Amanecer en julio

Me despierto tranquilamente, como pocos hombres sobre la Tierra; con pocas angustias, no demasiados deberes y un sol impertérrito aguardándome ahí fuera. ¿Para qué me esperas? Aquí dentro se está muy bien, las sábanas me abrazan, la almohada me besa y el fantasma me susurra cálidamente al oído un sueño extraído de su hemeroteca. Yo paso el brazo por mi frente, con lánguido sosiego, murmuro algunas palabras con poco sentido y, de repente, me observo ahí tumbado, en una habitación vacía. ¿Cuánto tiempo hace que no despertaba tan dulcemente? Evoco todavía aquellas noches angustiosas en que al fin, mis ojos baldíos, no pudiendo derramar más lágrimas, se resignaron a cerrarse, a esconderse bajo los párpados. Las personas que sufren duermen ya por devoción, ya por el encanto que desprende el crepúsculo, y se levantan inmortales, cotidianos, escuchando las noticias de la radio y la conversación de los pájaros. Yo era un hombre sin preocupaciones, lleno de memorias que no tenía ganas de escribir, con un pliego de poemas que nunca quise poner en manos de los críticos, por que no mancillasen con sus torpezas y caprichos su pureza virginal. No era para mí aquella mañana un día de obligación; podía despertarme si quería, podía salir corriendo por esos mundos del alma a ver a dónde me llevaban, podía a lo sumo echar un rápido vistazo por la ventana, pero no era tiempo de salir a la calle.

En el yermo verano, que ya se acerca con sus cálidas noches, sus pálidos duermevelas y su habitual aburrimiento, el hombre sólo puede anhelar salir por unos días de sus cuatro paredes. Yo tengo una estantería llena de libros que he ido acumulando; tengo un escritorio amplio, con un portalápices y una cesta de mimbre llena de calderilla, donde a veces me siento a leer o a reflexionar sobre las miserias humanas. Un armario grande y viejo, y la cama de la que todavía no me he levantado, completan todo mi ajuar. Todo esto está ya más que pasado, fíjense en esos periódicos del año de mariacastaña que forman montón, hablándome todavía de cuando Rodríguez Zapatero juró el cargo de presidente, en aquella época en que España existía, los hombres eran libres y podían fumar en cualquier sitio. Yo nunca sostuve un cigarrillo entre los dedos, me asquea el nauseabundo olor a tabaco, por eso en mi habitación el perfume de los libros, que ya van envejeciendo, permanece limpio e histórico. Pero para qué querré yo tener ahí esos tickets de autobús, ese transporte público en el que, debido a la abundancia de población anciana, uno nunca puede encontrar un asiento libre, y si lo encuentra, no le queda más remedio que cederlo por un mínimo de educación. Pienso tirarlos todos a mi papelera rebosante de apuntes en sucio; que se pudran junto a los años bachilleres, que ardan con la viva llama de mis recuerdos olvidadizos. Yo tengo otras cosas que hacer, aún me queda tiempo para preparar la maleta, fugarme a París y olvidar la desgraciada locura en que nos han embarcado los hombres de talante y propedéutica escabrosa. Ya me veo paseando en barca por el río, arrastrado por la suave corriente del Sena, descubriendo en las infinitas alturas la catedral de Notre-Dame y escuchando la voz aflautada del guía turístico. Para qué habrán hecho a los guías, si lo que todos queremos es que se nos brinde la oportunidad de perdernos, explorar, traspasar peligros y embriagarnos de la magia arrolladora de la nuit française.

Pero, lector, todavía me falta mucho para eso, todavía estoy descubriendo los laberintos de esta desconocida casa. Yo no sé si he pisado esa baldosa de ahí, yo diría que por las mañanas de septiembre pasaba bastante cerca, aunque mi rutinario recorrido pocas veces consentía alteraciones. Qué cosas se encuentra uno en esta casa, y cuántas cosas he perdido, o -si mi fantasma existe-, me han hurtado. Debajo de la cama siguen habiendo las mismas cosas de siempre; mi carné de la biblioteca no puede estar ahí. Todo un frío invierno sin dejarme ver por esos lares intelectuales, por esas cavernas de la pluma y el libro, era de esperar que me viera yo ahora buscando un carné que pocas veces he utilizado. Mi cabeza, que ya sólo recuerda de un día para otro donde están los muebles para no tropezarse con ellos, -los ojos no se abren tan rápidamente- no puede detenerse en conocerlo todo, y mucho menos un papel blanco, plastificado, con mi foto, mi rúbrica y algunas indicaciones oficinescas. Yo no sé tampoco qué voy a hacer con ese archivo de esquemas que tuve que grabarme a fuego en mi frente profunda y baldía. El saber ocupa un enorme espacio, en contra del dicho popular. Aunque no sé si todo eso yo lo sé, si sirve para algo, si luego el aparato del mundo se ha extraviado por otros senderos distintos a los dictámenes académicos. Pero es cierto que lo que me entraba de fuera lo recordaré para el resto de mis días. ¡Cómo olvidar aquel profesor gracioso y barbudo, obseso lector del periódico de Polanco! Son muchos los detalles caricaturescos que se sacan de un instituto, y habría para escribir un libro, o quizás dos.

