, tienen tradición y ruido.

Porque los alicantinos hacen mucho ruido. A eso de la medianoche, esas barracas que hay casi en cada calle albergan centenares de personas, encienden sus micrófonos y sacan el escenario dos desconocidos cantantes contratados. Después de animar al público, ya caldeado por la rigurosa consumición, la joven cantante anuncia con su sonora y extrovertida voz el inicio de la fiesta nocturnal. Un joven de la misma edad la acompaña. El público se prepara para lo mejor, el altavoz chirría un poco, lo ajustan y aparecen las guitarras eléctricas con su tañido confuso. De pronto, el extasiado cantante abre su rígida boca, haciendo gala de una melodiosa voz, pero todo lo que sale es: Opá, yo viacé un corrá. Suena muy español, incluso, muy rural, y los veraneantes sonríen porque han distinguido un sonido característico y ahora tienen la seguridad de que están en España. Ellos siguen la fiesta, para eso han venido, los pobres. De tanto en tanto algún petardo interrumpe, pero la voz estridente de la cantante, que se da un aire a Amaia, perdura sobre los bombardeos infantiles, las alarmas de los coches, la voz de los perros quejándose del inquietante bullicio. Cualquiera diría que la ciudad está en armas, en cada esquina se teme la envestida de un desfile de músicos; aparecen imprevistos entonando su canción guerrera:

A la llum de les fogueres,
abaniquen les palmeres

Visten los trajes típicos de novia alicantina, los hombres de zaragüell. Los foguerers, con un aire folclórico que se antoja de cuento, acompañan a las belleas en su romería provinciana, la Cabalgata del Ninot. Pasan detrás las carrozas, en medio de la aclamación popular y suscitando el delirio entre las masas jóvenes, que revelan ser el alma de la fiesta. Dicen que apenas linda diferencia con las Fallas de Valencia, pero los alicantinos se enfurecen al escuchar que se les compara con una fiesta en la que aparecen distinciones mínimas. El traje de foguerer viene a ser casi la misma cosa que el de fallero, si bien es cierto que el primero lleva los botones sueltos, mientras que el segundo los lleva pegados a la chaquetilla. O que los forros externos de la chaqueta del fallero son de raso, mientras que los del foguerer no lo son. Ya conoce, en fin, el turista que entre los pueblos se conservan tradiciones al igual que antagonismos, pero ellos, en la natural sencillez que les proporciona la ignorancia, no distinguen el azul del rojo. Se lo están pasando en grande con tanto olor a fiesta, con tanta juerga y tanto desfile, que aunque lleva celebrándose durante años, ellos lo creen uno de los demás acicates que les ofrece Alicante bajo el nombre de fiesta popular y tradición.

Ya sólo queda la noche de la cremá, y también de la bañá, porque desde hace años los bomberos entendieron que los sedientos alicantinos necesitan más agua que una foguera rebosante de fuego. A la medianoche del veinticuatro de junio, día de San Juan Bautista, se lanzan desde el épico castillo de Santa Bárbara un muestrario de los mejores fuegos de artificio, dando lugar a los cantos del himno fogueril. Inmediatamente después comienza la cremá, los encargados prenden la mecha y la foguera, revestida de pólvora, comienza a arder. Un ruido traquero enjuaga la indolencia de la multitud, apiñada al muñeco gigante, provocando el encarecido jolgorio. Algunas las queman más tarde, como la del ayuntamiento, pero esa noche todas tienen que desaparecer. Son el último bastión al que hay que prender fuego antes de regresar a la monotonía laboral. No puede evitar el alicantino una especie de escalofrío cuando la hoguera, el emblema onírico de la fiesta, empieza a arder. Las belleas se enjuagan las lágrimas frente a la cámara y dicen una serie de cursiladas que todos evitamos oír. Las hogueras arden todas a la vez, y las palmeras no nos abanican. Se quedan quietas como estatuas, con una serenidad indignante. Regresamos a casa respirando fuego en vez de aire, encontrando las virutas y cenizas de las tracas por el camino. Los niños explotan sus últimos petardos, los barraqueros empiezan a desmontar el tinglado y los grupillos de jóvenes, presas de la magia fogueril, admirados por el delicado contraste de la tiniebla y el fuego, recorren una detrás de otra las hogueras, antes de que se quemen. No llegan a tiempo a todas, algunas muy altas se derrumban a lo pronto y otras tardan una eternidad en convertirse en cenizas. La pirotecnia constituirá en los días postreros una bella prolongación de la fiesta.