Ahora me levanto leyendo la Tercera Residencia, de Pablo Neruda, colección de poemas que a muchos podría incomodar, y de hecho, incomoda. Puede que el inmortal chileno los escribió ad hoc, pero siempre llama la atención el triunfalismo de los admiradores de Stalin, el canto profundo y despectivo que le dedica al general Mola, a Franco, y a muchos sectores de la sociedad que les tenían simpatía. Se convierte así en un clásico bastante propenso, pero con una poesía tan fina y una crítica tan emotiva que a veces le entran a uno ganas de hacerse comunista, aunque sea utópico. Igual que a Woody Allen escuchando a Wagner le entran ganas de invadir Polonia. No sé por qué, pero todos los grandes genios anuncian unos peligrosos sucedáneos si empieza a conocérseles por vicio, más que por interés artístico. Qué bien queda leer a un escritor sin arrimarse mucho a él, de modo que ya no nos transmita su aliento, ni su idiolecto se nos pegue, sino que podamos leerlo tranquilamente; hay que admirarlo y cogerlo con alfileres. Así hay que leer a los poetas grandes, como a los dictadores, como a los reyes austriacos, como a los filósofos griegos y oradores romanos, liberándose por un rato de nuestra emoción conceptualista. No hay que despreciar a Baudelaire, por sus deleznables vicios, ni a Nietzsche, porque estuviera flagrantemente loco, pues aunque el espíritu genial los haya gobernado en perjuicio de su propia felicidad, no existe mayor expresión del arte ni mejor aproximación a la verdad que la extravagancia y las penas de un hombre abrumado por la locura.

A menudo me sorprendo reflexionando, con el libro recostado sobre mi pecho, y siento el ligero cosquilleo del autor que me impele a leerlo. Enfrascado en mis propios juicios, no puedo evitar escuchar su tenue voz que me reclama para sus universos literarios. Si yo me hubiera levantado esta mañana, como las otras, la cabeza fría, las rodillas titubeantes, la nariz chafada, habría comenzado peor el día. Después de contarle a Dios mis lágrimas antiguas y mirar el tiempo justo por la ventana, creo que ya ha llegado hora de hacer eso que todos hacemos después del sueño: tirar de la sábana. Este calor agobiante y agotador me ha tenido en vilo durante toda la noche, observando cómo se mueven los segundos, los minutos, mientras mi mente divaga por esas dudas imposibles que tanto aborrezco. Sin más pensarlo, acabas rescatando la conversación del otro día con un amigo, te vas a la ducha reflexionando sobre la última exclusiva de El Mundo y acordándote de cuando leías novelas policíacas en tu infancia. Qué ingenio despiadado tienen la mayoría de los asesinos, nada tontos. Cargan los demonios muchas veces con los cerebros retorcidos de quienes quieren sustituir el crimen por la entelequia. Aunque tampoco es eso lo que me quita el sueño, que no tardará en triunfar la justicia, si es que no hemos de ver morir nuestras esperanzas en la ciénaga de la duda porque mentes malintencionadas les cuelan pruebas falsas al juez Del Olmo. ¡Quiá! El calor amalgamado con el aburrimiento se desprenden en la ducha. Tenía razón Pessoa cuando identificaba el calor con el vestido, deseando que al igual que te quitas la ropa pudieras despojarte del calor. Nada más difícil en esta ciudad de angustiosa humedad. Ojalá algunos se quitaran, lo mismo que la ropa y el calor, la venda de los ojos que les impide ver una verdad, por lo menos, desagradable, si no espeluznante.

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1 comentarios:

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aitor arjol
admin
18:26 ×

Lo leo... puse atención en la Tercera Residencia de Pablo Neruda.

Congrats bro aitor arjol you got PERTAMAX...! hehehehe...
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