A la mañana siguiente, la ciudad se despierta en silencio. Ya no hay nada. Se han esfumado esos niños locos con sus locos petardos, ya no gritan, ya no corren; están durmiendo. Abro la ventana; se respira todavía el aire fogueril, el viento sur no se lo ha llevado del todo. Todavía creo estar viendo a esos labradores con sus trajes populares, esas amas de casa quemando sus trastos viejos en las plazas, como es el verdadero origen de la festividad. No se echa de menos, sin embargo, a sus descendientes, porque durante todo el año siguen celebrándose aisladas reuniones y desfiles de foguerers en las calles principales, las plazas ilustres y hasta lo íntimo de cada barrio. Las luces que no han dejado de brillar durante la noche, acaban olvidándose pronto, pues hasta las navidades en esta ciudad no vuelve a haber motivo de encenderlas. La jerarquía de turistas ve desaparecer el ruido y el jolgorio callejero; ahora atraviesan la ciudad como si fuera un gigante sepulcro. las calles donde les fogueres les cortaban el paso vuelven a estar llenas de coches y estridentes ciclomotores. El autobús vuelve a hacer su recorrido de rigor, y los extranjeros, extraídos por unos cuantos días de su tumbona playera, vuelven a exponer su cuerpo al sol como un holocausto que éste ha de aceptar para serles propicio. Al rato se duermen, a causa de la desidia que contagia su intensa luz. Ellos, que cabecean en la playa por puro placer veraniego, están siguiendo sin saberlo una antigua tradición española. No hacer nada. Dormir la siesta.

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2 comentarios

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NUMINA
admin
11:41 ×

Hola Samuel. Yo no se si es algo que manifiestan irracionalmente o si son conscientes de ello, pero el caso es que a muchos ciudadanos españoles no les resulta suficiente ser “paletos” sino que luchan encarnizadamente con el resto por ver quien lo es más. Y no me refiero a las fiestas levantinas sino a nuestras actuaciones en general. Yo creo que donde mejor se manifiesta el “alma” de un país es en aquellos acontecimientos en los que se juntan muchos compatriotas que no se conocen pero que quieren comportarse homogéneamente para diferenciarse del resto haciendo gala de sus tradiciones más milenarias. Efectivamente: pongamos la sección de deportes de cualquier telediario y echemos un vistazo al comportamiento de las diferentes aficiones.

Ahí estamos los españoles con nuestro traje de torero, las camisetas de opá, el plato de plástico con la tortilla recalentada y el chorizo que parece derretirse con el sol, nuestros alaridos inconfundibles, hombres (si, hombres) disfrazados de sevillanas, algún tricornio y todo ello envuelto en ese ambiente de caos y desorden que envuelve a toda manifestación de españoles que intentan demostrar a través de sus instintos populares que somos diferentes al resto de Europa, como si eso fuese un honor. Y pensarán los alemanes, sobrios y ordenados hasta sus últimos consecuencias: “oh, typical spanish, flamenco, sol, toros!” y lo comentarán entre ellos pensando que somos muy graciosos y simpáticos, pero que éste es un país de chiste. Saludos para todos. NUMINA

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Samuel
admin
16:05 ×

Es que los españoles no pueden evitar ser uno de los pueblos más grotescos del hemisferio. Al margen de la simple pachanguería de la que viven unas gentes que no cultivan el espíritu, existe una suprema propensión hacia la caricatura y el ridículo. Forma parte del carácter de este país; igual que existe la puntualidad inglesa, el perfeccionismo alemán, la tradición española ha conservado, a lo largo de los siglos, la paletería, mientras que en el terreno moral se jacta de poder despegarse del atraso conservadurista y abrirse a las nuevas modas europeas.

No creo que esto sólo sea el legado de la cerrazón intelectual que ha predominado en este país. Es que el pueblo español es en esencia tan folclórico y carnavalesco, que nunca ha podido levantar la cabeza del pesebre para caminar erguido como un pueblo heroico, que va aprendiendo con los siglos. Temo que España nunca haya querido despertar de su siesta, y que ni la propia religión, ni el fútbol, ni los toros, la política o la dialéctica peliculera se han visto capaces de crecer al margen de la cizaña populachera.

Muchas gracias por tu comentario, Numina. Nos alegras el alma con tus reflexiones.

Un saludo.

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